Blade Runner 2049,la libertad en los robots

Héctor Enrique Espinosa Rangel Escrito por on Abr 14th, 2018 y archivado en Ciencia Ficción y fantastico, Destacado, Galería fotográfica, Novedades, Reseñas. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

Blade Runner 2049,la libertad en los robots
 

La preocupación mayor para la ciencia y la tecnología actuales confluye en el destino y desarrollo de la Inteligencia Artificial; para la literatura esto parecía resuelto en la obra de Isaac Asimov, especialmente en sus relatos de robots, ya que al resumir los diez mandamientos bíblicos en las que llamó Leyes de la Robótica (que solo hemos visto expresadas en El hombre bicentenario), aparentemente para el maestro ruso-americano la convivencia entre humanos  y máquinas se pronosticaba posible y hasta conveniente: con Blade Runner (1984), Ridley Scott puso esa situación en duda para el cine , aunque ya para entonces las creaciones de Philip K. Dick, autor de la  novela que sirvió de base a esta película, estaban siendo superadas por la siguiente generación literaria que tras de Dick  exploraron las posibilidades de la libertad aplicada a la I. A. y lo impredecible de su desarrollo.

El asunto entonces atañe a la especulación acerca de las relaciones entre conciencia y libertad,  palabra ésta última muy difícil para definirse y base fundamental del pensamiento occidental y Judea-cristiano según el previo concepto de albedrío, ese límite entre la aceptación ciega y la acción que condenó (y lo hace todavía) a la teocracia y los peligros del conocimiento.

Por desgracia todos estos términos cruciales de nuestra cultura están cada vez más acotados por el ejercicio científico; la incursión actuante de los estudios genéticos comienza por descubrir que lo que llamamos “libre albedrío” puede ser simplemente una conformación informática en nuestro genoma (y el de otros seres, sin duda) que condiciona todas las decisiones asumidas individualmente a una respuesta programática en la cadena de proteínas asentada antes de nacer (¿Software?).  

Valga toda esta parrafada para tratar de explicar la complicada y lenta trama de la última película de Scott dirigida por Dennis Villeneuve, que ya desde la original de 1984, basada en ¿Sueñan  los robots con un cordero eléctrico? Y se distanciaba en avance de las proposiciones de Dick adentrándose a terrenos que preocupaban al propio Scott y a su guionista Peoples acerca de la naturaleza o función de los sentimientos en la racionalidad humana, y ahora profundiza en el ser y trascender de la inteligencia y de lo que concebíamos como libertad.

En el original la trama estuvo centrada en el personaje del “retirador” o Blade runner: Dekart (Harrison Ford) y su dilema emocional con la replicante Rachel (Sean Young), y por medio de una compleja y sutil utilización de las imágenes, Scott logra adentrarnos en el intento de comprender una “antinatural” relación amorosa entre humano y máquina (aunque sea biológica). Ahora desde un principio el guión de Hampton Fancher propone la superación racional de este conflicto, puesto que en el nuevo blade runner, K (Ryan Gosling) es él mismo una máquina biológica, y con esta premisa iniciará una serie de complicados engaños conceptuales que permanecerán durante toda la cinta, incluso en su inesperado final impreciso (¿abierto?). 

Al estilo del propio Dick este Blade Runner 2049 cuenta una intrigante investigación del investigador replicante en búsqueda simultánea de eliminar replicantes fuera de la ley (bajo nuevas formas ausentes en la obra de Dick) y de sus propios orígenes, pero el relato se va desarrollando a la manera de El jardín de los senderos que se bifurcan, de Borges, y a cada paso Gosling-K habrá de seguir alternativas divergentes que con dificultad permiten una lectura lineal y coherente a la narración. El asunto es que Ryan Gosling  va construyendo un mundo de fantasmas en otro de ilusiones sensoriales, de simulaciones y sucedáneos que conviven y conforman la sociedad humana de ese futuro casi imposible de percibir a través de la película, y en la que además lo realmente humano se nos hace fugitivo e inmaterial.

Los pocos personajes “humanos” de la película son remanentes de un mundo en extinción o ejecutores de una sociedad que desesperadamente busca un orden (¿Estado de derecho?) que evite esa desaparición, mientras que el propio investigador exhibe una voluntad de persistir y trascender digna de la mejor tradición humanista, se rodea de todo cuanto emocional e intelectualmente satisfaga sus necesidades corporales o mentales, y así tiene una amante virtual a la que logra liberar de la prisión de su máquina generatriz y con ella crea una pareja incluso salvadora de por vida.

Todo gira en torno a un extraño “retiro” inexplicable que revela a K-Gosling una inesperada fenomenología evolutiva en los réplicos: el nacimiento de uno o más, en vía materna a la manera humana y no en el decantamiento de laboratorio que nos muestra más de una vez el transcurso de la trama (lo que por cierto es una inesperada referencia directa a Un Mundo Feliz, de Huxley) ya que la bifidez de los caminos apunta a la posibilidad de que Gosling no sea solo un blade runner más sino  el heredero directo de Dekkar y Rachel, y esta incertidumbre cubrirá de misterio la  mitad de la prolongada película con que finalmente Scott recupera a Harrison Ford como eje dramático y desmadeja una de las puntas para el delta del final fílmico.

Porque no mucho antes del final el guión se precipita en numerosas exploraciones: en su búsqueda de auto confirmación Gosling-K topa con la conciencia de grupo entre los replicantes a través de los que sobrevivieron a los “retiros” oficiales (conciencia que en él se ha ido desarrollando  a lo  largo y ancho de la minuciosa búsqueda) y después con  el inesperado mundo de una infancia increíble entre “artificiales”, reunidos como los desposeídos del Londres dickensiano en los territorios periféricos de ese Los Ángeles de 2049 (terriblemente parecido a la tierra baldía de Elysium, de Blomkamp, por cierto filmada en el Bordo de Xochiaca en CDMX) y en ese camino descubre a la hija de Dekart y Rachel, la Dra. Ana Stelline (Carla Juri), una especialista en niños “artificiales”, quien sume en el desconcierto a K, quien sabe que el parto fue doble y uno de los  nacidos reposa con los huesos de Rachel, pero no anula su propia sospecha de ser él en realidad el “muerto”.

El postergado encuentro con Pick Dekart se nos presenta como toda una película nueva: un solitario como en canción de Frank Sinatra (Learning the Blues, con Count Basie), oculto en un solitario bar mortecino donde un gran espejo detrás de la barra tan solo refleja luces, y vemos a un Harrison Ford extraordinario, viejo, pero no agotado como su Han Solo disneyano, y todavía con el instinto del blade runner como una tarjeta indeleble de presentación personal, y confrontado con el “retirador” artificial, como reprochándole esa contradicción ya asumida por K pero desencadenando una tal identificación entre ellos que uno espera la confirmación de las sospechas de K, pero con resultado contrario: Dekart y K comparten las incertidumbres de su mundo volátil y el artificial orienta al humano en la búsqueda de su descendencia.

Aquí es  donde el final adquiere visos de un delta ribereño, porque Dekart entrará en contacto con la Dra. Stelline y prefigura un reencuentro con la memoria y con el amor por Rachel, en tanto que ésta está siendo objeto de una auténtica recreación en los laboratorios de la antigua empresa Tyrrell, ahora en manos de Niander Wallace (Jared Letto), quien aspira a la creatividad divina poseyendo el secreto de la reproducción acaecida en el cuerpo de la Rachel original que se nos muestra a media cinta “decantada” y desechada por imperfecta  (una bella Loreta Peta lastimosamente desaprovechada) aunque Wallace no colega siquiera a visos de lograr el conocimiento, ni siquiera al presentarnos el segundo intento (con una bellísima Sean Young sin tiempo) cuya recuperación no pudo contener los datos ni los recuerdos posteriores a la relación con Dekart. Entretanto K nos ha guiado a conocer la próxima rebelión de los replicantes y hemos visto sus potencialidades en la implacable acción de los de Wallace y  la constancia de la Dra. Stelline con su cohorte de cuidadores y niños.

Villeneuve y Francher han planteado un futuro humano ligado cada vez más al concepto de la caverna de Platón, lo que vemos, real y virtualmente, son las sombras de la realidad en el fondo de una cueva (la sala de cine y su pantalla, o el cristal con  imágenes en casa), pero conceptualmente nos ligan cada vez más al materialismo aristotélico, a la realidad  como un hecho verificable por los sentidos y a la voluntad humana de hacer (la liberación de Joi- Ana de Armas- de la prisión electrónica parece consistir en asegurar su integridad material más allá de los fotones organizados que le dan forma, pero eso no explica la afinidad emotiva e intelectual con K, y sin embargo la aceptamos como posible), así que entre ilusiones y materialidades posibles quedamos como alumno ateniense: entre las sombras y el sol de los alumnos de Sócrates.

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