El cáliz de plata: ¿la peor película de Paul Newman?

Gustavo Arturo de Alba Escrito por on Mar 27th, 2018 y archivado en Actualidad, Destacado, DVDver, Galería fotográfica, Novedades, Peplum, Reseñas. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

El cáliz de plata: ¿la peor película de Paul Newman?

Paul Newman y Pier Angeli

Hubo un tiempo, allá por las décadas de los cincuenta y sesenta, en que los cines del país y en particular los de aquí, en la llamada Semana Santa cristiana, le hacían un guiño a las autoridades eclesiásticas, programando cintas de corte o pinceladas religiosas, dado que desde el púlpito se instaba a los feligreses ha guardar los días santos, en que debían usarse para el recogimiento y la meditación.

Como las salas de cine permanecían abiertas para los espectadores empedernidos, ofreciéndoles en sus programación, durante ese tiempo cintas tipo El mártir del Calvario; Fabiola; Quo Vadis; El manto sagrado; Demetrio, el gladiador, Atila frente a Roma; La canción de Bernardette; La señora de Fátima; Jesús de Nazaret, entre otras y podríamos agregar El cáliz de plata, la cual de manera esporádica estuvo formó parte de esas exhibiciones en dos ocasiones, en esos años en el cine Colonial.

Paul Newman y Virginia Mayo

En rigor El cáliz de plata (The Silver Chalice, 1954) dirigida por Victor Saville, con Virginia Mayo, Pier Angeli, Jack Palance y el debutante Paul Newman, solía ser exhibida en un programa triple, compuesto por otros dos filmes de la antigüedad o del genero peplum, como se dice ahora, a saber Tierra de faraones de Howard Hawks y Helena de Troya, distribuidos los tres por la Warner Brothers, pues en esos años los programas dobles o triples se integraban con cintas de la misma casa distribuidora.

Basada en una novela de Thomas B. Constain se nos contaba la historia del pagano escultor griego Basil (Paul Newman) encargado de esculpir los rostros de los doce apóstoles y el Mesías, para incrustarlos en el cáliz, utilizado por Jesús en la última cena.

Al mismo tiempo teníamos al mago Simón (Jack Palance) contratado por una secta denominada como “los sicarios”, para que realizara milagros y se proclamara como el auténtico mesias y ponerse a la cabeza de una rebelión contra la dominación romana en Judea.

Jack Palance

El cáliz de plata llamaba la atención por lo vanguardista de su decoración, pero en cuanto a despertar el sentimiento religioso era un tanto deficiente, inclusive podría señalarse que rozaba los linderos de la farsa, por el tratamiento de los milagros de Simón con los supuestamente realizados por el Nazareno, en que prácticamente se trataba de un enfrentamiento entre magia blanca (buena) y magia negra (mala), siendo puesta en ridiculo y obviamente derrotada la magia mala de Simón y aunque se perdía el cáliz, quedaba el mensaje subliminal que en el momento adecuado, ni antes, ni después, reaparecería el santo grial.

Afortunadamente había poca religión y más acción para disfrutar, sin mayores exigencias de El cáliz de plata, con una bellísima Virginia Mayo como la meretriz Helena, para entrometerse en el romance de Basil con la angelical cristiana Deborra (Pier Angeli), al igual que un poco de intriga y acción con ciertos duelos de espada en el
desierto.

Al que no le gustó nadita El cáliz de plata fue a su protagonista Paul Newman, el cual en los años setenta. cuando se anunció la proyección de la película en una cadena de televisión, pagó un desplegado en la revista Variety, a plana completa,  en el cual, palabras más o menos, pedía perdón a los telespectadores por haber realizado esa cinta, a la cual consideraba la peor que había realizado y les solicitaba que no la vieran.

En varias entrevistas al referirse a El cáliz de plata, solía responder así: “Resulta un dudoso honor poder afirmar que participe en la peor película de los años 50. Cuando la vi, me sentí horrorizado y traumatizado. Estaba seguro de que mi carrera como actor había empezado y terminado con ella”.

Si bien El cáliz de plata nunca gozó de una gran fama, tampoco la recordaba cómo un bodrio innenarrable, por lo cual tenía curiosidad de volverla a ver, después de unos cincuenta años, así que me conseguí un dvd de ella, resultándome a momentos entretenida, en otros disfrutando del humor involuntario en el duelo de magias y creencias, así como interesantes y quizás fascinantes sus pretenciosos decorados, por lo que considerarla la peor de las realizadas en ls años cincuenta suena a exageración.

Para terminar este periplo nostálgico a una cinta religiosa de los cincuenta,  con lo que por ello queramos entender por ‘religiosa’, vayamos al recomendable libro El Peplum: la antigüedad en el cine de la autoría de Rafael De España, el cual, en su parte final dedicada a esta película nos señala: “Tras un frustrado intento de robar el cáliz. Simón se mata cuando le falla el truco con el que pretendía simular volar  que volaba desde una torre en medio del circo. Basil puede impedir que el cáliz vaya a Simón pero también el lo acaba perdiendo; cuando se embarcan de vuelta a Jerusalén, oyen las últimas palabras de Pedro (Lorne Greene) ‘cuando la Humanidad esté al borde de la perdición, el cáliz sagrado reaparecerá’. Y por si en la sala hay algún wagneriano de pro, en la banda sonora (Franz Waxman) se nos recuerda el tema del Graael de ‘Parsifal’, ciertamente de forma subliminal pero reconocible por un oído atento”.

“Es probablemente el epic religioso más extraño de la historia del cine por su énfasis en el aspecto visual, que es todavía hoy realmente ‘frappant’,  pero que en su momento debió desorientar lo suyo tanto a críticos como al público. En un deliberado alarde de originalidad, no se encargó de esta tarea un ‘art director’ de la planilla de la Warner sino un escenógrafo teatral, Rolf Gerard, que se había ganado una buena reputación en el Metropolitan y que hizo aquí su primera (y si no me equivoco, última) incursión en un estudio cinematográfico. Los decorados estilizados e irreales que a veces parecen un borrador de Rafael Moneo para el museo de Mérida, y la cuidada composición de ls planos en CinemaScope generan continuamente un gran placer estético (Jerusalén vista a través del viaducto, la sala de banquetes de Nerón, la casa de José de Arimatea) y en ocasiones alcanzan una dimensión casi onírica, como por ejemplo en la escena de la huida por los tejados de Jerusalén. A cambio el reparto mediocre, empezando por un novato Pajl Newman que, la verdad, no puede estar peor, en otro orden de cosas, no puede considerarse un acierto que Helena niña sea Natalie Wood y de mayor se convierta en Virginia Mayo. Desde el punto de vista religioso puede que no agradara en exceso o incluso resultara poco ortodoxa, pues tras su frialdad esteticista quizá se detectó una falta de auténtico sentir religioso: es sintomático al respecto que en España no se exhibiera. El mensaje está en la dualidad espiritualidad / magia (milagros de Pedro vs. los números de feria de Simón el Mago) y belleza artística / belleza interior (el escultor griego, con todo lo que ese origen simboliza, vs. la sencillez cristiana). Un film muy subvalorado por todo el mundo (en especial por Paul Newman, que quisiera borrarlo de su filmografía, pero que creo merece ser reivindicado)”.

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