La monolítica sombra de un patriarca: El Padrino

Juan Pablo Martínez Zuñiga Escrito por on Jun 20th, 2016 y archivado en Destacado, Galería fotográfica, Policíaco, Reseñas, Thrillers. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

La monolítica sombra de un patriarca: El Padrino

    marlon brando “Jamás tomes partido en contra de la familia”

  • ichael Corleone, en conversación

En el universo planteado por el director Francis Ford Coppola en su obra maestra “El Padrino”(1972), el  mundo real es suplantado por un patriarcado de noble autoridad donde el poder y la justicia fluyen o emanan de una sola entidad: Don Vito Corleone (Marlon Brando), el personaje principal en una saga que sustenta su motor narrativo en el contexto de un hampa aún honorable y manifiesta que asolaba Nueva York en la década de los 30’s pero que localiza su centro emocional en la sangre, mas no aquella derramada en las penumbras de tugurios réprobos o  en ejecuciones fugaces y raudas propias del submundo en que habitan tales personajes, sino en aquella que forja una irresoluta atadura a todo ser que la comparte para labrar un linaje que infunda una absoluta devoción: la familia, núcleo colectivo que tolera un devaneo a la deslealtad pero jamás, jamás una traición.

“El Padrino” emerge de las sombras engendradas por incontables producciones norteamericanas  que, en las décadas de los 30’s y 40’s, proyectaron una imagen específica de la cosa nostra y que culminara con la emersión del cliché que retrataba la figura del gangster como matarifes desleales con ciertas aspiraciones míticas. Ni un atisbo de lazos fraternos ni mucho menos adoración absoluta a la mamma. Una vez estrenada la cinta de Coppola, los paradigmas planteados en las cintas anteriores se vieron abolidos una vez que aquellos arquetipos sociópatas y fascinerosos fueran suplantados por entidades complejas que no vacilan en percutar un arma contra un agente enemigo pero llegan a extremos de sublime conflicto si algún miembro de su familia se ve involucrado, amenazado o incluso ultimado. Es, a fin de cuentas, la saga de un padre y sus hijos, todos inmersos en actividades delictivas pero con un amplio rango de moralidad en sus acciones, ya que jamás consideramos deleznables sus actos debido a ello a pesar de que estos avanzan en contra de la ley. Esta es una de las principales virtudes de un guión confeccionado primorosamente por Mario Puzo y el mismo Coppola en el que ningún estudio en Hollywood creía o consideraba económicamente costeable, mucho menos redituable.

al pacinoLas alianzas afectuosas que surgen en una vorágine de armas y contrabando le han dotado a este filme de un amplio rango de lecturas, pero el eje fundamental en el tiovivo narrativo es la figura paterna, que alcanza longitudes eminentes una vez que el patriarcado se ve deificado y sustentado ante la devoción de los hijos, quienes cabe destacar, poseen toda una gama de características psicológicas y anímicas que en forma simbólica descomponen la psique total de su padre Vito: Santino (James Caan), volátil y visceral que se expresa mediante un idioma que solo traducen los puños y la lujuria; Fredo (John Cazale), el eslabón más débil y frágil incapaz de sostener una identidad propia; el adoptado Tom Hagen (Robert Duvall), consiglieri atento a los deseos y necesidades del Padrino a la vez que mano derecha intelectual cual código romano de conducta imperial y Michael (Al Pacino), héroe de guerra a quien las circunstancias lo llevarán de una senda con posibilidades legítimas y políticas a ser la cabeza de La Familia. Por supuesto, la naturaleza sagaz, calculadora y sigilosa de este último dominará el cuadro hasta las dos secuelas posteriores, donde el ser padre implica la protección y educación de los vástagos biológicos y la vigilancia eterna de aquellos que se van sumando a su Círculo Interno, ya que todos los subordinados y ordenanzas varias son los hijos putativos de El Padrino.

Ríos de tinta se han derramado exaltando las noblezas interpretativas, narrativas y creativas que posee esta trilogía esencial para cualquiera que se precie de ser cinéfilo (o humano, en general), pero ahora que el Día del Padre se encuentra tan presente en el calendario, habrá que valorarla como lo que en su entrañable y rica médula es: una épica griega desprovista de quimeras mitológicas y enfocada a los ires y venires de una estirpe atenta a lo que un padre tiene que decir, ya que todo puede mejorar si tan solo escuchamos con atención a El Padrino y su oferta, la cual jamás podremos (ni querríamos) rechazar.

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