El maestro, la decadencia americana de Paul Thomas Anderson con Joaquin Phoenix

Escrito por on abr 10th, 2013 y archivado en Cinefilia, Destacado, Estrenos, Galería de vídeo, Galería fotográfica, Melodrama. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

El maestro, la decadencia americana de Paul Thomas Anderson con Joaquin Phoenix

El maestro

Paul Thomas Anderson no es un director muy popular entre el público de habla inglesa, sus películas Boggie Nights (IMDB) y Petróleo sangriento (2007) no son un retrato placentero del estadounidense y sus sueños, Anderson expresa muchas de las obsesiones ocultas de los ciudadanos que pregonan una moralidad ejemplar y la imponen a todo trance pero no pueden evitar la creciente decadencia de su cultura a partir de las contradicciones interiores, tanto individuales como colectivas, sin embargo con El amo (The master) llega muy cerca del centro nodal de la problemática en esta cultura en pujante decadencia.

Desde luego Anderson toma en cuenta la historia como factor principal para enjuiciar a los estadunidenses, y desde luego la historia reciente que determina lo que son hoy como nación y modelo civilizatorio, es decir se remonta al ascenso total hacia el poder como triunfadores de la Segunda Guerra Mundial.

El asunto desde luego en el tiempo, una entidad abstracta que ninguna tecnología ha logrado apresar hasta hoy (salvo en el sentido de ahorro, mediante la prisa incesante en el quehacer cotidiano), y ese tiempo se convierte en un factor psicológico que también afecta el concepto de lo que es la mente y cómo actúa en y con el ser humano, una confusión constante entre lo que es el mundo, material y conceptual, y lo que hacemos en él. Así es como algunas tendencias de pensamiento se dedicaron a buscar una justificación a lo inexplicable de la conducta humana que la ciencia es incapaz de entender plenamente.

Para el cine esta crítica a lo racional ha sido abordada a partir de la religión, una constante en la historia estadunidense, la multiplicación de tendencias y credos religiosos es un fenómeno creciente en Norteamérica de una forma que solo vivió la Europa de la reforma y este es el tratamiento que han dado al tema cineastas como Stanley Kramer (Heredarás en viento, 1960) o Richard Brooks (Elmer Gantry, ni bendito ni maldito, 1960), pero son obras que intentan penetrar en la inderrumbabildad de la fe, y Anderson cree más en los engaños del conocimiento que está detrás de esa fe.

Contemplando El maestro (título equívoco, pero apropiado, en nuestro país) es posible recorrer la evolución moral estadunidense en todo el siglo XX, igualmente una trayectoria del conocimiento paralelo al académico y con todo trascendental  para la cultura actual, una búsqueda de respuestas a preguntas planteadas en la religión y después descalificadas por la racionalidad laica, además la influencia del pensamiento científico y sus exigencias de disciplina que facilitó la formación de un pensamiento que pontificara la superioridad y privilegios humanos en el universo cada vez más impersonal y ateo, así se desarrollaron corrientes en conflicto con el darwinismo y sobre todo contra toda forma de colectivismo, pero en todas predomina una preocupación judeo cristiana: el pecado original.

Esta culpa inmanente a la cual se atribuyen los males de conducta y carácter del individuo y cuyo origen se supone en el más remoto pasado, fue motivo de explicaciones que no vacilaron en recurrir a muy antiguas ideas de reencarnación y trasmigración de las almas para justificar la mala conducta a través de una herencia ancestral en las vidas anteriores de cada individuo. De esta forma gente como el escritor de ciencia-ficción Ron L. Hubbard, crearon teorías como la cienciología (hoy en boga por los esfuerzos de Tom Cruise, y si no hay que esperar el estreno de Oblivion), y Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman) reúne las cualidades de varios creadores de pseudo ciencia entre la elite poblacional del medio oeste de los EUA.

Con una falsa comprensión del método psicoanalítico, algunas iluminaciones recogidas de los textos sánscritos y las fantasías de Lovecraft, numerosos autores del siglo XX establecieron iglesias y escuelas de investigación que pretendían “salvar” a los estadunidenses de sus inexplicables tendencias a la violencia y la destrucción, por cierto motor fundamental de la novelística de ese país,  y un estadunidense típico de la posguerra, Freddie Quell (Joaquim Phoenix), regresa a un mundo que no comprendía antes del conflicto y ahora entiende menos tras las experiencias en el frente (y sobre todo en los  momentos de entre combates que ya ilustró La delgada línea roja de Terence Malik).

Lo típico del personaje de Freddie no es por su nacionalismo o inteligencia, que las tiene, sino porque es el alcohólico consuetudinario y sin derrumbe que vive en toda la literatura estadunidense, es el hombre desubicado que comenzó a tomar forma en Los mejores años de nuestra vida (William Wyler, 1946) y Anderson lo reconstruye como víctima promedio de las ideas dispersas y autoritarias de los teóricos entre teocráticos y mercantiles de aquellas escuelas “científicas” levantadas contra la “ciencia oficial”.

La trama es sencilla: saliendo de una guerra en la que tan solo encontró fracasos personales y frustraciones sexuales, Freddie trata de reinsertarse en una sociedad para la que no tiene algo que ofrecer, excepto su trabajo, pero en realidad es un mediocre sin oficio fijo ni formación escolar, solamente con la bebida logra un poco de autoestima y cuando pierde el control oscila entre la genialidad y el salvajismo, así conoce al millonario Dodd, que se aficiona a los salvajes menjurjes de alcohol que inventa Freddie, al cual convierte en un fiel servidor de su doctrina, pero sin que jamás la entienda ni acepte.

Será la experiencia de Freddie en su sometimiento a la improvisación intelectual de Dodd y el papel de Juglar que asume ante los ojos del millonario que se siente Rey de su clase y príncipe del conocimiento humano, lo que contemplemos en las imágenes de Anderson, ese mundo absurdo que intenta ser coherente, esa pugna constante entre la libido y el raciocinio, entre las exigencias del bolsillo y los sentidos contra las demandas de la mente, lo que mantenga en continua ira a Freddie y sirva de reto a Dodd, aunque el que se quiebra primero es el millonario (después de todo su mujer Peggy -Amy Adams- decide finalmente todo manipulando al desordenada libido de Lancaster), porque Freddie pe5sistirá en su alcoholismo, pero ahora enriquecido con obsesiones más concretas con base en las ideas “contra científicas” con que manipulará a quienes lo rodean, o al menos así queda pendiente en el curioso final británico.

Por difícil que parezca, en vista de los orígenes de Anderson, se nota en él una gran influencia de Luis Buñuel, especialmente en los detalles de realización donde el surrealismo entra esporádicamente pero de manera significativa y definitoria, por principio sus personajes, en cuanto pertenecen a la burguesía, aparecen la mayor parte de las veces tomando algún alimento o bebida, y ofrece el mismo recurso de imágenes subjetivas procedentes de alguna de las mentalidades entre los personajes, así Freddie ve al millonario Lancaster cantar en una reunión de WASP, creando adeptos, y las mujeres aparecen completamente desnudas, pero contra todas las reglas del “desnudo artístico” las mujeres están en actitud cotidiana, normal, sin disimular las imperfecciones del cuerpo o el bellos público, contrarían todas las reglas del desnudo descritas por Kenneth Clark, y la aparición de Laura Dern en la secuencia deberá de ser agradecida al director, porque es la única que no se mira vulgar e imperfecta, claro que esto es gracias a la brevedad de esta aparición.

Demasiados elementos en una sola película, Anderson está en camino de encontrar una forma específicamente suya para un tema escabroso: lo estadunidense no amado por los estadunidenses, y al parecer va hacia allá desde sus inicios.

El Maestro, o El amo. (The master). D. Paul Tomas Anderson. Con: Joaquin Phoenix, Philip Seymour Hoffman, Amy Adams, Laura Dern. Guión: P. T. Anderson. EUA     . 2012.

 

 

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