Para los mexicanos buena parte de la posmodernidad se reconoce porque estamos integrados abiertamente a lo que llaman “el gran concierto de las naciones”, al menos desde la presidencia de Adolfo López Mateos, pero esto no fue siempre así, desde la perspectiva de pensadores como Samuel Ramos y Octavio Paz padecíamos un “complejo de inferioridad” que hacía invisible el aprecio que teníamos ante los extranjeros como atractivo cultural y urbe cosmopolita (al menos en D. F.), asunto que comenzó a ceder al final del régimen de Ruiz Cortínez gracias al juego de béisbol cuya crónica reconstruye la película Pequeños Gigantes, de Hugo Mozo.
Resulta ser que durante unos cuantos días de 1957 el país entero estuvo pendiente de la radio cuando transmitía el Campeonato Mundial de Beis Bol Infantil desde Pensilvania, donde catorce pequeños regiomontanos, un pocho y un religioso gringo desafiaron y vencieron en su propia casa a los inventores y amos de Rey de los Deportes: Williamsport vio un despertar de nueva conciencia esperanzadora que ubicaba a los nuestros en el nivel de cualquier otro ser humano como nunca antes había sido.
Claro que la película no tiene estas pretensiones o al menos no conscientemente; el canadiense Hugo Butler, o Mozo. Según se quiera ver, solo revivió una anécdota personal como constructor de un equipo deportivo relatada a cámara por César L. Faz entre niños que de otra forma hubieran estado expuestos al crimen y la vida a la deriva en las calles, la película solo pretende ser una crónica emotiva del esfuerzo personal y comunitario para conquistar la superación personal y contar el desconcierto de quienes confrontaron serias diferencias culturales para descubrirse sencillamente humanos.
Sin embargo es necesario detenerse un poco en la realización y quién era su director, porque Butler es una personaje poco estudiado de nuestra cinematografía que estuvo en relación estrecha con Luis Buñuel, con los Barbachano y, sobre todo, con visitantes extranjeros como Cesare Sabatini, cuya influencia es notoria en la realización de la película a partir de utilizar a los propios actores del hecho real, los niños campeones de Williamsport, sus familias y su comunidad, además con una ejemplar falta de recursos financieros (un camión, los actores, y mucha buena voluntad), pero sobre todo con las memorias de Cesar Faz y su recuerdo especial de Ángel Macías.
Desde luego la película es un melodrama con pretensiones de documental donde Faz y Macías exploran la adolescencia en condiciones de subdesarrollo (no se conocía el término entonces) y el descubrimiento de la autoestima personal y comunitaria, en resumen una experiencia personal reconstruida a partir del cine en un logro de neorrealismo mexicano casi involuntario pero no por ello menos eficaz.
Como documento padece algunas carencias, desde luego la falta de oportunidad para capturar el hecho real en el instante que sucedía (y muy lejos de su presupuesto contar con las versiones noticiosas filmadas entonces), aunque suple esta cojera gracias a la cualidad representativa del beis bol y la entrega de los chamacos de Monterrey, especialmente Ángel Macías, para revivir frente a la cámara aquellos momentos.
En esencia la película es la historia de un Pocho (con todo lo que tenía de carga significativa el termino en los años cincuenta, totalmente insultante, en la época en que los “Mexican greasers” iban al frente en Corea-recordar Sangre en la nieve de 1949) y un niño sin perspectivas de conciencia más allá de un “masiosarismo” escolar que le quedaba más o menos lejos por las presiones cotidianas, pero también es la de confirmación de nacionalidad muy lejos del centro político y supuestamente cultural de un país que apenas se miraba por encima de sus problemas económicos y su centralismo político enfocado en la capital sin considerar para nada al resto del país.
Valga todo esto porque cincuenta años después el también canadiense William Dear realizó otra reconstrucción que es la historia de un “rejected” de las grandes ligas y un despertar texano de la conciencia a la conciencia de vecindad El juego perfecto (The perfect game, 2009), una hermosa cinta con perspectiva bíblica de la visión anglosajona de quienes somos, con cierto asombro ante aquella hazaña realizada en el terreno sagrado de la competencia donde los estadunidenses, y especialmente los texanos (que no tejanos, please, esos son los seguidores de Seguin todavía por ahí) son hegemónicos hasta el fanatismo.
Ambas cintas dan un perfil del crecimiento humano desde las honduras de la pobreza económica y la indefinición moral consecuencia de las carencias, la única gran diferencia es la perspectiva política, porque la película de Butler era “políticamente correcta” cuando este concepto no era sino una condición para existir (no serlo o estarlo era carecer de existencia, era jamás llegar a manifestarse) y la cinta de Dear busca la justificación humanitarista a partir de parámetros de religión (católica frente a protestante) y de visión política únicamente desde la superficie de los hechos.
Con Butler podemos experimentar (de nuevo) la apasionante sensación de coger y jugar con las blancas pelotas Rabbit , de usar verdaderos bates de beisbol, todavía de madera, en lugar de palos de escoba o pedazos de tranca, también el alborozo de vestir por primera vez uniformes y limpios, incluso hasta recordar la vergüenza de no querer ponérselo para no ensuciarlo con el polvo de las calles; también el ascenso emocional a la formación de una conciencia de comunidad a partir de limpiar de piedras un predio para jugar y descubrir con alborozo el césped cuidado de los diamantes estadunidenses.
Butler jamás confronta abiertamente la condición provinciana de los regiomontanos ante sus paisanos del centro (los chilangos, pues), mientras Dear lo hace como un complejo de clase que además resulta falso porque los Mexico City All Stars, si existieron, no eran mexicanos sino parte de la comunidad gringa del centro, pero no representaban oficialmente a México, así que Dear coloca el hecho como una confrontación de “ricos” frente a pobres (de alguna manera en la misma forma en que en aquellos años cincuenta ser universitario era pertenecer a los privilegiados por la economía y lo popular era del politécnico), y a los provincianos como fruto de la caridad y buena voluntad del rechazado Faz (Clifton Collins Jr.) y las buenos oficios del cura Esteban (Cheech Martin) pueblerino, mientras que Mozo-Butler solo se ocupa de la dinámica de grupo entre los que van a ser campeones incluso contra de sí mismos creando la voluntad de poder como por encanto.
Pequeños gigantes (título copiado después por varias cintas de muy diversa procedencia y calidad, con temas deportivos que reconstruyen la hazaña mexicana en campos de hockey, fut bol y otros deportes y otras comunidades) es una historia que no trata de emocionarnos, sencillamente revive las formas de una emoción personal y nacionalmente en plena época del racismo y la discriminación de todo tipo a causa de la guerra fría, y a los mexicanos tocó esta parte afortunada de la confrontación que parece no tener secuelas salvo porque a la larga Monterrey se transformó en la gran competencia del centro (si no pregúntenselo a los Echeverría y los Salinas).
Valga igualmente una consideración extra cinematográfica respecto de lo que significa ´para el beis bol en sí el triunfo de los pequeños industriales de Monterrey: el juego perfecto, llegar a la final dejando en siete ceros al equipo contrario, la hazaña personal de Ángel Macías que lanzó toda la jornada contra un equipo de cultura y tradición deportiva ganando por la inspiración de un gallo que se hizo guisado por un pelotazo de práctica del chamaco, como lo revive Butler en su cinta jocosamente.
Los pequeños gigantes. D. Hugo Butler (Mozo). Con: Cesar L. Faz, Ángel Macías, Irving Lee, Fidel Ruiz, Claudio Brook. Guión: H. Butler y Edward Huebsch. MÉX. 1958.
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