El cine suele ser ingrato con sus fuentes nutricias, actualmente la mayoría de las películas en pantalla están de una u otra manera relacionadas con la fantasía y la ciencia-ficción, lo que además solo es un tributo a sus orígenes con Méliès, Stuart Blackton, Wilson McKay u Otis Turner, todos ellos creadores de la ficción fílmica que dio sentido al invento de los Lumiére y Edison más allá de la “curiosidad científica”; mi queja proviene del olvido que la cinematografía (en especial la francesa) ha practicado con Julio Verne, el padre de las “aventuras científicas” que se convertirían en Ciencia-ficción, pero en el siglo XXI parece regresar el interés con nueva inspiración gracias a Michael D. Weiss y Jennifer Flackett con Eric Brevig con su Viaje al centro de la tierra 3D que ya recorre los canales de cable y satelitales.
Primero que todo no se dejen llevar por el gancho del 3D, la película vale por cuanto recupera la trama del libro de Verne y estimula su relectura, pero esta cinta de Brevig todavía maneja el 3D apenas más lejos de lo que han alcanzado directores como André de Toth en su Museo de cera (1953) (aunque hay que reconocer que Brevig, especialista en efectos especiales para cine y tele: p.e. Xena, la princesa guerrera, tiene avances espectaculares en Viaje 2, la isla misteriosa, de Brad Peyton) y además conocer el atractivo extra de la presencia de animales antediluvianos, nótese este arcaísmo de los cincuenta, que había sido una decepción en la versión primigenia de Henry Levine con James Mason en donde aparecían iguanas maquilladas en la inconcebible playa interna del planeta.
La novela de Verne (1864) narra la búsqueda del Dr. Otto Lidenbrock, perdido en su persecución de un camino hacia el centro de la tierra descubierto por Arne Saknussemm, una teoría que suponía (junto con el propio Verne) ahuecada por el enfriamiento durante muchos siglos en la edad del planeta, y su viuda financia la búsqueda de Saknussemm acompañado por su sobrino Axel y el islandés Hans, siguen las pistas del manuscrito Heimskringla y las pistas dejadas por Arne Saknussemm pero perseguidos por los enemigos de Lidenbrok que pretenden desacreditarlo ante la Academia. Esta trama la toma Henry Levine, añade como personaje romántico a la viuda (Carla Gotheborg-Arlene Dahl) y coloca de incentivo estelar al ñoño cantante Pat Boone como Axel más algunos efectos de escenografía destacables (la caverna de piedras preciosas es inolvidable), es todo.
De hecho la trama de Verne es demasiado elevado para el público medio (según el sistema de producción de estudios) y si bien sigue la tradición de Conan Doyle para denunciar la sordera ciega de las Academias ante los vertiginosos cambios del conocimiento en la Belle Époque y su negación ante nuevas teorías o descubrimientos ajenos a la taxonomía ortodoxa (pregúntese si no a Einstein y Freud) y la inversión de esfuerzos en desacreditar a los innovadores para conservar el estatus y la autoridad, condena a la novela a una falta de acción, violencia o visualidad que siempre ha hecho difícil el paso de Verne al cine, pero a cambio ha incitado una dirección hacia la reinvención no necesariamente afortunada, como la de Levine, o a una búsqueda de cine de culto, y Weiss y Flackett optaron por un camino intermedio.
Como parte del romanticismo industrialista del siglo XIX Verne apologiza el ascenso tecnológico y la didáctica de la ciencia, con ello y su personaje de Lidenbrock expresa la nueva disidencia de los investigadores científicos que formaban grupos de opinión e intercambio que averiguaban comunicándose entre si fuera de las academias formando una especie de cofradías dedicadas a algún fenómeno; este guión la transforma en una afición de fanáticos de libros y de Verne mismo, son los Vernianos que tratan de localizar los “verdaderos” descubrimientos del escritor francés a través de sus novelas, y en este caso el excéntrico geólogo Trevor Anderson (Brendan Frazer) que con su sobrino Sean Anderson (Josh Hutchenson) van a Islandia en busca del padre-hermano perdido por ambos y hacia las entrañas del planeta.
El asunto es que Trevor sigue una clave de lenguaje cifrado, una conexión de cófrades que se transmite en las ediciones selectas de la novela y usando los comentarios al margen de diferentes vernianos o la guía de las ilustraciones que han de ser reinterpretadas y confrontadas con la realidad subterránea. Estamos ante una recuperación narrativa de todo un ámbito intelectual que comprende a autores como el propio Verne, a Conan Doyle, a Poe como pionero en la narrativa de investigación, y más cerca de nosotros a Bioy Casares y a Borges, pero que en cine apenas se esboza en este viaje con Brendan Frazer y se consagrará con Viaje 2, la isla misteriosa (2012) ahora con Dwayne “La roca” Johnson y un simpatiquísimo abuelo de Michael Caine.
Un director tan joven como Eric Brevig denuncia el interés de la generación actual por ciertas recuperaciones, como el sentido original de la ciencia-ficción en cuanto formadora de intelectos útiles, esa propuesta fallida de didáctica hecha por Hugo Gernsback quien creía que bastaría para reducir la distancia entre técnicos y humanistas pero se convirtió en literatura de evasión y cine de espectáculo.
La investigación estadunidense actual sobre los orígenes del humanismo y la erudición apunta hacia nuevas formas de entender y comprender tanto a los clásicos como a sus exégetas en la formación de la ilustración y el renacimiento, así como de entender y replantear la posición humana ante el conocimiento y sus funciones en la sociedad y la historia, y, asombrosamente, la cinta de Brevig forma parte de este esfuerzo desde la perspectiva de un nuevo lenguaje fílmico apneas en formación y asentamiento.
Viaje al centro de la tierra 3D (Journey to the center of the earth 3D). D. Eric Brevig. Con: Brendan Frazer, Josh Hutcherson, Anita Briem. Guión: Michael D. Weiss, Jennifer Flackett y Mark Levin. EUA. 2008.
loading...
loading...

