Historias de la radio con Francisco Rabal

Escrito por on oct 9th, 2012 y archivado en Cinefilia, Destacado, Galería fotográfica, Melodrama. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

Historias de la radio con Francisco Rabal

Historias de la radio

En las sedes alternas de la Cineteca Nacional, el IFAL y la Biblioteca Vasconcelos, para comenzar octubre, se programó un ciclo relativo a la radio. Fueron seis películas, “En el aire” (1995, de Juan Carlos de Llaca), la chicana “Rompe el Alba” (1989, de Isaac Artenstein), con Óscar Chávez caracterizando al compositor Pedro J. González; la ya clásica de Woody Allen, “Días de radio”, hilando anécdotas de lo que era vivir escuchando este medio en los Estados Unidos entre las décadas de los 1930-1940, de la transmisión de “La Guerra de los Mundos” de H.G. Wells, realizada por Orson Welles y su Mercury Theater al avistamiento de submarinos alemanes en la costa del Atlántico, o el seguimiento del rescate de una niña caída dentro de un pozo, o el pitcher que tenía sólo una pierna; el ascenso de una vendedora de cigarrillos hasta llegar a ser columnista estrella de espectáculos, con Mia Farrow en uno de los papeles que mejor le cuadraban y le confeccionó Allen.
Y el filme de inmediato culto, “Piratas del rock” (2010, guión y dirección de Richard Curtis), no estrenado en salas comerciales en México, pero rápidamente en video y exhibido en la televisión por cable, tributo a las estaciones británicas “piratas” que transmitían desde un barco millas afuera, a los locutores que habitaban ahí y eran ídolos de los radio escuchas, y en contra el afán de los políticos ingleses por acabar con ellas, promulgar leyes para exterminarlas; con una excelsa banda sonora de canciones de esa época y docenas de memorables momentos unidos a la música.
Completaron el ciclo, dos cintas hispanas, una de 1978, “Solos en la madrugada”, dirigida por José Luis Garcí, protagonizada por la pareja José Sacristán-Fiorella Faltoyano, y la segunda de 1955, realizada por José Luis Sáenz de Heredia, uno de los cineastas cercanos al régimen franquista, “Historias de la radio, donde se narra algunas vivencias enlazadas a lo que era este medio para la gente hacia mediados de los años 50 en la España regida por el viejo dictador.
Esta “Historias de la radio” retrata el papel del pequeño aparato de transistores desde el despertar, cuando era lo primero que se hacía al abrir los ojos; o los concursos, las transmisiones en vivo desde los estudios donde las personas asistían para conocer a sus locutores favoritos, a los entrevistados, y con suerte ser elegidos para participar y obtener uno de los premios, o las razones que les empujaban a participar en ellos, y lo que sucedía frente al micrófono.
Son unas cuantas viñetas y tres historias más largas, entrelazadas por una voz en off y acontecimientos en la emisora, los programas y una trama romántica entre dos locutores, Gabriel (Francisco Rabal) y Carmen (Margarita Andrey).
Empieza cuando un señor mayor despierta en su cama, enciende el aparato que tiene encima del buró y va por su compañero de casa de huéspedes, para juntos efectuar ejercicios de gimnasia con que empiezan las emisiones. La escena se disuelve, con el fondo de las voces de los locutores, para que veamos a éstos, Gabriel y Carmen, y no precisamente en pants deportivos, sino leyendo el guión (“uno, arriba, dos, abajo…”), y observemos la diferencia a lo imaginado por sus voces y las palabras formuladas.
Vendrá un flashback para conocer el día que debutó ese joven Gabriel, tan creído y ufano ahora. Fue un programa en vivo, donde el presentador principal lo recibió y le dio la alternativa con una entrevista a “El Gallo”, uno de los grandes toreros españoles, quien para entonces ya tenía veinte años de retirado tras cuarenta y cinco metido en los ruedos. Miramos al público, vestido con elegancia, abrigos y trajes, que aplauden con satisfacción y son partícipes de las preguntas y respuestas: El siguiente entrevistado, un futbolista del Real Madrid y la selección española, entra al escenario, el locutor principal toma las riendas ante la molestia de Gabriel, quien aspira a ser estrella y es admirado por Carmen.
Un episodio largo parte de un programa de concurso, en que la publicidad de la marca o la empresa era mencionada repetidamente por los locutores, donde relatan de un concurso previo y ahora piden a su auditorio que se vistan de esquimal con perro y trineo, y lleguen al estudio antes de treinta minutos. El amigo de un inventor (José Isbert), le insta a que se disfrace y así gane ese dinero, 3000 pesetas, para concluir su proyecto: un pistón. Atestiguaremos los graciosos enredos en que se mete Isbert, para caracterizarse de esquimal, para hacerse de un perro –que se enfurece cuando se ríe alguien- y correr hacia el estudio. Las peripecias que corría la gente para agenciarse un dinero. Les ganan su taxi. Se birlan de él unos transeúntes. Un radio escucha al verlo vestido en esa singular forma se ofrece para darle un aventón, se topan con otro automóvil que carga otro esquimal. Se apresura corriendo, se pelean para entrar al edificio, para ascender las escaleras. Y en el estudio, vemos que uno se les adelantó y es premiado. Al entrar Isbert, el público y el locutor se ríen, pero éste le permite decir unas palabras al aire, y al escuchar la arenga al amigo –golpeado por los transeúntes burlones- y lo que le aconteció, el locutor decide otorgarle el dinero del premio de sus bolsillos, lo que conlleva emoción y más aplausos de los asistentes.
El segmento posterior tiene similitud con uno que contaba Woody Allen en “Días de Radio”, aunque ampliado y con añadido de cuestiones religiosas, del ladrón que está robando una casa cuando suena el teléfono. Es de un programa de concursos radial. El ladrón vacila entre contestar o no; lo hace y dice es equivocado, pero al sonar de nuevo, y tras vencer sus dudas se anima a responder. Le dicen que si va a la estación y se identifica, ganará dos mil pesetas. El ladrón ha dado el nombre del dueño de la casa. Acto seguido, va a la iglesia, hay misa, es domingo, para avisarle de lo sucedido al señor a quien iba a robar. Aquí hay una escena simpática del tipo “teléfono descompuesto” cuando él le da su mensaje al oído del señor que está en la orilla de la banca, quien se lo pasa a la señora de junto y así sucesivamente, para cuando el mensaje llega a quien va, es una cosa totalmente diferente. Tras discusiones, lo convencerá de ir a la estación de radio, a recoger el premio, a lo que seguirá un cuestionamiento si el dinero pertenece a uno u al otro, y será saldado por el sacerdote a quien acude el ladrón, con un ejemplo de caridad cristiana y el entendimiento afable y comprensivo de ladrón y el dueño.
La tercera anécdota larga también habla de solidaridad, de amor al prójimo. Sucede en un pueblo pequeño, recién caídas unas nevadas. Una señora, lavandera, recibe una carta de Suecia, lo que da para otro gag simplón por parte del cartero que la intenta leer. La lleva con el doctor, quien le dice es de un gran médico sueco que ha revisado el caso de su hijo, a quien aqueja una enfermedad delicada, y acepta operarlo si lo llevan a su clínica. El profesor hace sumas y señala que harán falta unas doce mil pesetas para pasajes de avión, hospedaje, gastos y demás. Las autoridades se reunirán y luego de titubeos optan por convocar a todos los habitantes del poblado a que cooperen para juntar el dinero. Lo harán, unos ponen diez, veinte, cincuenta pesetas, otros una gallina o algún objeto. Sin embargo se quedarán cortos, llegan a nueve mil y cacho. El profesor dirá que con doscientos habitantes más habrían completado. Entonces, uno de los policías tiene una ocurrencia, que la esposa del profesor acepta gustoso, que su marido vaya a uno de esos concursos de la radio (semejante a nivel corto a lo del gran premio de los 64 000 pesos). Otro sustancioso gag acerca de cómo crecen rumores en pueblos, se da cuando el profesor pregunta, “¿y cuántos saben de esto?”, y el policía señala, “sólo se lo dije al alcalde”, quien a su vez se lo dijo a su amigo y entonces a la casa del profesor arriban varios vecinos que se han enterado. Habrá despedida en grande al profesor por sus paisanos. La señora lavandera le agradece mucho, el niño enfermo coloca la estatua del santo de su devoción, a quien le rezará. Con esto se añaden los comentarios en la película hacia las creencias de la gente, al catolicismo imperante en esa época.
En el auditorio echan a rodar la bolita y luego de una torpe y campechana concursante, la suerte le tocará al profesor, que finge no darse cuenta que llamaron su número, pero el señor de junto lo avisa. Experimentamos lo que eran esos concursos (como los de la W en nuestro país, con, por ejemplo Pepe Ruiz Vélez). El locutor –un antagónico de Gabriel- pregunta y el profesor irá respondiendo. Al inicio le ha dicho que era conserje y mas adelante dirá su ocupación real, conforme va aumentando la dificultad de las preguntas. Al locutor le hará poca gracia que las respuestas sean correctas y el concursante doble la apuesta (8, 16, 32, 64…, hasta 960); harán trampa y sacarán una pregunta complicada; el locutor se pone nervioso –tal vez era que no les agradaba que hubiera ganadores, los patrocinadores les reclamarían-. Ante los conocimientos del concursante, y dado que piensan que ven que es anciano y suponen es culto y leído, el asistente y el locutor conspiran y sacan un papelito para la última pregunta, aun cuando esperan el profesor no acepte doblar a 1920 (y nosotros sabemos que esa es la cantidad que necesita). Es una pregunta muy específica acerca de futbol, del primer gol anotado en la cancha del velódromo de San Sebastián, algo que probablemente ni ello saben. Al escuchar la pregunta, el profesor suda, tose, le da un ataque.
Pero es una película, y el final debe ser esperanzador, optimista. Vendrá la insólita contestación del viejo profesor, ante el asombro y casi terror del locutor y sus asistentes. El público soltará la andanada de aplausos y se pondrá de pie. En el pueblo, todos que han escuchado cada detalle lanzarán vivas, el niño que ha estado rezando y hemos visto en intercortes, agradecerá a su santo, al igual que la mamá y el resto de la gente, que se lanzan por las calles con porrras y vivas al profesor.
¿Y la historia de Gabriel y Carmen? Cerrará el anecdotario que nos comunica la voz en off. Tras pelearse con el dueño de la emisora, por creerse único e indispensable, y luego de que le ganen programas y le quiten de ellos –el de concursos, justamente-, retornará humilde, aceptará lo que le indiquen, al lado de Carmen, en el micrófono, leyendo rutinas de gimnasia. (Y la última imagen de la pareja de señores en sus ejercicios matutinos, daría hoy día para sugerencias homosexuales.)
Era cine de buenas intenciones, en mas de un sentido algo simple pero bien enfocado a ese mismo público que escuchaba la radio e iba a ver estas películas.
“Historias de la radio” tiene su lado didáctico, sobre todo para quienes no les tocó estar pegado a la radio antes de que la televisión se apropiara de las casas, irrumpiera en salas y recámaras. Para conocer cómo era ese universo radiofónico y las personas que estaban pegados a él, tan parecido a lo que era en México y posiblemente en otros países latinoamericanos y de más regiones del mundo.

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1 comentario en “Historias de la radio con Francisco Rabal”

  1. Lily Espinosa dice:

    ¡¡¡¡HOLA AMIGO!!!!……ESPERO QUE PARA ESTE MES NO TE OLVIDES DE UN AÑO MÀS DEL FALLECIMIENTO DE MI CHARRO ADORADO…”EL GRAN LUIS AGUILAR”……FALLECIÒ EL 24 DE OCTUBRE DE 1997.

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