Cascabel, del cine y la televisión de Raúl Araiza

Escrito por on sep 14th, 2012 y archivado en Cine Mexicano, Destacado, Galería fotográfica, Melodrama. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

Cascabel, del cine y la televisión de Raúl Araiza

Cascabel

En esta era de cultura audiovisual resulta confuso distinguir entre la narrativa fílmica y la televisiva, la creación en los años 60 de Television City añadida a los grandes estudios de California, encadenó parte del sistema fílmico para nutrir a la creciente industria electrónica con las series filmadas que hoy son la norma de programación y mercado, sin embargo todavía hay grandes diferencias fundamentales entre ambos medios (a pesar del DVD) y la hija bastarda del cine se denuncia en películas como Cascabel (1976) de Raúl Araiza.

Desde la invasión de Moctezuma Xocoyotzin a los Chiapa, los pueblos de Chiapas han realizado sublevaciones sucesivas periódicamente contra el poder central de México, hasta la culminación con el levantamiento de los zapatistas en 1994; el único pueblo de habla maya que jamás se sublevó es el de los Lacandones, habitantes de la selva tropical más densa del norte del continente, en parte por su escaso número (diezmados por las enfermedades llevadas por los chicleros, y también porque son el pueblo más degradado histórica y socialmente entre los grupos de lengua mayance, y de hecho son los propietarios legales de esa selva en que habitan, aunque esta propiedad no los ha distanciado de la marginación  segregatoria ni del atraso social e histórico.

Los años setenta resultan cruciales para la industria del cine mexicano: se consolida el Banco Nacional Cinematográfico (para quebrar poco después), se renueva la planta de directores y técnicos de la industria, se crea un cine “oficialista” propiciado por el ´presidente Luis Echeverría y su hermano Rodolfo, pero al mismo tiempo aparece un cine “disidente” que pretende contrarrestar el discurso gubernamental (aquí se enmarca la cinta de Araiza) y se promueve un cine documental y nacionalista que financia el propio gobierno para absorber la disidencia y dar voz y presencia a los grupos indígenas y marginados de la sociedad tratando de incorporarlos al discurso oficial. Para ello se creó el Centro de Cortometraje de los Estudios Churubusco, de infausta memoria.

Cascabel es la historia de un intelectual librepensador y disidente, Sergio Jiménez, cooptado por el gobierno para realizar un documental sobre los mayas lacandones y su ambiente privilegiado, el resultado es una lucha de conciencia en el intelectual de teatro y su concepto de verdad y realidad ante las demandas del mundo cinematográfico oficial. La película es un notable intento de disidencia honesta por parte de Araiza, pero como todo acto de la derecha mexicana cae en frecuentes incongruencias irresolubles que Araiza y sus guionistas Patiño y Monsel resuelven matando a su personaje con un dramatismo rayano en el ridículo.

La historia y lo que cuenta son muy valiosas, para quienes vivimos de cerca la existencia del Centro de Cortometraje resultan familiares y hasta cercanas, dolorosamente cercanas, pro además resulta parte de una historia nacional oculta y necesaria de dilucidar y que apenas asoma en la trama central de Cascabel.

Su formato es una combinación de técnicas fílmicas y de televisión que la hacen un híbrido que explica  la renuencia de Araiza a seguir en el cine fuera de la protección mediática de Televisa (salvo por En la trampa y Fuego en el mar, de 1978, y Camaroneros, 1988, intentos de seguir explorando la disidencia o denuncia de Cascabel), en realidad la denuncia y la disidencia en el cine son propósitos sumamente difíciles y complicados que forman una tradición para el avance del lenguaje del cine, desde Dziga Vertov hasta Costa-Gavras han sido fuente de renovación que después absorbe el cine comercial; en Cascabel Araiza incluye las técnicas de filmación noticiosa y documental que ya para entonces habían pasado del cine a la televisión (encuestas directas, testimonios de calidad, resúmenes de entrevistas en batería, etc.) con narrativa melodramática de ficción fílmica.

El director Raúl Araiza

La diferencia básica entre los dos mayores medios audiovisuales consiste en que el cine ha explorado llevar a lo audiovisual los logros de la narrativa literaria y la televisión une las fórmulas comprobadas de narrativa fílmica con el modelo radiofónico de dosificar las narraciones conforme a un tiempo preestablecido e inamovible, y sometido además a las exigencias tanto de ese tiempo como de los intereses comerciales de los patrocinadores, es decir que la noción de autor cae fuera del director en la televisión, mientras en el cine es una posibilidad muy real (quizá esa fue la motivación para la incursión de Araiza).

El guión trata de centrar su historia en la contradicción íntima del sector gubernamental (echeverrista) que pretendía una imagen de libertad y democracia transparentes mientras sostiene el viejo sistema autoritario priista; también trata de hacer la denuncia de la “compra” de conciencias entre la intelectualidad joven con el fin de dar prestigio al régimen, pero en realidad solo somete las voluntades disidentes integrándolas en el sistema autoritario.

De hecho esta parte de la trama resulta débil y denuncia la nula cultura política del director y sus guionistas, o cuando mejor una inocencia imperdonable en quien pretende hacer cine de denuncia, si no es que hay una fuerte hipocresía que niega la participación cómplice de los medios, especialmente la televisión (que en aquel entonces se reducía a Tele sistema Mexicano), en la construcción de una imagen de la realidad mexicana hecha a la medida del proyecto nacional del gobierno priísta.

El hombre de teatro (Alfredo Castro-Sergio Jiménez) convertido en realizador cinematográfico por decreto es confrontado con un mundo indígena incomprensible para la mente occidental; no hay más que la sobrevivencia inmediata, los lacandones previenen su futuro solamente aumentando su progenie mediante la poligamia, su visión del pasado tan solo es mística y no histórica según el concepto occidental y su relación con los no indígenas está mediada por la explotación de siglos por blancos (extranjeros o nacionales) y ladinos (esos mestizos que se acomodan al sistema de poder como intermediadores del interés capitalista y consideran inferior y estúpido al indígena –aquí magníficamente representados con José Carlos Ruíz), sus nociones de salud no tienen nada que ver con la medicina y son presa fácil de las enfermedades, sobre todo porque desconfían y rechazan los pocos servicios médicos que les han proporcionado. Este es el panorama que Castro quiere mostrar en su película, y esto no cuadra con el propósito propagandístico de la cinta que le han encargado para el gobierno.

Durante los gobiernos de Luis Echeverría y José López Portillo fue promovido un movimiento audiovisual que pretendía dar una imagen completa de la población del país incluyendo a grupos indígenas y marginados, en el segundo periodo la tarea no recayó en la industria cinematográfica sino en la televisión oficial, vía la Unidad de Televisión Educativa y Cultural (UTEC) de la SEP y docenas de equipos de filmación  se desplegaron por todo el país para documentar vida y costumbres de los mexicanos. El resultado fue terriblemente disparejo tanto en cine como en televisión, pero se logró que grupos distantes y muy diferentes se conocieran entre sí y supieran de una realidad mayor a la inmediata y que no estaban solos en la marginalidad y el aislamiento más que como efecto de la explotación (de ahí el levantamiento zapatista).

De acuerdo con la película Cascabel este esfuerzo, en pos de la verdad, muere con Sergio Jiménez cuando éste es mordido por un crótalo tropical, y permanece el proyecto mentiroso del gobierno que sigue presentando lo bonito y turístico de las etnias y regiones (la insistencia en presentar a los lacandones como herederos de los mayas de Bonampak resulta ridícula también) y la maquinaria oficial predomina en la industria que simplemente se corrompe al ritmo del sistema para seguir como si nada, pero en la realidad el Centro de Cortometraje fue aniquilado en el cambio de sexenio, sus dirigentes encarcelados y los cineastas perseguidos y dispersos hasta que volvieron a la actividad en la UTEC.

Raúl Ramírez como Gómez Rul funge en Cascabel como el funcionario de cine encargado de cooptar los talentos  para la estrategia echeverrista de filmación, un papel que jugó el español Carlos Velo en la vida real, pero aquí la ineptitud del dirigente para mediar entre el gobierno y los cineastas está fuera de toda realidad: Velo fue perseguido pero también reivindicado  y puesto al frente del cine oficial en el siguiente periodo. Por otra parte Cascabel termina siendo un ejemplo del cine que el director Alfredo Castro (¿casualidad el nombre?) no quiere hacer, porque muestra solo la parte folclórica de la realidad que desea denunciar, tanto indígena como política y social y a través de las técnicas periodísticas que utiliza tan solo consagra el estilo televisivo que opera hoy en Televisa y emula Azteca.

El drama personal de Alfredo es una historia trunca y mal contada de frustraciones personales, sociales e ideológicas que además pierde la vena de la confrontación con los indígenas lacandones encabezados por un brillante Ernesto Gómez Cruz como Pepe Chambor o Cochankin, a los que Araiza dedica solamente unos trazos carentes de profundidad o dramatismo, así que la escena culminante entre los ex-caifanes termina por ser ridícula; es un personaje enriquecido desde el inicio con los conflictos emocionales y profesionales del mundo intelectual y de teatro (aunque la puesta en escena que presenta es totalmente panfletaria) pero perdidos en la incapacidad de concordar la intención de denunciar la corrupción y la corrupta forma de realizar una trama en cine.

Cascabel. D. Raúl Araiza. Con: Sergio Jiménez, Ernesto Gómez Cruz, Aarón Hernán, Raúl Ramírez, Mario Casillas. Guión: R. Araiza, Antonio Monsel y Jorge Patiño. MÉX. 1977.

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