Desde el fin de los años sesenta, el rock and roll se tornó más oscuro, adquirió ritmos más acelerados, las cuerdas se distorsionaron y se polarizaron los agudos contra los graves para abrir paso a las voces desgarradas que en conjunto crearon el hard rock y el heavy metal, dos subgéneros enloquecedores de masas y enriquecedores de corporaciones. Esa fue la era del rock que concluyó, como tal, a principios de los años noventa. Justo en la última etapa de esta época se sitúa el nuevo musical hollywoodense de Adam Shankman y protagonizado por Tom Cruise.
Vivimos una fiebre de películas musicales alusivas a otras épocas que comenzó con “Molino Rojo” (Moulin Rouge, 2000), continuó con “Chicago” (2002), “Los Productores” (2005) y le siguieron “Mamma Mia”, “Dreamgirls” (2006) y “Hairspray” (2007); esta última del propio Shankman, basada en la película original de John Waters; el remake de “Footloose” (2011), la fallida “Burlesque” (2011), y ahora se le hace homenaje al hair metal ochentero con “La Era del Rock” (Rock of Ages, 2012).
Pero más allá de hacer una inspección en la calidad cinematográfica de esta cinta, que a decir verdad no es superior a la de un capítulo de “Glee” pero con superestrellas, si hay elementos relevantes por resaltar en esta tendencia de mirar hacia el pasado que no solo sucede en la cultura anglosajona, sino también lo vivimos en otros países con programas como “La Voz”, “Bailando por un Sueño”, “La Academia” y todas sus variantes dominicales.
No es un ninguna novedad que la música popular programada actualmente en la radio, en los videos musicales y que se puede adquirir de muchas formas en Internet carece de la calidad acostumbrada en décadas pasadas. Como no quiero sonar melómano –aunque si lo soy-, lo sustento en un estudio realizado por la reputada publicación Scientific American revelado el pasado el 26 de julio de 2012 y en la cual destacan como único factor evolutivo de la música popular en la actualidad a lo ruidoso, sin embargo otros aspectos han decrecido. Dicha investigación tomó un análisis cuantitativo a casi medio millón de canciones, de entre 1955 y 2010, para observar los cambios sufridos en la expresión musical a lo largo de los años. Los científicos se basaron en el nombre, duración, ritmo, timbre, tono y volumen.
El catalán Joan Serrà, quien lideró el estudio encontró que tras llegar al punto cumbre en los años sesenta, la variedad de timbre ha decrecido hasta llegar al punto de la homogeneización en la actualidad, lo cual se debe a una menor diversidad en instrumentación y técnicas de grabación. En el vocabulario tonal, encontraron un lenguaje básico intacto desde los sesenta, sin embargo es la sintaxis musical la que se ha restringido y concluyen que los músicos son menos aventurados al momento de componer y prefieren apegarse a las fórmulas exitosas desde antaño. Como lo apuntaba antes, la única evolución la producción con el volumen más alto afectando los detalles más finos de la música. Incluso, el mismo Serrà asegura que en el periodo 1997-2007 habrá muy pocas canciones que pasen la prueba del tiempo.
Lo anterior explica el enorme éxito de Adele durante 2011 y hace de las canciones simplemente diferentes y sin derroche de talento como “Somebody That I Used to Know” de Gotye, “Pumped Up Kicks” de Gotye, “We Are Young” de Fun., las obras pseudo progresivas de Muse, el rock con bases New Wave de The Killers y las melodías country de Taylor Swift, un poco la diferencia en una escena musical en la que predominan los ritmos bailables genéricos muy complicadas de diferenciar unos de otros.
Retomando la fiebre de películas musicales alusivas a tiempos pasados y revisando las carteleras de Broadway, West End, Las Vegas Strip, Ocean Drive y Sunset Strip, así como el Auditorio Nacional en la Ciudad de México, encontraremos una sobreoferta de obras musicales que retoman la época de los cabarets, la música pop de los ochenta y los éxitos de un grupo exitoso como Mecano, Timbiriche o ABBA. La pregunta sin respuesta es ¿será que los músicos se han vuelto menos talentosos o la demanda musical y la industria que la impulsa padece una holgazanería endémica y subestima a los consumidores? Sin duda vivimos una de las peores crisis en la cultura global que nos obliga a remontarnos a mejores épocas para cubrir los enormes espacios vacíos producidos viciosamente en la actualidad.
“La Era del Rock” es una película de alta manufactura que termina siendo simplista y retrata el momento más decadente del rock, donde las drogas, el alcohol, el sexo desenfrenado, el culto a las actividades lúdicas, el egocentrismo, los escenarios exagerados, el cabello abultado y la vestimenta salvaje fueron las constantes. Atinadamente, la banda angelina Mötley Crüe llamó su compilación de éxitos en 1991 “Decade of Decadence: 1981-1991”.
Por el contrario, el musical armado –literalmente- por Chris D’Arienzo para teatro, colabora con el prometido de Jennifer Aniston, Justin Theroux (autor de “Una Guerra de Película” y “Iron Man 2”), y Allan Loeb (autor de “Wall Street 2” y “Una Esposa de Mentira”) para adaptar cinematográficamente las correrías en un clásico bar en Sunset Strip “The Bourbon Room”, que albergará la visita de un consumado rockstar que lo viera nacer años atrás en su última tocada con la banda ficticia Arsenal.
Es inevitable que esta fábula rockera tenga los personajes cliché de esa época como el dueño del bar, el mesero con gran talento, la chica soñadora que viene de la zona rural en busca de éxito, el voraz empresario musical, la bailarina exótica, la amargada esposa de un político que se opone a lo que alguna vez amó, la supersexy reportera de Rolling Stone que ama en silencio lo que duramente critica y, por supuesto, la oleada de fanáticos del rock aparecen con relevancia similar a las botellas de whisky, los tubos del table dance y las guitarras eléctricas, es decir, forman parte del decorado.
Mucho del peso de la película recae en los dos actores jóvenes que sirven como hilo conductor de la sencilla trama. Julianne Hough es una rubia típica gringa con todos sus atributos concebibles, salida del popular concurso “Dancing With The Stars” y su personaje es Sherrie, en alusión a la power ballad “Oh Sherrie” de Steve Perry, vocalista de Journey. El otro es Diego Boneta, actor y cantante mexicano emergido de las filas del programa “Código Fama”, quien después formó parte del elenco de “Rebelde” en algunas giras fuera de México. Su personaje Drew es un joven talento del rock y en la trama compone “Don’t Stop Believin” de Journey, uno de los más grandes himnos al optimismo que ha legado el rock.
La presencia de Catherine Zeta Jones, reconocida con un Oscar por otro famoso musical, los primeros actores Paul Giamatti, Brian Cranston y Alec Baldwin, la presencia de la sueca Malin Akerman y la gracia del inglés Russell Brand dejan en claro que este producto de divertimento se generó para ser un golpe en taquilla que no cuajó, ni la presencia de Tom Cruise encarnando al extrovertido y decadente Stacee Jaxx lograron cruzar la meta de los 100 millones de dólares en Estados Unidos, debido a una poco atinada programación entre varias películas dirigidas al público infantil y adolescente. El público principal de la cinta son los jóvenes que vivieron y gozaron esa era pero ahora deben decidir entre llevar a sus chiquillos a ver “Madagascar 3” o “Cars 2”, lo que la convierte en un fracaso económico que posiblemente se reponga al salir en video para la época navideña. Los niños que vieron “Escuela del Rock” con Jack Black no se entusiasmaron en su adultez prematura con esta oferta llena de sudor, whisky e idealismo. Es muy posible que un estreno en el tramo otoñal le habría asegurado mayor éxito.
El esfuerzo de Shankman, quien tiene una gran carrera como coreógrafo no es la de hacer bailar a los actores, sino la calidad vocal impresa en cada interpretación que en algunos casos equipara al clásico original. Quizá ya habíamos escuchado cantar a Zeta Jones, Russell Brand y Mary J. Blige, incluso Hough y Boneta fueron contratados con ese efecto, pero la grata sorpresa es escuchar a un elenco de primer nivel interpretando plausiblemente temas adaptados de Foreigner, REO Speedwagon, Bon Jovi, Def Leppard, Poison, Extreme, Twisted Sister, Pat Benatar, Whitesnake, Scorpions y Joan Jett. El mayor esmero y por ello el crédito máximo de la película lo tiene Tom Cruise haciendo de Stacy Jaxx un frontman metalero bastante creíble gracias a las clases intensivas de canto con el coach vocal de Axl Rose y tomando los consejos de amigos como Richie Sambora y Jon Bonggiovi, auténticas estrellas del momento retratado en “La Era del Rock”. No será extraño que ya tenga una nominación al Globo de Oro como mejor actor de comedia o musical, en realidad la merece.
Incluso la mejor escena de la película es escenificada por Cruise y Akerman al compás de “I Want to Know What Love Is”, en la cual el actor tiene una suerte de epifanía amorosa gracias a la brutal sinceridad de la periodista, un cambio de la obra teatral en la que el idilio lo tiene con Sherrie y la corresponsalía de Rolling Stone simplemente no existe, lo que indica que es un invento de Theroux y Loeb para descafeinar la trama pensada erróneamente, insisto, para un mercado juvenil y no tanto de adultos contemporáneos.
La crítica especializada no pude ser más feroz, además coincidió con el anuncio de la separación de Cruise y Katie Holmes, consideraron que debieron llamar a Taylor Swift en el papel de Sherrie, calificaron un ejercicio de karaoke con superestrellas, su duración fue excesiva –a pesar de recortar la importancia de varios personajes a comparación de versión teatral-, y fue condenada por manejar con tanta ligereza los aspectos más densos de esa época. En resumen es una cinta sobre el rock sin sexo, sin drogas y con una sobredosis de melosidad televisiva.
Esta obra pasará a formar parte de la variedad que transmite VH1 “Movies That Rock” y compartirá espacio en los anaqueles de videos con “Calles de Fuego” (Streets of Fire, 1984), “Empire Records” (1995), “Bienvenido a Woodstock” (Taken Woodstock, 2009), “Backbeat” (1993), Escuela del Rock (School of Rock, 2003), “Casi Famosos” (Almost Famous, 2000) –cinta reseñada por quien escribe estas líneas en www.cineforever.com-, “Los Piratas del Rock” (Pirate Rock, 2009), “The Doors” (1991) “Velvet Goldmine” (1998) “Dazed and Confused” (1993), “Sube al Volumen” (Pump Up the Volume, 1990), “Once” (2006), “Alta Fidelidad” (High Fidelity, 2000) y “Rock Star” (2001), quizá la más emparentada con este vapuleado musical. Todas las cintas anteriores son referencia necesaria de todo aquel que se considere un amante del rock.
Lo importante es que la película es tan disfrutable como la comida chatarra, es como un trago de refresco bien frío en una ola de calor y con esto quiero decir que la disfruté como buen amante de la música rock, por lo que se la recomiendo ampliamente a quienes nacieron entre los años sesenta y setenta, pero no esperen una obra maestra. Es un placer culposo para quienes adoramos la música de las ochenta, aquellos que la entienden, la gozan y no pueden evitar cantar a grito pelado uno de esos hits en la privacidad automovilística de un breve embotellamiento.
Textos relacionados:
La era del rock: para cultivar el reencuentro y el tema musical sensiblero
Casi famosos: siete años después
Catherine Zeta-Jones: sus películas
Catherine Zeta-Jones celebra su cumpleaños 41
El gran Houdini, lejos de Disney
El gran Houdini o el último gran mago
Mi segunda vez: de amores inesperados
a WordPress rating system
a WordPress rating system

Como siempre muy buen análisis, muy analítico sin caer en lo burdo
a WordPress rating system
a WordPress rating system