Desde la obra de Camilo Flammarion el planeta Marte fue enfocado como un gemelo de nuestra tierra y un posible asilo a los amantes del expansionismo más allá de toda frontera; en la década del Año Geofísico Internacional y las primeras salidas humanas (y animales, no hay que despreciar a Laika) al espacio, el cine se aventuró hacia la órbita joviana luego de ensayar con la Luna (Destino la luna y De la tierra a la luna) y su primer visita a las rojas arenas cantadas por Bradbury pasa por uno de los viajes más espectaculares al vacío interplanetario jamás filmados en La conquista del espacio (Byron Haskin, 1955), no mucho después la tendencia al terror y el miedo a lo desconocido, aunados a la excesiva confianza en la tecnología producen El aterrador planeta rojo, de Ib Melchior.
En sus Crónicas marcianas Ray Bradbury lamenta la tendencia humana al dominio y la conquista, propone una resistencia espiritual de los marcianos ante la indiferente destructividad humana (Carter Brow será más contundente y sardónico en cuentos breves de la misma época), pero el poeta de la ciencia-ficción croniza con enorme lirismo sobre un mar de arenas azules donde sutiles seres herederos de Egipto, Mesopotamia o el Mayab ven extinguirse su herencia histórica ante el materialismo burdo de los estadunidenses (solo a ellos se les puede ocurrir vender hot-dogs en las dunas añil), el director Melchior no llega a tanto y sin embargo también hace lírica, pero con el ocre y el rojo de una fotografía que pretende imponernos lo ajeno de la manera más palpable y directa, además no se enreda en inventar culturas o razas planetarias, le basta una fauna increíble para poner en duda la humanidad de los conquistadores y sus propósitos.
La gran diferencia con otros ejemplos de la ciencia-ficción consiste en que aquí la conquista se hace en nombre del conocimiento, no hay un impulso militar o de fuerza física por imponer al nuevo planeta, sino el predominio de la razón humana, la visión heredada de la modernidad acerca de que todo está en la medida de las concepciones occidentales del universo, y Marte se ríe de los humanos enfrentándolos a una climatología enloquecedora y una fauna desconcertante y dignas ambas cosas de las pesadillas de la ciencia-ficción más primitiva e infantil (aquella de las revistas en los años veinte y treinta).
Acciona la película a base de golpes sorpresivos en los que cada descubrimiento se convierte en amenaza inmediata y no siempre resulta verdaderamente maligna: las ratas-araña son demasiado autosuficientes parea tomar en cuenta a los humanos y el ser gelatinoso que asimila a los astronautas solo es protoplasma inocuo, aunque sí hay una burla wellsiana en el hecho de que los terrestres sean atacados por enfermedades desconocidas que sí los colocan en trance de muerte.
Pero el propósito fantascientífico se cumple y los sobrevivientes de la casi auto-aniquilación de los viajeros regresan a la tierra con un acervo de conocimientos que invalidará la confianza modernista en la racionalidad occidental y cristiana, aunque estarán pendientes las relaciones con el poder político y las instituciones culturales.
La cinta es muy difícil de encontrar en DVD, así que es muy recomendable verla en su paso por la tv comercial, no obstante que su trama es muy infantil para los estándares actuales pero en su momento fue importante en aquella oscilación entre ciencia-ficción y terror que inundó las matinés de los años cincuenta y sesenta. (En el canal de Movie City Classic esta programada para su proyección, con el título La furia del planeta rojo, el lunes 3 de septiembre, el míercoles 5 de septiembre; el miércoles 31 de octubre;
El aterrador planeta rojo. (The angry red planet). D. Ib Melchior. Con: Gerald Mohr, Naura Hayden, Les Tremaine. Guión: I. Melchior y Sídney Pink. EUA. 1959.
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