En la moda de los musicales constituidos a partir de una serie de canciones de un grupo (Mamma Mia, The boys of Jersey) o un compositor (Shuman and Pomus); o en el siguiente escalón, ubicados en una época y acoplados con canciones de esos años, entra en escena “La era del rock” (Rock of ages, 2012), que no está lleno en su banda sonora específicamente de rock, sino de algo de melodías, unas pegajosas, que se escuchaban en 1987 en la esfera estadounidense –de Journey a Metalica o Bon Jovi-, y de extra acertado una de R.E.M.
“La era del rock” se nutre de bases del musical cinematográfico: la muchacha provinciana que va a la gran ciudad del entretenimiento, Los Ángeles en California, para cumplir su fantasía de convertirse en cantante y palpar la celebridad. La secuencia de apertura en un autobús consolida el método de esos viejos musicales, y que las personas empiecen a cantar continuando un diálogo se siente creíble. El arribo de la joven a la metrópoli angelina, disponen su ingenuidad y la suerte que esto le aportará en varios filos.
Las canciones interpretadas en el escenario del The Bourbon (clara referencia al Whisky a Go Go), el local de Sunset Strip, robustecen la cohesión hacia el género, organizado en observancia por Chris D’Arienzo, libretista del original musical, y aquí coguionista con Justin Theroux y Allan Loeb, y el director y corógrafo Adam Shankam (Hairspray, unos capítulos de Glee).
El argumento elemental de muchacho conoce muchacha, ambos con sueños de fama, quienes recibirán de improviso su oportunidad, es respaldado sonoramente por sub tramas acerca de los enjuagues de representantes de artistas, de cantantes divas, alucinados, extraviados en sus excesos de mujeres, droga y alcohol. Y cual si fuera un musical de hace sesenta-setenta años, los líos financieros en que anda Dennis (Alec Baldwin) el dueño de The Bourbon con amenazas por duplicado de que se lo clausuren, y su relación con su asistente, Lonny (Russell Brand), que se preludia más que amistad entre hombres y contiene un par de números que lindan en lo sublime.
La arista del villano corre por cuenta de Patricia (Catherine Zeta-Jones, medio irreconocible por cirugías y/o Botox, pero mostrando sus cualidades para la danza y el canto), también a la usanza vieja, de fanática religiosa y política (con referencias vigentes a la censura y no sólo de los años rocanroleros), obstinada opositora a esas músicas “demoniacas”, que da pie a un número y coreografía de alto voltaje, y después a un enfrentamiento tóxico contra los rockeros, cada cual con su himno: “We built this city” (Nosotros construimos esta ciudad) y “We’re not gonna take it!” (¡No lo permitiremos!).
La música abastece energía entre imanes de sátira a políticos represores y a la industria disquera y satélites, de cómo se apropian de una banda o un solista y lo comercializan, mutando su estilo de “dark” o “heavy metal” a grupito ñoño para quinceañeras con vestuario florido, y de sus canciones “rudas” a baladitas infantiloides, además con playback en vez del guitarreo en vivo.
Cada personaje/actor tiene su momento y sus interpretaciones lucidoras cantadas por ellos mismos, incluidas composiciones exclusivas para la obra teatral y/o la película. Tom Cruise en parodia arreciada de cantantes que abandonan a su banda por egocentrismo y alcanzan a darse cuenta lo que le significan ellos; o Paul Giamatti, de ávido tiburón negociante; la pareja Baldwin-Brand flotando en lirismo. Dejan los momentos románticos para la pareja juvenil, Sherrie (Julianne Hough) y Drew (el mexicano Diego Boneta), a la vera del letrero de Hollywood, para cultivar el reencuentro y el tema musical sensiblero.
Estrenada en el teatro en el 2006, “La era del rock” en su adaptación para el cine transcribe un halo del 1987 a la usanza de los musicales, con suficientes factores para entretener, enroscar sarcasmos, tararear las melodías.
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