Humanismo es un término de significado oscuro en el siglo XXI, con él se designó tradicionalmente al erudito por excelencia en la cultura occidental, pero sobre todo a una visión de lo que somos inspirada en las manifestaciones clásicas del arte griego y romano cuya referencia más clara deviene de la lectura de Homero, cuya obra ha sido un reto de imaginación para realizadores y actores en el cine desde los inicios de este medio. La presencia de los dioses, los héroes, encarnación de los valores fundamentales, fue desapareciendo a favor del nuevo panteón del Star System y casi fenece, salvo que un inglés (o quizá dos) rescatan el personaje crucial de la Ilíada, Príamo, a las órdenes de Wolfgang Petersen, pero mejor bajo la convicción del humanismo (común a los ingleses en general), me refiero al británico Peter O’Toole, que en realidad, como todos los grandes británicos, no es inglés sino irlandés.
En los años sesenta una imagen imperó entre las muchas que el nuevo cine de grandes recursos generaban: la de un hombre flotando en vestiduras níveas sobre los techos de un ferrocarril varado en las arenas del desierto; era la de T. E. Lawrence según la visión de David Lean y encarnada por un Peter O’Toole casi imberbe y con su mirada profundamente inocente aunque desconcertada frente al mundo y sus recovecos. Esos ojos de profundo turquesa (sí, como el Caribe mexicano) parecían los de la juventud de entonces, asombrados ante los cambios logrados por el ser humano y por el extraño camino que seguía la civilización, y lo hizo ideal, primero para el Lawrence de Arabia traicionado por la lógica imperial del estado británico y después por la imposibilidad de los valores de occidente en los laberintos verdes del sudeste asiático según el Lord Jim de un extraordinario Richard Brooks filmando en colores.
Por aquellos días el actor tuvo presencia en nuestro país, en una anécdota multirrelatada y también publicada de Enrique Loubet Jr., el de Revista de Revistas, celebraba el extraño humos británico de este asiduo consumidor de escocés en las rocas (o a pelo, como fingía Wayne en sus películas), cuando el entonces pre-casado reportero de Excélsior lo entrevistó en el Hotel del Prado, acompañado por su prometida (entonces una tierna criolla de profunda blancura) de la que O’Toole dijo que tenía el aspecto clásico de los príncipes mayas; Enrique protestó señalando que ella era española y el actor replicó que: “Los mayas viajaban mucho…”, mientras servía otro whisky a su room mate afónico Jack Hawkins
Quizá de entonces se generó la relación que culminaría en una parábola de la nobleza, europea como ejemplo de decadencia en la imaginería de Arturo Ripstein con Fox Trot, el otro lado del paraíso (donde además se acompañó de nuestro recién perdido Jorge Luke), un papel que fue asumiendo esta pose casi para siempre, llevándola a la consagración en Mi año favorito, como el actor de televisión que resumía las características decadentes de la generación de histriones que desparecería con el advenimiento de los sistemas de grabación electrónica, y luego se confirmó con el educador Reginald Johnson encargado de la formación cortesana de El último emperador, de Bertolucci.
Aunque verdaderamente todo comenzó mucho antes con un duelo de actuación entre la manera clásica del teatro inglés y el método personal del temperamental de moda: en Becket, el obispo Thomas era Richard Burton y el engolado Enrique II O’Toole, en un Medievo temprano donde la voluntad y volubilidad monárquicas eran necesidades y no caprichos, O’Toole como voluntad de poder hacia la constitución del estado se entendía mejor que en la tragedia shakesperiana y la génesis del laicismo se encarnaba bien con la formación teatral clásica igual que el capricho de Burton consagraba al clérigo, y todo esto conformaría un derrotero que sería retrato constante del ser humano en su paso por el siglo XX, incluso en la edad avanzada.
Y es esta la etapa reciente de O’Toole, ya anciano en persona personifica mejor cada vez al Hombre de la Mancha que en la película de Arthur Hiller, especialmente en la extraña Venus, de Roger Mitchell, donde revalúa lo humano ahí cuando la perspectiva del ocaso se apodera del hombre, explora el viejo anhelo occidental obsesionado en la belleza sobre todo, antes de que el materialismo convirtiese a la estética en materia de significados y reivindica la ancianidad más allá de las necedades del asentamiento de carácter personal.
Por eso es que con su Príamo de Troya (paralelo al Aristóteles de Anthony Hopkins, según el Alexandros de Stone) despide sus posibilidades de histrión y no mucho después (todavía derrochando talento en Los Tudor o en Catalina de Alejandría, apenas hace unos días, se despidió, como para que preservemos a ese inmortal padre de Héctor, y lo hace antes de ser demasiado viejo para morir antes de que el humanismo sea solo una referencia recordada en la academia y nada más.
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