Estuvo en mitad de las violencias del vendaval histórico igual que Helen Mirren ante La Tempestad, pero no tuvo las armas de esta mujer de sabiduría, (Próspero de Shakespeare enfeminado) sin embargo también hizo uso de la magia, esta vez de la palabra no cabalística. Como la Mirren la tonta era también rubia (de química, su origen celta y pelirrojo fue una máscara oculta) solo llegamos a saberlo por indiscreción de Hugh Hefner y su revista, y contó en sus inicios con la carrera típica de Starlet holivudiana que pasó por la pornografía (si creemos en la gordita que aparece en la cinta difundida con el inicio de este siglo), pero también con la amistad de una tozuda rubia y efectiva actriz que jamás pasó de estrella de clase Z, la inolvidable Shelley Winters.
Amada de todos su amor se estrelló en las pantallas, sin embargo nos embargó como lo hicieran sus labios y sus brazos al pobre Tony Curtis en Una Eva y dos Adanes, o como lo enfrió el caballero en clóset Cary Grant en Vitaminas para el amor; fue ese amor que todos los varones deseábamos por nefasta influencia de los surrealistas: desde su salida en La malvada, de Manckiewicz, donde Sanders moldeó su imagen venidera con el patrón de Betty Boop (Bu-bu-bi-Dup!) para no opacar sino destacar a Bette Davis.
Después de consagrarse con Curtis y Jack Lemmon su vida pública la hizo prisionera, ante la necesidad de diferencia en una sociedad de machos básicamente simuladores y de doble cara (porque todavía no se conocía el término del clóset) tuvo que buscar el equilibrio en la figura y calidez de Joe DiMaggio, pero el latino grande al bate equilibraba y cubría bien el frasco pero no el contenido. La sed de Marilyn iba más allá del cuerpo y las conveniencias, se había mal aconsejado por Hemingway, por T. S. Elliot, por James Joyce, y había llegado a ver el fondo del cine como algo que la hacía concebirse como esa historia que siempre nos enriquece en las salas, deseaba mucho más que frasco y contenido, la mujer tonta aspiraba a esencia.
En el otro lado lo más conveniente era la mujer escopeta a los modos de la contraparte biológica o bien se conformaba con ser la domadora de Ester Vilar: cómoda y muelle receptora de protección, cobijo y malos tratos en sometimiento humillante para todos (entones mejor tonta o falsa inocente ¿No?). pero la tonta Norma Jean se aproximó al único que la entendió profundamente y la hirió con el brutal retrato de Después de la caída. Arthur Miller la amó a total intensidad pero como la sombra de caverna, descubrió en ella a la diosa Blanca de Graves y solo la puso en el nicho, el que la orilló al aborto y la decepción mientras aprendía de otro platónico, el genio Laurence Olivier durante la filmación de El príncipe y la corista, según declara Colin Clarke en el nicho póstumo de su Mi semana con Marilyn.
El amor de un rudo que no baila le dio el nicho político de la intriga con los Kennedy, y luego de este Mailer, se nos entregó entre los demasiado jóvenes para morir con la pléyade que hizo del fin de siglo la edad para la juventud en este tiempo donde ser joven es un lujo indiscreto.
Y el infortunado beneficio del mito nos deja oportuna la pregunta de si la tonta habría llegado a consagrar su feminidad infinita como lo hizo la felina condesa sin calzado en alas de La noche de la Iguana, o si escalaria el simbolismo de la anulación femenina como los ojos violeta hundidos en ¿Quien le teme a Virginia Woolf?; pero Norma Jean entre sus hombros tuvo a uno que despreció jarro y contenido, que sacó en pantalla lo esencial, Huston de entre todos la integró en Los inadaptados para darnos una imagen de la mujer en pleno conflicto entre su forzado ser social y su esencial naturaleza humana, recogió un poco del dólar de plata cambiando de manos que le había dado Logan en Nunca fui santa, y también añadió la sensibilidad y lealtad del compañero del río sin regreso para las Almas perdidas de Preminger. Cualquiera diría que el tiempo no perdona, pero los inadaptados fue un hacer herencia, como la que Peter O’Toole aprovechó antes de su retiro de las pantallas con el Príamo de Troya, rescatar en solo unos instantes; pero O’Toole podría regresar e interpretar el mito como ya lo intento en Venus, pero Norma Jeane debe comprenderlo aunque nunca llegue a vieja.
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