El escorpión negro, ¿monstruo académico?

Escrito por on ago 6th, 2012 y archivado en Ciencia Ficción y fantastico, Destacado, Galería de vídeo, Galería fotográfica. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

El escorpión negro, ¿monstruo académico?

La imagen de México en el mundo ha sido marcada indeleblemente por su curiosa geografía, especialmente por sus cordilleras donde predomina la imagen de varios volcanes que desde tiempos de la conquista tiene fama de estar activos, particularmente el Popocatépetl y el de Colima, pero lo que dio notoriedad a esta orografía única fue la abrupta aparición del Paricutín en Michoacán, que sirvió de motivación a Paul Yawitz para escribir la fantástica historia de El escorpión negro.

Edward Ludwig fue un director de segunda línea especializado en cintas bélicas y de aventuras (Intriga en Honolulu-1956-, Romance de los 7 mares-1944-,o La bruja Roja, todas ellas para lucimiento de John Wayne fuera de la montura habitual del western ya como marino o investigador anticomunista) y tal vez será recordado mejor por su participación en la serie televisiva Bonanza  (1959-1973), de alguna manera su relación con el viejo Duke le dio alguna familiaridad con México y por ello no resulta extraño que se involucrase en la segunda cinta de Willis O’Brien con nuestra industria (tres años antes Obie se embarcó en la empresa de El monstruo de la montaña hueca con Edward Nassur e Ismael Rodríguez): El escorpión negro.

En los años cincuenta México era un país en la decadencia de una economía basada en la producción agropecuaria, en el plano internacional su política resultaba ejemplar y encabezaba la de toda América Latina respecto a la modernización y el desarrollo, en lo interior se desplazaba el prestigio de los militares como dirigentes para dar paso a un régimen de civilidad que prometía un camino hacia la democracia basado en la ciudadanía y es la imagen que proyectaron David Duncan y Robert Blees en su guión de aventuras y monstruos.

Aunque parezca increíble la imagen de un país a través del cine de ficción debía mucho al cine de monstruos y ficción científica, así sucedió con el Londres de El mundo perdido (Hoyt y Hudson, 1925), o el París de Fantômas (Feuillade, 1913, Sidgwick, 1921) y el París Dormido de Clair (1923), pero sobre todo del Nueva York de King Kong (1933) o la Roma de La bestia de otro planeta (Nathan Juran, 1957), eso sin hablar de todas las ciudades estadunidenses y japonesas acosadas por Godzila o dinosaurios y pulpos gigantes. De una forma indirecta estas películas daban la idea de modernidad y progreso en la medida que sus habitantes lograban enfrentar la amenaza monstruosa, y la cinta de O’Brien-Rodríguez en el campo mexicano solo era una especie de extensión del romanticismo rural donde los charros (¡y vaqueros!) vencían rústicamente a un extraño dinosaurio (con patas de elefante por problemas de producción de último minuto). El gigantesco alacrán de El escorpión negro fue muy otra cosa.

La aparición paulatina del volcán Paricutín impactó a todo el país no solamente por su acción destructiva y haber azotado y cambiado la superficie de buena parte del estado de Michoacán, sino que descubrió multitud de características únicas del territorio y los fenómenos naturales en México: primero que todo la capacidad de regeneración de la naturaleza en torno a los volcanes (casi todas las poblaciones importantes de América entera se han situado cerca de algún volcán, quizá por la riqueza productiva del entorno, tanto en minerales como en agricultura) y en seguida la geología subterránea que está llena de cavernas inmensas y en aquellos años cincuenta se suponía interconectadas en todo el territorio (jamás volvimos a curiosear al respecto), y justamente aquí centró su trama la película de Ludwig.

La ciudad de México en los años cincuenta ya era un conjunto urbano con carácter moderno, se había poblado de construcciones de todas las épocas y estilos expandiéndose sin medida, destacan el populoso centro cuya espina dorsal es la avenida Juárez y la de los Insurgentes, y su polo cultural era la recién estrenada Ciudad Universitaria, ubicada justo en un pedregal volcánico junto al Xitle y el Ajusco surianos, pero sobre todo es una ciudad donde el régimen de Miguel Alemán Valdés promueve la imagen pública de las instituciones civiles y en especial de los académicos, en quienes recaerá el deber de frenar la amenaza del alacrán gigante surgido de las entrañas del Paricutín.

Escena de El escorpión negro

No que el gigante surgiera de los ríos de lava, algo que hubiese sido extraordinariamente visual y aterrador, sino que el vulcanismo mueve la costra superficial y descubre los complejos de cavernas subterráneas donde pululan (según la película) los artrópodos monstruosos (alacranes, cochinillas y tijerillas descomunales, cuando menos) y será ahí donde los geólogos Arturo Ramos (Carlos Rivas) y Hank Scott (Richard Denning) entrarán en contacto con un mundo telúrico y lleno de violencia donde los arácnidos luchan en una muy convincente animación de Peter Petersen con escenografía y diseños de Willis O’Brien que recuerdan la cueva de Kong.

Destaca la influencia de Obie en la estructura dramática que sigue el derrotero de la cinta King Kong cuando el escorpión mayor (el abuelito de todos, según Denning) aparece al pié del Popo y se adentra a la ciudad de México pasando bajo los arcos del Monumento a la Revolución y frente al Hemiciclo a Juárez, mientras el Dr. Velazco (Carlos Múzquiz) y la elite académica de la UNAM se reúnen con los militares para atraerlo al estadio universitario (todavía no era Olímpico) donde será ultimado mediante un dardo electrificado que idean los mexicanos, aunque finalmente sea el gringo Scott quien mate al monstruo.

Resultan inolvidables las escenas en que el grupo de alacranes surge a la superficie para atacar al ferrocarril de Laredo haciendo una matanza que hubiera avergonzado al simio gigante cuando descarriló el metro de Nueva York, pero especialmente es inolvidable la muerte de Quintín Bulnes como el telefonista que captura el monstruo cuando arregla las líneas telefónicas y Quintín ni siquiera alcanzó crédito escrito en la película.

Ludwig aprovecha el aspecto orográfico del paisaje y lo acentúa culminando en el diseño volcánico del estadio universitario, pero sobre todo ocupa buena parte de la trama en subrayar la intervención del régimen civil y los académicos en la sociedad mexicana, aunque los espectadores de aquel tiempo no dejamos de advertir con desencanto que el monstruo lucha contra helicópteros Sikorski que jamás llegaron a México más que en modelo para armar. Pero como fuere la cinta daba un retrato del país actualizado y adentrándose en la modernidad que ningún otro género fílmico alcanzó a cristalizar con tal claridad conveniente. El DVD se encuentra en Warner Video, lo recomiendo sobre todo porque hay escenas del cierre de negocios en Insurgentes que corresponden al escape de los “perros” universitarios extraídas de los noticieros y funcionaron para el pánico en la ciudad.

Escorpión Negro, El. (The black Scorpion). D. Edward Ludwig. Con: Richard Denning, Mara Corday, Carlos Rivas, Mario Navarro. Guión: David Duncan y Robert Blees, basados en una historia de Paul Yawitz. FX. Willis O’Brien y Peter Petersen, auxiliados pro Jaime Contreras. MÉX. 1957.

 

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