Tarántula, socializar la ciencia

Escrito por on jul 26th, 2012 y archivado en Ciencia Ficción y fantastico, Destacado, Galería de vídeo, Galería fotográfica. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

Tarántula, socializar la ciencia

Los habitantes más numerosos de nuestro planeta no son los seres humanos, a pesar del pesimismo de los maltusianos, sino los insectos y los artrópodos, de hecho el cine ha creado una leyenda negra en torno de estos minúsculos vecinos inevitables de nuestro hábitat; desde los gigantescos cangrejos radiactivos de El ataque de los monstruos, de Corman, y la pesadillesca Marabunta de Byron Haskin, los invertebrados han sido enemigos aterradores de la humanidad, para Jack Arnold resultan un accidente debido a la soberbia y estupidez humanas respecto al valor del conocimiento científico según demuestra en Tarántula.

Por principio es una película que despertó gran interés en los años cincuenta a pesar de pecar de ingenua y pobre en producción; su trama básica es una variación del síndrome de Frankenstein llevado a la caricatura, porque la premisa principal de que el excesivo celo del investigador científico provoca que sus obras se reviertan en contra suya Arnold lo lleva al extremo de hacer que su tarántula gigante, una vez libre y adaptada a la vida rural de Arizona (alimentándose bien con vacas y vaqueros) regrese a la casa del biólogo Gerald Deemer (Leo G. Carroll) que lo creó para devorarlo.

El asunto gira en torno de un tema hecho clásico por H. G. Wells en El alimento de los dioses (1904): el desarrollo de animales gigantes para ser utilizados como alimento humano; un biólogo solitario trabaja con misteriosas sustancias que aceleran el desarrollo y crecimiento de animales, una premonición de los tratamientos hormonales y los esteroides (todavía antes de ser pensados para su explotación fructífera en anomalías y enfermedades que nos azotan), pero su asistente Eric Jacobs (Eddie Parker) experimenta en sí mismo convirtiéndose en un monstruo acromegálico y violento que muere dolorosamente a solas en el desierto (la secuencia de entrada de la película), luego de haber agredido a su maestro y destruir el laboratorio con resultados funestos.

Jack Arnold es un director muy ligado a la cinematografía fantástica y de ciencia-ficción, sin embargo su cine se caracteriza por no apoyarse en los efectos especiales, sino en el tratamiento humano de sus tramas, con todo sus cintas resultan inconcebibles sin los efectos (el gigantismo de tarántula, la miniaturización paulatina de El hombre increíble-1957), quizá su éxito se debe al empleo de los efectos más elementales, los implantados por Georges Méliès.

El principal problema de Tarántula consiste en localizar una copia completa de la cinta original, aquella que vimos en copias sumamente deterioradas en cines de tercera y cuarta corrida o matinés dominicales y contenían secuencias desaparecidas de las copias asequibles en el mercado actual. Destacan dos visiones inolvidables en que la tarántula gigante provoca la estampida de adolescentes en un cine de pueblo y aquella en que el artrópodo es atacado pro tanques del ejército con lanzallamas y el animal las devuelve cual dragón peludo. Lo que si resulta un encuentro afortunado para los aficionados es unos segundos en que aparece Clint Eastwood como piloto de combate hacia el final de la película (hasta ahora sabemos que él es el responsable de finiquitar al monstruo).

En la copia disponible (en general un “respaldo” copiado de televisión iberoamericana) se acelera el final con el ataque de la escuadrilla de cazas T-33 que aniquilan al gigante con Napalm mucho antes de Viet-Nam.

Junto con El mundo en peligro (Gordon Douglas, 1954), El monstruo alado (Nathan Juran, 1957) y El escorpión negro (Edward Ludwing, 1957), Tarántula de Jack Arnold, constituyen el grupo de pesadillas filmadas favoritas de los amantes del cine en los años cincuenta, cuatro cintas que no formaron clase, quizá porque sus temas se hicieron irrepetibles en el cine posterior (salvo la honrosa excepción de la canadiense El ataque de las arañas, de Ellory Elkayem, 2002) tal vez porque se basaban en imposibilidades científicas insuperables.

Según  muchos especialistas el tamaño de los insectos y artrópodos está condicionado por la gravedad terrestre, el exoesqueleto que los sostiene es tan denso y fuerte proporcionalmente que si crecieran mucho serían aplastados por la propia gravedad, así pues una araña, una mantis religiosa (que no podría volar tampoco), una hormiga o un alacrán no pueden crecer desaforadamente.

Por otra parte entre estas películas y algunas como Marabunta, Una Tumba en la eternidad (donde además los insectos son extraterrestres) y La mosca de cabeza blanca (con errores corregidos en la versión casi Gore de David Cronemberg) o El reino de las arañas (con el capitán Kirk sin Spock) se formó un espíritu revulsivo contra los insectos que cristalizó en el tendencioso semi documental  La crónica Hellstrom.

Valga la consideración de esta última cinta de Walon Green, porque está realizada cumpliendo casi al pie de la letra la definición de ciencia-ficción de Gewrnsback: divulgar el conocimiento científico utilizado los recursos de la ficción; y Green, respaldado por el productor David Wolper (el que nos regaló al historia del cine en televisión por primera vez: Hollywood in the time, varias partes en los años sesenta) logra algunas de las filmaciones directas más asombrosas y bien logradas del mundo entomológico, básicamente sigue la trama de la vida de los insectos según el modelo de los libros de  Maurice Materlink, pero gracias a los avances fotográficos logra extraordinarias secuencias que son interpretadas equívocamente (haciendo paralelismos con la conducta humana directamente) y crea una hipótesis convincentemente alarmista acerca de que los insectos son capaces de desplazar al ser humano en el domino del planeta, postulado por el supuesto Dr. Hellstrom (Lawrence Presmann) y hecho pasar como hipótesis científica aunque solo es la opinión de Walon Green (de hecho en España la película se llamó Los herederos de la tierra).

Con todo y que Tarántula solo es una película sin más pretensión que llevar adolecentes a las salas de pueblo pequeño y barrios de ciudad, su trasfondo ideológico es mucho más coherente y participa de la fe en la ciencia y la tecnología que motivaron a los pioneros de la ciencia-ficción H. G. Wells y Hugo Gernsback (éste último llegó a producir una serie de películas para divulgación científica por televisión que dirigió Frank Capra) y además se unió a la campaña social para promover el interés por la ciencia que fue una política tácita del régimen de Dwight D. Eisenhower y especialmente Arnold hace un llamado a la socialización de la investigación y postula la necesidad de mantenerse dentro de la comunidad científica evitando los errores individuales y la experimentación en seres humanos (triste recuerdo reciente de los nazis).

Tarántula. D. Jack Arnold. Con: John Agar, Mara Corday, Leo G. Carroll. Guión: Arnold M. Fresco, Martin Berkeley y J. Arnold. EUA. 1955.

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