Uno de los grandes logros de la ciencia es prolongar y mejorar la vida individual, esto ha llegado a ser tan importante que es el objetivo no solo de la medicina sino de las ciencias biológicas, las cuales se han empeñado en saber los secretos de la vida al punto de tratar de prevenir cualquier enfermedad incluso desde el nacimiento y antes mediante la genética; esto ha provocado especulaciones de todo tipo, novelas y películas de ciencia-ficción se han acercado al tema de la selección racial por la manipulación genética (Los niños del Brasil, Gattaca) pero pocas veces alguien se ha ocupado de una humanidad inmortal, salvo Frederick Pohl en su extraña novela El camino del borracho (en realidad publicada por Nebula como Los inmortales, 1960), la novela La penúltima verdad de Philip K. Dick (1964, Superficción 1976) y la película de John Boorman Zardoz.
La inmortalidad tiene el problema de ser definida, conforme a la cultura tradicional es la característica de los dioses en toda religión, pero estos son seres increados e inextinguibles, aunque en términos humanos se supone un aumento de edad y sabiduría como en el caso del bíblico Matusalén; con una perspectiva modernista la inmortalidad se caracteriza por un estado de salud perpetuo y en consecuencia prolongar el servicio del cuerpo haciendo posible la juventud extendida haciendo retroceder los daños del tiempo en él.
Tal es el concepto manejado por Boorman en su fantasía heroica futurista: crea una sociedad elite compuesta por los inmortalizados por la ciencia, que divide el mundo entre los que permanecen productivos física e intelectualmente y los “salvajes” inconformes con la falta de horizonte vivencial de una sociedad excesivamente conservadora, que ha regresado a una forma de existencia propia del inicio de la vida en ciudades y todavía está atada a la actividad rural hasta el punto de alcanzar una regresión al matriarcado agrícola con ciertos rudimentos de la vida ritual propios del feudalismo.
Peor no es la naturaleza de esta semi utopía el tema de Zardoz, es una de tantas cintas que en los años setenta exploraron la violencia, porque el asunto es la inserción de un personaje “salvaje”, Zed (Sean Connery) en la sociedad elite, autonombrada el Vortex, y a través de él descubriremos que el mundo futuro es algo más que un regreso a la brutalidad feudal donde grupos de enmascarados a caballo y con fusiles se dedican a la matanza y la violación de pueblos de los que no sabemos más que son ignorantes y neo primitivos, y justamente Zed es uno de los enmascarados que se introduce en el Vortex aparentemente por casualidad y/o descuido, pero en realidad aquí estará un juego con el que Boorman se burla de la libertad de albedrío, y para ello recurre a este híbrido de ciencia-ficción futurista y fantasía heroica en el que lo científico y lo mágico gravitan como explicación alternativa y misteriosa de la conducta y el futuro humano.
Curiosamente Boorman asocia directament6e la violencia con la sexualidad, o mejor con la genitalidad, y especialmente la masculina (y también con la hipótesis de San Agustín de que el miembro viril se maneja solo independientemente de la voluntad de su poseedor) y con ello el proceso reproductivo; se crea así una esterilidad que redunda en un aburrimiento infinito, en una falta de objetivos vitales en las elites del Vortex que paraliza cualquier clase de evolución (porque los miembros del Vortex viven dominados por máquinas de inteligencia artificial avanzada pero igualmente han ampliado el uso del cerebro y se aproximan al dominio de los extrasensorial –influyen en otras mentes, son capaces de leerlas y también influyen en los “salvajes” y su actuación más allá de la represión a través de los enmascarados-, pero carecen de motivación parea ir más lejos, el tedio y la rutina de sobrevivencia los avasallan) y resulta que Zed es un ser cuya evolución ha ido más lejos, es una especie mutante regresiva en quien todavía actúa la libido.
Sin embargo el asunto es más complicado porque Zed es un mutante inducido por la cría selectiva, es un fruto de la genética más elemental (la de cría selectiva en ganado y animales domésticos, y claro, chícharos, especialmente en la Inglaterra tradicional), aunque el asunto es mucho más complicado porque la mente y la voluntad de Zed han sido manipuladas y condicionadas por Arthur Friend (John Alderton), ha sido el Mago de Oz que orilla a una gran hazaña mediante el engaño de una magia que solo es una máscara (y todavía más, le da a Zed la clave al descubrirle el libro y la calve del nombre falso del ser de culto: Zardoz) que usa como emblema de un culto místico cuyo secreto es ser un disfraz para la utilización de los pobladores fuera del Vortex como trabajadores agrícolas para la alimentación de la elite.
Zed es el equivalente del salvaje de Un mundo feliz, la novela de Aldus Huxley que tan mal trato ha tenido en la pantalla, primero con la versión de Burt Brinkerhoff (1980) para la BBC y con Keir Dullea, o la de Leslie Libman y Larry Williams, con Peter Gallagher (y un insólito Leonard Nimoy): un anormal en una sociedad completamente autorregulada y en control que se desequilibra y finalmente destruye por la intervención de un elemento desestabilizador en la artificialidad de la creación humana porque este personaje (el salvaje) es natural; y este es el caso de Zed pero en la modalidad especial de que ha de pasar por una confrontación con la matriarca Consuella (Charlotte Rampling) y tener un rápido ascenso en tanto salvador de la especie.
Detrás de este tratamiento extraño a una utopía (la del Vortex) está una época de cambios ideológicos en cuanto a la idea del ser humano y del hombre en especial, la era en que la antropóloga Margaret Mead introduce hipótesis experimentales sobre las funciones sociales de los sexos, mientras Alfred Kinsey ha dejado la perspectiva de la influencia de la conductas sexuales humanas mediante pruebas estadísticas y experimentales en la población occidental, en ambas posiciones la violencia parece excluida de los análisis aunque se sugiere ser abordada con seriedad) y Boorman sigue las líneas de moda en el cine de los setenta en cuanto a la ineludible importancia de la violencia en la conducta humana, y así Sean Connery es aprovechado como símbolo de la masculinidad según el modelo establecido a través del macho victoriano desarrollado como agente 007, propuesto como salvador del mundo mediante la imposición de un equilibrio de testosterona.
Para Boorman la violencia, entendida como actuar contra la voluntad expresa de alguien, es un factor indispensable en la práctica sexual y funciona como catalizador en la formación de la pareja y la cristalización productiva de la cópula, es decir que mediante la pretensión agresiva masculina y el rechazo calculado femenino se logra el equilibrio del que surge la nueva generación, los hijos, y todo esto en una secuencia silente y breve hacia el final en la que la pareja Connery-Rampling copula, procrea, envejece y muere normalmente restaurando el destino humano y elimina el tedio absoluto propiciado por la inmortalidad (que por otra parte desaparece sin más causa que la presencia de Zed ante el patriarca más anciano que fallece tan pronto reconoce en el salvaje al salvador prometido-¿?). Total, ni ciencia-ficción ni fantasía abierta, un ejercicio de recuperación de la hegemonía masculina que bien valdría la pena analizar por alguna feminista actual de buen nivel.
Ps.- La vimos originalmente como representante británica en la Muestra Internacional de Cine en el desaparecido Cine Roble, valga ahora cualquier copia en DVD y verla próximamente en Cable o antena.
Zardoz. D. John Boorman. Con: Sean Connery, Charlotte Rampling, Sara Kestelman, John Alderton. Guión: John Boorman. G.B. 1974.
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