Una de las películas más intrigantes y reinterpretadas en la historia del cine es 2001, una odisea del espacio de Stanley Kubrick, curiosamente es una película donde sencillamente se cuenta una hipótesis algo fantasiosa sobre el surgimiento y evolución de la inteligencia en el universo, desde la pre humana hasta la artificial y cibernética, pero el extraordinario formato de discurso cinematográfico instaurado por el director estadunidense continúa generando especulaciones que sería menos pretensiosas si su autor conociera la obra del escritor y guionista de la cinta Arthur C. Clarke.
En definitiva la película transformó la idea de las funciones del cine y de la fantasía fílmica a partir de su exhibición en 1968, pero fue una de varias cintas con esa misma talla, como Solaris, de Andrei Tarkowski o Amarcord de Federico Fellini. Curiosamente la incidencia de ser de ciencia-ficción establece una relación muy estrecha con la realidad cada vez más tecnificada y las funciones del pensamiento racional para entender relaciones sociales y humanas cada vez más complicadas por el imperio de las máquinas y la investigación científica encaminada al logro de un progreso instrumentado en torno de ellas en casi cualquier rubro de la vida, así no es extraño que Kubrick y Tarkowski, representantes de los polos de poder, recurriesen a reflexionar a través del género sobre la condición humana mientras el italiano Fellini lo hace instalado en la nostalgia narrativa del humanismo tradicional.
La complejidad en la estructura narrativa de 2001… obedece a cierto panteísmo espinosista de Clarke, una tendencia a la búsqueda de un ser superior alejado de la teología y las religiones a partir del racionalismo científico en una etapa del conocimiento humano donde ya no queda lugar para la fe y la creencia ciegas (a pesar de lo que digan los guionistas de Riddley Scott), puesto que los nuevos descubrimientos abren cada vez más interrogantes sobre el hombre y el universo mejor que contestar las preguntas tradicionales del humanismo.
Clarke postula que el ser humano está lejos de ser único en el universo, en su novela El fin de la infancia (1953) establece un contacto con razas superiores que vigilan la armonía cósmica protegiendo al ser humano de sí mismo para que logre una evolución adecuada y convertirse en parte de las fuerzas creadoras y expansoras del universo; con su cuento El centinela (1953), génesis de lo que llegará a ser 2001, una odisea del espacio, postula un rastro de inteligencia superior que indica al humano la existencia de una ruta para la inteligencia muy lejana a la concepción de si mismo y sin posibilidades sostenidas por la cultura tradicional, esto fue convertido por el propio Clarke y Kubrick en una búsqueda y encuentro del ser humano con algo familiar y cercano pero, de potencialidades inconcebibles conforme a nuestros conocimientos.
Mientras Tarkowski, basado en la obra de Stanislaw Lem, confronta la mentalidad humana, con sus secretos del inconsciente y la voluntad mal educada, contra una racionalidad tan superior (el planeta Solaris), Clarke y Kubrick se aproximan a la génesis de la inteligencia humana y su devenir hasta la era tecnológica confrontada a la posibilidad de otras inteligencias que se manifiestan muy lejos de las formas que conocemos, especialmente lejanas al empleo del lenguaje hablado y escrito, de hecho la película plantea la necesidad de llevar el lenguaje fílmico mucho más lejos de sus posibilidades y avanzar hacia nuevas formas de comunicación para nuevas ideas sobre el ser humano y su sitio en el universo.
En su relato escrito Clarke recurre a descripciones visuales que dotan al “centinela” (el monolito oscuro de la película) de efectos visuales hipnóticos para influir en los homínidos primitivos y hacerlos evolucionar hacia la conducta abiertamente humana, mientras que Kubrick aprovecha el poder evocador del sonido y la fotografía, junto a una actuación sin precedente de los personajes disfrazados de cavernícolas simioides (quizá miembros de los extintos Homo erectus o ergaster) que impulsados por el sonido del Lux Aeterna de Gyorgy Ligeti inician una conducta depredadora y violenta que señala un inicio carnívoro que determinará la evolución definitiva hacia la conducta humana.
Por lo que toca al viaje del astronauta Dave Bowman (Keir Dullea) al ser absorbido por el monolito frente al planeta Júpiter en la literatura Clarke hace una brillante descripción de viaje interestelar que asocia celeridad y paso de cuerpos estelares más o menos identificables, un asunto fácil para un hombre con formación de astrofísico y biólogo, mientras que Kubrick inventa una serie de efectos visuales, en combinación con Douglas Trumbull y su equipo, que crean un equívoco significativo de luces y colores que sugieren cambios de lugar y velocidad insólitos y nunca vueltos a expresar en el cine hasta hoy, ni siquiera en el engendro aterrador logrado por Paul S. W. Anderson en la nave de la muerte (Event horizon), pero el asunto es que para lograr la racionalización humana de una crecimiento de sabiduría ambos creadores recurren a una especie de viaje a la semilla en el que Bowman envejece, un proceso que nos indica visualmente la adquisición de sabiduría y culmina convirtiéndose en un feto envuelto de una burbuja vitelina desde la cual contempla a la cámara directamente en una equivalencia brutal del texto que cierra la novela:
“…había vuelto a tiempo. Allá abajo en aquel atestado globo, estarían fulgurando las señales de alarma a través de las pantallas de radar, los grandes telescopios de rastreo estarían escudriñando los cielos… (…) Luego esperó, poniendo en orden sus pensamientos y cavilando sobre sus poderes aún no probados: Pues aunque era el amo del mundo, no estaba muy seguro de qué hacer a continuación.
Más ya pensaría en algo:”
Visto este feto ante nosotros con fondo del crescendo de Así Hablaba Zaratustra de Strauss, logra un significado polisémico que ha hecho decir a críticos como José de la Colina (Heraldo de México, 1968) que es una referencia al hombre superior de Nietzsche y atribuirle discurso filosófico que no necesariamente corresponde al medio, porque si bien es cierto que en el cine hay un contenido de filosofía que corresponde a la idiosincrasia del realizador, resulta una falta de dimensión mediática atribuir un trabajo filosófico a su narrativa, ya que la filosofía, en cualquier de sus definiciones, corresponde al correcto uso de las palabras y los giros idiomáticos dentro de los avances mayores de la lógica, y es una forma de expresión que no corresponde a las funciones del lenguaje cinematográfico, a menos que se considere seriamente la potencialidad significante del mismo propuesta por Sergei Eisenstein, quien no logró ir más allá de la teoría en este rubro.
Esto es lo que distingue a este tipo de cine, su pretensión de rebasar los límites de la expresión artística y la necesidad de explorar el ser de lo humano audiovisualmente, porque es indudable que autores como Kubrick en casi todas sus películas (sus alegatos sociales los ubica en el cine de guerra) busca esta ruptura con la tradición del lenguaje, igual a como sucede con la expresión lenta y profundamente bella de Tarkowski (especialmente sus largos y cadenciosos paseos de cámara por fenómenos como el agua estancada en sus movimientos adormilados y los campos silenciosos donde las pasiones humanas parecen intrascendentes) o la aparente irracionalidad desordenada de los simbolismos acumulados en la obra de Fellini.
Como sea éste acabado avance en la expresión recurriendo a asuntos familiares situados paradójicamente en situaciones insólitas, y sobre la comprensión clara de las funciones didácticas y expresivas de la ciencia-ficción como medio de entender a la actualidad a partir de sus perspectivas tecnológicas y humanas, hacen de 2001, una odisea del espacio un clásico anormal del cine mundial que incluso ya se coló a la lista de las diez obras más importantes del cine elaborada por Sight & Sound.
2001, una odisea del espacio. (2001, a space odyssey). D. Stanley Kubrick. Con: Keir Dullea, Gary Lockwood, William Sylvester. Guión: Arthur C. Clarke y S. Kubrick. EUA/G.B. 1968.
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