Adiós al gran ludito, Ray Bardbury

Escrito por on jun 18th, 2012 y archivado en Actores y Actrices, Destacado, Galería fotográfica. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

Adiós al gran ludito, Ray Bardbury

En la concepción popular la ciencia-ficción es una literatura de anticipación y/o de corte futurista, eso no es necesariamente cierto, como literatura su función predominante es poética, de creación, de exploración de la condición humana en circunstancias anómalas por influencia de la ciencia y la tecnología; según Kingsley Amis otra de las funciones principales del género es la sátira de la condición humana que ha sido alterada como efecto de la aplicación del conocimiento y propone las paradojas de tal condición.

Todo esto describe con amplitud la obra de Ray Bradbury, californiano por adopción, nacido en Illinois el 22 de agosto de 1920 y el cual murió el 5 de junio de 2012 en Los Angeles, California. Bradbury  detestaba los cambios propiciados en la cotidianidad por ciencia y tecnología, y dedicó buena parte de su narrativa y de sus poemas a protestar por los cambios absurdos en el ser humano.

Dos obras hicieron inmortal y conocidísimo a Raymond Douglas Bradbury: Fahrenheit 451 y Crónicas Marcianas; ambas abordan un futuro humano atrapado en los atavismos de un ser cuya naturaleza consiste justamente en el artificio y al desarrollarlo destruye su entorno físico, social y emocional entre los individuos. En la vida real Bradbury tenia mucho tiempo de haberse enemistado con las máquinas, ni siquiera participaba de la afición estadunidense por los automóviles (alguna vez declaró, entrevistado por Enrique Loubet Jr., que prefería caminar desde Pasadena, donde vivía, al centro de Los Ángeles, antes que someterse al perpetuo estacionamiento mortal de las vías rápidas californianas) hasta donde podemos saber escribía a mano con pluma o lápiz, ni la máquina de escribir o la computadora le gustaron como instrumento para expresarse.

De alguna manera fue un hombre “chapado a la antigua”, un seguidor de Henry David Thoreau aunque no lo declaraba abiertamente, y un poeta de profunda penetración en lo bello que toca o llega al ser humano.

En un famoso cuento del libro Las doradas manzanas del sol Bradbury abomina la posibilidad de que existan teléfonos personales inalámbricos, deplora la posibilidad de estar sometido a llamadas sin ton ni son y sin más objetivo que contar o averiguar tonterías. ¿Que diría de la Red y el Tweeter actuales? En contraste ese mismo libro tiene el relato El verano del cohete donde la partida de los hombres al espacio inicia un nuevo calor humano en el planeta con la perspectiva de nuevos descubrimientos fuera de nuestro ámbito y el redescubrimiento de nuestro hogar, la Tierra, al influjo del espíritu de exploración.

Lejos de todo lenguaje técnico o científico, las narraciones de Bradbury poetizan la conciencia humana, las ligas del ser humano con el suelo que lo sustenta y la historia que le da significado, así es caso de Crónicas marcianas donde coloca al ser humano como el destructor de los sueños, la historia y el suelo del planeta rojo, dedicando a la necesidad de conciencia de sí y los demás todas las reflexiones de la aventura del futuro.

Infortunadamente la adaptación a televisión a cargo de Michael Anderson,, con amplia experiencia en la ciencia-ficción fílmica (1984, Fuga en el siglo         XXIII, Doc Savage, entre otras) careció de fuerza o fidelidad, tal vez por la ausencia de Bradbury en el guión, que también abordo con instantes inolvidables, como para el extraordinario Moby Dick de Huston(1956) o su Feria de las tinieblas (1983) obra maestra de la fantasía de misterio, guiones que se decidió a escribir luego del fracaso brutal de la adaptación que hicieron de su cuento La sirena destrozada por Lou Morheim y Fred Freideberg en El monstruo del mar (1953). En descargo de la serie producida y actuada por Rock Hudson hay que señalar la excelente actuación del gigante estelar y de Darrin McGavin y en especial la de Roddy McDowell como el jesuita que ve reducido a su Dios a uno más en el universo.

Mal que bien Bradbury se cansó de la ciencia-ficción cuando su condición de ser “un niño de su tiempo”. Como él mismo dijo en una memorable entrevista para la revista Caballero (qepd), conforme la tecnología hizo presente todo lo que podía prevenirse, y entonces dedicó sus letras al misterio, dejándonos una extraordinaria serie que solo por carencia de presupuesto no alcanzó el esplendor de Dimensión desconocida: El teatro de Ray Bradbury que pasó ente nosotros el canal 11, pero fue suficiente para capturar un púbico que se diluyó conforme sus publicaciones dejaron de llegar a México al desaparecer la editorial Minotauro de nuestras librerías.

Pero nos quedó de él la noción de los sabores y colores del verano, El vino del estío es una reseña nostálgica del Estados Unidos rural, del medio oeste donde Douglas Spaulding y su hermano diluyeron en el tiempo el olor de clorofila de los pastos cortados o con el primer solsticio y el oro verde que se desliza en las tenues botellas de cristal dejando su tufillo en el paladar, cuando los abuelos elaboraban el vino de diente de león en tiempo de cosecha y la inocencia de las vacaciones servía para descubrir el propio cuerpo y el de los otros, o se introduce un en los misterios de el árbol de las brujas para celebrar el Halloween, todo en la mirada inocente del mundo rural perdido que va a esperar al Verano del cohete o caerá de regreso al mundo en un Calidoscopio donde el espacio sideral retribuye a la tierra el avance humano hacia mas allá de la atmósfera.

Curioso, Raymond Douglas esperó al Paso de Venus para dejarnos, a lo mejor para no volver a las Crónicas Marcianas y buscar las selvas pluviosas de su Hombre Ilustrado, lejos de Las maquinarias de la alegría, ajeno a la maldición del fraile Ludens y una mejor comprensión de un Canto por el cuerpo eléctrico (porque Bradbury tuvo como pasión más cercana en la influencia de Withman, en la poesía que cultivó como el único poeta de ciencia-ficción, aunque sus versos no se han dicho o escrito en español).

Vaya esto como un recuerdo del hombre de quien dijo Theodore Sturgeon que “con su sonrisa llenaba de luz las oficinas de John W. Campbell…”, un personaje cuyo retrato nos dejó por escrito el propio autor a través de su Douglas Spaulding en El vino del estío (Dandelion wine).

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