Piloto del cielo,
¿Cómo puedes tu volar
Si nunca alcanzas el cielo…?
Eric Burdon.
Todo inicio es un estremecimiento, lo malo es que vivir es un perpetuo comenzar, de hecho es algo que solamente se entiende en la vejez, y los recuerdos son un recomenzar que suele ser doloroso y sin embargo enriquecedor. De esta clase de experiencia trata Rayo de acero, de Matthew Whiteman, una de las mejores cintas de aviación que se han hecho.
Su título original remite de inmediato a la situación: primera luz (first light), que igualmente alude al plano espiritual y al inmediato en que Geoffrey Willum asciende por primera vez en su Spitfire y la última en que surge de una niebla llena de enemigos
La canción Sky Pilot de Eric Burdon y los animales, cuenta de la angustia de esos seres que van por las nubes sin ver jamás la muerte al rostro, que reciben instrucciones y resultados de su trabajo en pizarras de puntos, tableros de juego con marcas de premio o fracaso; cuenta de esos pilotos aislados en su cabina o/y pantalla de rastreo, en su individualidad dirigida por audífonos a partir de la conciencia virtual de quienes ordenan, en la antesala de la Internet aislacionista.
Para los que amamos ciertas máquinas, por ejempla las que nos dan perspectiva de pájaro o de ángel, hay un instante esperado y temido: el primer vuelo solo, la inseguridad ante los mandos que se conoces pero no se saben y de pronto la cercanía de las nubes, el horizonte como invitación y el encuentro de unidad con el avión; en Rayo de acero ocupa algunos de los instantes mejor filmados y emocionantes que con todo y su poesía no pierden terreno bajo las plantas: Geoff sabe que será una máquina de matar.
Quizá lo que cambiaba era el propósito de aquel acto asesino: defender la propia casa de los invasores nazis, detener el horror de la destrucción y las matanzas de la Luftwaffe en las ciudades y campos de Albión, pero esa hubiera sido una explicación fácil y ridícula que no cuadra con la BBC posmoderna, y si embargo es la inevitable memoria histórica de cuando la palabra Patria tenía sentido para todos y no solamente para quienes sacan beneficio material de ella (aunque nunca estuvieron lejos); Geoffrey Willum, anciano inglés que vaga como último de su especie en las islas que casi pertenecen a Wall Street hoy, cuenta la diferencia a través de la crónica de su crisis nerviosa como piloto de combate en la Real Fuerza aérea (RAF)
En la novela Límite de seguridad, Eugene Burdick cuenta lo que es la vida de los pilotos del cielo que describe Burdon en su canción; día tras día en estado de alerta perpetuo, detrás o fuera de los mandos de sus máquinas; leyendo a Albert Camus (sic) para tratar de entender qué están haciendo en esa perpetua persecución de un fantasma, el “enemigo”, del que no ven, ni verán, rostro o apariencia, intentando entender la relación entre lo que significan las señales en el tablero de combate su vida personal más allá de la disciplina castrense. En el cine Sidney Lumet (1964) lo ha expresado, y también Delbert Mann en Águilas al acecho (1963), y también está en cintas como Zorros del espacio (1958) Un tigre en el cielo (1955) que dan una idea de la angustia abstracta del piloto de combate, y solamente en la última hay algo de humanidad en el enfrentamiento de avión a avión con pilotos de diferentes bandos y en los rescates de tierra, pero poco de la relación humana de aquellos que se consagran como héroes de alguna causa, como en La gran ilusión (1937), Dios es mi copiloto (1943) o en Proa a las nubes (1956).
Geoff es el novato de la escuadrilla 92 durante la Batalla de Inglaterra, donde cada piloto muerto se convierte en la negación oficial de una pérdida humana: sencillamente se borra su nombre en el rol de vuelos y otro ocupa su lugar. Pero ese nombre representa copas bebidas y cantadas juntos, confidencias dichas en extremo y casi indeseadas, amistades que se desvanecerán en las nubes y que la disciplina militar desaparecía a favor de la “moral del cuerpo” para seguir la guerra.
Geoff participó en más de cincuenta combates con la Fulftwaffe, de todos regresó entero pero dudando de estar vivo, hasta que en el filo de 1942, propuesto ya para en estímulo de condecoración y el ascenso respetivo se quebró. Abandonó la RAF y terminó la guerra en otro lado, per quedó para siempre con la impresión de esa primera luz que se ve siempre cuando la vida tiene que seguir aunque ya no veamos su propósito.
En ningún punto coloca Whiteman la trapa dramática de poner a Geoff ante la disyuntiva del suicidio o el abandono total, solamente la recuperación de valor humano de quienes manejaron la máquina asesina más eficiente (el Spitfire, terror de los pilotos nazi) con un propósito definido y que la posmodernidad ha condenado a estar fuera de moda y de tono en un tiempo de neoliberalismo salvaje y devaluación del mundo antes de ser globalizado.
Rayo de acero. (First light). D. Matthew Whiteman. Con: Sam Heughan, Gary Lewis, Ben Aldridge. Guión: M Whitemann y Caleb Ranson, basados en la autobiografía de Geoffrey Willum. G.B. (BBC). 2010.
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