El estreno comercial en cines de nuestro país de “Mi semana con Marilyn” (My week with Marilyn, 2011) lo fue posponiendo la distribuidora desde enero de este año. De origen, tal vez esperando las nominaciones al Oscar. Cuando Michelle Williams quedó en la quinteta seleccionada, quizá aguardando a ver si de casualidad o en un manotazo sorpresivo resultaba la vencedora. Luego la desplazó la apabullante entrada de las superproducciones que abarrotan la mayoría de salas. Entonces pensé que aguantarían hasta agosto, cuando se cumpliera el aniversario cincuenta del fallecimiento de la estrella. De pronto, en mayo decidieron lanzarla, con poca fortuna, pues luego de la primera semana ya estaba en funciones compartidas –dos películas en una misma sala- y no era sencillo pescarla.
El argumento de “Mi semana con Marilyn” gravita en el contorno de la filmación de “El príncipe y la corista” (The Prince and the showgirl, 1956). Adapta una sección de los Diarios de Colin Clark y sus memorias publicadas en 1995, tituladas “The Prince, the showgirl and me”, donde cuenta lo que fue el primer empleo que tuvo en su existencia, en la producción de esa película.
Colin (Eddie Redmayne), a sus veintitrés años de edad, carga la voz narrativa, el recuerdo. Con él vamos en las expectativas forjadas en Londres ante el tardado arribo de la actriz, los conflictos antes de dar el claquetazo inicial, la hervidera que debe haber sido ese rodaje.
Los filmes acerca del cine son como un viaje del otro lado del espejo, conducen a penetrar en ese universo impar, más tratándose de obras míticas o de culto, de directores insignes, de actrices legendarias como lo fue Marilyn Monroe.
Michelle Williams supera la prueba en su personificación de la infausta estrella. La puesta en escena, la iluminación, la ambientación, los encuadres, le favorecen y vivifican; con secuencias en que alcanza el do de pecho, interpretación de canciones, actuaciones dentro de la película, que dan la razón a Sir Laurence Olivier, igual que a muchos de los admiradores de Marilyn del porqué ella era especial, un regalo en la pantalla, una presencia ideal cuando la cámara la tomaba.
“Mi semana con Marilyn” asume lo bueno y lo malo de la estrella: las llegadas tarde desde el primer día de rodaje, su dependencia excesiva de Paula Strasberg (Zoë Wanamaker), sus miedos, su adicción a las pastillas, el problema para memorizar diálogos, para entender las indicaciones de Olivier (encarnado casi con desbordamiento por Kenneth Branagh); el problema con Arthur Miller a meses de haberse casado; la retentiva de su infancia, de su madre. Su necesidad de aprecio, de afecto, de una persona en quien confiar; y de soltarse, de pasar un rato apartada de los sets, de las presiones, de sus guardianes. Su intención de instruirse: vemos un ejemplar del Ulises de James Joyce en su buró; le replica a un reportero si él conoce a Grushenka; y en la Biblioteca del Castillo de Windsor elogia un dibujo de Holbein (“ojalá yo me viera así a los 400 años”) e inquiere si Leonardo Da Vinci es el de la mujer de la sonrisa.
Las Memorias de Colin Clark dan un vericueto del enamoramiento y relación que tuvo con Marilyn Monroe, un tanto accidental y por la situación –la fuga de Arthur Miller con la excusa de ir a visitar a sus hijos a Nueva York-, lo cual es tratado sin exabruptos o escenas fuera de lugar por el director Curtis: de la escena donde él va a su camerino y la ve salir del baño desnuda (nosotros no, la angulación de la cámara es en leve contrapicado, mirándolo a él y el trasero de ella a la izquierda), hasta las interrogantes que ella hace y las respuestas sinceras de Colin –“Olivier es un gran actor teatral que desea ser estrella, usted una estrella que quiere le reconozcan como actriz”-, a un beso afectuoso, acostarse al lado de ella, guareciéndola, y un día de paseo por sitios históricos y bucólicos del cual ella saldrá renovada.
Aditamentos procedentes en el guión de Adrian Hodges y de Colin Clark son observaciones dentro del escenario: lo maravillosa que era Dame Sybil Thorndyke (Judi Dench), con palabras de aliento a Marilyn y admitiendo fallas; lo disparatados que eran –y son- los sindicatos cinematográficos, sintetizado en que no dejan que alguien fuera de ellos mueva una silla, así sea diez centímetros. La visita al set de Vivien Leigh (Julia Ormond), para animar al equipo y alabar a Marilyn, o su diálogo sobre su esposo Laurence, su aceptación de que tiene 43 años y no quedaría ya en ese papel para el cine.
Lo insoportable que era Paula Strasberg, y que junto a Milton Greene, el coproductor y copropietario de la productora de Marilyn, protegían y celaban a su gallina de huevos de oro que les alimentaba, la renuencia a dejar que Colin se acerque.
En el montaje del cine dentro del cine el director Simon Curtis concierta las repeticiones de las tomas, las equivocaciones o parálisis de la actriz; la furia inaguantable de Laurence Olivier, trocada en embeleso cuando Marilyn atinaba, o al mirarla en los “rushes” y quedar extasiado ante la evidencia de que ella estaba hecha de una madera preciosa. Todavía al revisar tomas concluido el rodaje, permanecer boquiabierto ante esa secuencia donde ella baila y sus movimientos colman la pantalla, se plasman para la eternidad. (Y aprender que después de esa experiencia no volvería a dirigir películas.)
Marilyn Monroe es la actriz de cine sobre quien más películas se han producido, aniversarios, conmemoraciones o no, cuestiones comerciales o deseo de actrices por representarla; o por revelaciones arrinconadas o dizque desconocidas, pretextos han sobrado. “Mi semana con Marilyn” es una huella de esa devoción permanente, de esa leyenda que tiene razón de ser, de esa estrella que como dice Laurence Olivier tuvo que ser alguien especial, muy fuerte, para aguantar lo que aguantó en Hollywood y avanzar, sobrevivir, alcanzar lo que ella alcanzó.
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