La guerra de los mundos y la magia de George Pal

Escrito por on may 19th, 2012 y archivado en Ciencia Ficción y fantastico, Destacado, Galería de vídeo, Galería fotográfica. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

La guerra de los mundos y la magia de George Pal

En los años cincuenta sucedieron paradojas que cambiaron la historia del cine, principalmente fue el auge de los géneros fílmicos y con ello el renacimiento de la ciencia-ficción y la fantasía, esta vez con mejor signo para la primera por contar con el despertar del interés por la ciencia gracias al temor atómico y a la proximidad del Año Geofísico Internacional, donde por primera vez se confrontaron los sabios de todo el mundo más allá de políticas o ideologías. Esta vez el género tuvo el refuerzo de una renovación en los Efectos Especiales  gracias a la supresión de los departamentos respectivos en los grandes estudios, impulsados por la necesidad de ahorrar gastos ante el rigor fiscal y la medida tuvo como consecuente la formación de compañías especializadas por talentos tales como Ray Harryhausen y George Pal.

La guerra de los mundos según la novela de Herbert George Wells fue un proyecto perpetuo que se negó a filmar Orson Wells, con todo y que la adaptación radiofónica de la misma fue el principal impulso que le llevo a Hollywood, finalmente el proyecto pasó a manos de George Pal Productions y llevado a la pantalla por Byron Haskin con guión de Barré Lyndon.

Esta película representa el segundo gran logro de la ciencia-ficción fílmica, puesto que el  primero fue Destino la luna, también de Pal pero en blanco y negro y con asesoría de Werner von  Braun, quien llegaría a ser la cabeza del programa espacial estadunidense; para La guerra de los mundos Pal había aprendido la lección y mantuvo la asesoría superior para los elementos científicos de su trama, el público había aceptado la verosimilitud de un futurismo basado en el conocimiento garantizado por expertos, además estuvo el trabajo dedicado del dramaturgo británico Lyndon, que ya había incursionado en el género con El genio del mal (1938) y comprendía el postulado de Hugo Gernsback sobre la ciencia-ficción como un medio debido de divulgación científica a través de la ficción.

Byron Haskin por su parte ya había hecho nombre en la fantasía fílmica con cintas de piratas (La isla del tesoro, Su majestad de los mares del sur, El capitán Simbad), de western (Ruedas del destino, Pasión al rojo vivo) y aventuras exóticas (Marabunta, Tarzán en peligro) y será famoso por sus películas de guerra y de ciencia-ficción, quizá porque el oficio original de Haskin era dibujante y fue asistente de dirección y especialista en FX desde Sueño de una  noche de verano y Su último refugio, así la conjunción de esos talentos dio una película emblemática de la mentalidad de posguerra y la aparición de la sociedad de masas.

Herbert George Wells tuvo siempre un significado especial  para la ciencia-ficción (de la cual es pionero), y desde los inicios fílmicos de la ficción con Méliès su obra fue   inspiración para películas y así su novela La forma de las cosas por venir (Lo que vendrá) llegó al cine dirigida por William Cameron Menzies, cuyo acierto fueron las premoniciones sobre una guerra casi interminable y los efectos futurísticos que culminaban en la habitación humana bajo tierra en el filo de la conquista del espacio, además el propio novelista supervisó los guiones.

La elaboración de La guerra de los mundos sucede en momentos de explosión  científica fruto de los años de investigación y experimentación durante la Segunda Guerra que fructificaron en nuevas formas de acceder al conocimiento y utilizar la ciencia y a tecnología, poco más o menos en el estado social del conocimiento en que Wells escribe la novela para satirizar la arrogancia humana reflejada en el armamentismo y los abusos del poder, de hecho la novela es un alegato  en favor de la naturaleza contra los abusos y la ignorancia fundamental del ser humano, y en los años cincuenta este era más o menos el panorama de los Estados Unidos bajo el régimen de Eisenhower con un aumento sustantivo en la calidad del vida para los habitantes del país.

Todavía no se desataba por completo el anticomunismo enfermizo de la guerra fría y las batallas en Corea solamente eran una aventura expansionista que disimulaba Estados Unidos con la ONU, además la promesa de la aventura espacial abría nuevas fronteras a la esperanza y la ciencia-ficción literaria vivía su Edad Dorada (según Asimov). El inicio de la cinta se hace con un paseo por el sistema planetario solar donde se describe a nuestro mundo como el sitio ideal para la vida y por primera vez se contemplan paisajes extraterrenos elaborados por peritos científicos, además en éste panorama se muestran por primera vez el conocimiento real el clima y composición del universo cercano, y  todavía están vigentes la mayoría de los datos presentados masivamente, así que cuando comienza la trama todo su contenido está bien cimentado.

George Pal creo su fama como animador de anuncios publicitarios y cortos de caricaturas para niños, utilizando un sistema de animación por medio de partes   intercambiables en sus personajes (los Puppetons) para fotografiarlos cuadro por cuadro y lograr el movimiento, además combinaba todo con dibujos para mejorar el uso de marionetas y maquetas logrando una verosimilitud muy conveniente que fue crucial para la invasión marciana del tema.

Lo primero que enfrentaron Haskin y Lyndon fue el reto de actualizar los elementos tecnológicos de la novela, eliminar los elementos futuristas y de maquinismo ochocentistas para adecuarlos a la nueva tecnología todo: las naves  no se mueven en tres patas mecánicas sino en rayos electromagnéticos y son   invulnerables merced a una cúpula electrónica que repele todo elemento etereo, además las naves son un tipo de platillo volador con forma triangular y sus armas desintegran la materia, aunque conservan el rayo de calor original, toda una adaptación afortunada pero lo que cambio fue el carácter aterrador que tiene la novela desde su principio.

Para 1898, cuando Welles publica La guerra de los mundos, él era un socialista utópico fuertemente influido por el pensamiento biológico y evolucionista de Thomas Huxley, aún era optimista acerca el porvenir humano y la evolución social, de hecho    su novela tiene como eje la  amenaza externa que obliga a los humanos a volver sobre sí mismos para retomar  el destino en sus manos auxiliados por un conocimiento  menos   centralizado y universal tanto de sí mismo como del universo en torno, y solo las fuerzas biológicas y evolutivas son insuperables, como tristemente han de aprender los invasores marcianos a pesar de la superioridad psíquica y  militar. Pero también sucede que son depredadores monstruosos.

En la película de Haskin jamás nos enteramos de cual es el verdadero objetivo de su invasión, el prólogo establece que es ocupar nuestro planeta por la decadencia del suyo, pero en realidad son vampiros que se alimentan de sangre humana. La escatología descriptiva de cómo utilizan los marcianos a los terrestres no aparece en ningún instante, deberían de pasar cincuenta años para que Steven Spielberg recuperase este elemento en su versión con Tom Cruise como estrella, y para que Roland Emmerich   plagiara descaradamente  el guion de Barré Lyndon y convirtiera  la obra en una justificación de su migración a  los Estado Unidos (reconfirmada posteriormente con  su película El patriota).

Sin embargo la película tiene su propio carácter aterrador, aunque es mucho menos abstracto y muy analítico de la condición humana, por principio se añadió un prólogo a la versión para televisión (y DVD) donde se establece   la agresividad humana según el desarrollo armamentista en las guerras de siglo XX, y a través del personaje de Clayton Forrester (Gene Barry) y de Sylvia Van Buren (Ann  Robinson) nos conecta con la experiencia directa de encarar a los marcianos, y a través del asombro curioso de Forrester y el terror de Sylvia (a quien toca uno de los invasores) temerlos en una secuencia ambivalente donde Forrester pretende obtener datos para vencer a los invasores.  Como recurso adicional Haskin  nos hace reconocible y más horripilante la situación de Clayton y Sylvia al poner a éstos a desayunar los huevos estrellados más deliciosos que se hayan llevado a la pantalla nunca, el director se adelanta a Levy-Strauss  al caracterizar lo humano a través de los hábitos alimenticios.

En la novela Wells dedica este capítulo a satirizar la autoridad y religiónes occidentales, su personaje principal participa con un vicario de la observación de cómo los marcianos beben la sangre de los humanos con un popote que la lleva hasta sus bocas triangulares, y al entrar en pánico el religioso le dice: “¡Sea hombre! (…) el miedo le ha hecho perder la brújula ¿De que sirve la religión si en la  hora de las calamidades no presta ningún socorro?(…) (Dios) no es ningún agente de seguros”. Haskin y Lyndon no podían introducir estas críticas sin ofender los resabios del Código Hayes. Así que la confrontación religiosa va en otros términos cuando el párroco Mathew Collins (Lewis Martin) va hacia ellos con fe en que “son tan inteligentes así que estarán más cerca de Dios” y resulta víctima del rayo de calor., y luego cuando al final Forrester busca a Sylvia en las iglesias abarrotadas de Los Ángeles y cuando finalmente se abrazan en el centro de una los marcianos destruyen un vitral de San José y comienza su caída final pagando su impiedad.

Byron Haskin contrasta la visión de sus personajes principales con la de la multitud, Barry-Forrester y sus colegas del Pacific Tech representan el espíritu científico sofocado por la conducta animalesca de la multitud, ellos analizan y experimentan mientras la masa solamente responde instintivamente según los dictados de La psicología de las multitudes, de Wilhelm Reich (por entonces muy de moda), e insiste en destacar la inutilidad de lo masivo y el valor de la ciencia, puesto que la final será un fenómeno natural, los microorganismos, quien elimine  a los invasores.

Curiosamente y en contra de la ola de apologías militaristas que invadía la ciencia-ficción de los cincuenta, Haskin –Lyndon conservan el escepticismo de Wells respecto a la milicia y el poder (Wells destruye a la famosa Escuadra Blanca de la marina británica confrontándola con los marcianos, Haskin los hace pasar por una explosión nuclear de diez megatones sin que les haga ni cosquillas), como sea es una cinta que vale la pena ver y /o tener (DVD Warner Classics) o verla por cable o antena (pendientes de un especial de Sci-Fi Channel sobre George Pal).

La guerra de los mundos. (War of the worlds). D. Byron Haskin. Con: Gene Barry. Ann Robinson, Les Tremaine. Guion Barré Lyndon, según la novela de H. G. Wells. EUA. 1953.

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