Tiempo es la abstracción más compleja entre los conceptos del conocimiento humano, antes de Einstein era un dictador irreversible que regía cada acto individual o social, que condicionaba toda concepción social o científica, que coaccionaba incluso a la filosofía; a partir de la Relatividad tan solo es un factor para nuestra existencia y sin embrago sigue siendo la jaula límite a cada uno, de esto trata El precio del mañana (In time, 2011), de Andrew Niccol.
Una película de ciencia-ficción que a pesar de tratar el tema del tiempo está fuera de todas las paradojas clásicas generadas por el viaje en el tiempo o el intento tecnológico de vencerlo en cuanto limitación existencial y de trabajo, pero establece una paradoja humanitaria.
Desde luego el tema de la cinta no es nuevo, pero tampoco suficientemente explorado, porque en realidad trata de la paradoja de la inmortalidad, un sueño que la ciencia y la tecnología modernas ya no contemplan como imposible, sino como parte de la instrumentación de la calidad de vida para el hombre a partir de este siglo XXI.
Suponiendo un control tal sobre la salud pública que permita extender la existencia individual indefinidamente, Niccol plantea una sociedad donde el sistema económico no se rige por el trabajo, la producción o las finanzas, sino por la disponibilidad de tiempo para vivir y actuar.
Desaparecido el dinero y las enfermedades la moneda de cambio es tiempo vital, las únicas amenazas contra la vida son la propia violencia humana y la avaricia; en esta sociedad Will Salas (Justin Timberlake) pierde a su madre por una falla de sincronía en coincidir existiendo. Coexistencia esencialmente paradójica puesto que las generaciones están detenidas en la apariencia y la salud en la tercera década de la vida, alrededor de los veinte y cinco años.
“¿Qué intrigante, verdad? Saber si es mi esposa, mi hija o mi madre…” Dirá Philippe Weiss (Vincent Kartheiser) a Salas cuando se han enfrentado al póquer. Apenas un apunte hacia el verdadero tema de la cinta: el sentido de vivir dado por la hoja damocleana de la muerte.
Esto ya es una constante en la obra de Niccol, cuando menos desde Gattaca, experimento genético (1997) el drama de la elite angustiada se presenta, primero en el personaje de Jude Law (Jerome E. Morrow) y aquí iniciamos con la doble angustia de Salas perdiendo a su madre y a Raymond Leon (Cillian Murphy) que hastiado de vivir dilapida su tiempo en actitud suicida, para terminar donando a Salas todo su reloj antes de aventarse desde un puente.
Es la angustia de la vida sin objetivos, de la pérdida de sentido de la existencia ante la ilimitada posibilidad de vivir sin más restricciones que la clase social: pertenecer a los propietarios condenados al aburrimiento y los trabajadores al vaivén de la economía y el trabajo cotidiano, uso dilapidando el tiempo, por parte de unos, en perpetua búsqueda de vencer al tedio y los otros sobreviviendo en desesperada búsqueda de obtenerlo; el único que tiene un objetivo es el guardián del tiempo, vigilante y conservador del estatus social y el equilibrio de las cosas, único que parece tener una perspectiva histórica y que tiene un temor abstracto por las coincidencias históricas que amenazan la integridad del sistema (la posibilidad de que Will, como antes su padre, descubra el verdadero poder de poseer el tiempo).
En la ciencia-ficción y fantasía el tema de la elite angustiada por la pérdida de sentido de la vida ya es viejo, abordado por el cine gracias a John Boorman en Zardoz (1974) y en la novela por Philip K. Dick (el autor de Blade Runner) en la novela La penúltima verdad, si bien es igualmente el centro de una parábola moral de Michael Ende en la novela Momo, que ha sido llevada a la pantalla por Johan Bokel, director de extraña trayectoria que incluye la anti utopía La ciudad soñada (Taumstadt, 1973) que se entrenó en la misma muestra de cine que Zardoz, en el antiguo cine Roble de la ciudad de México.
Lo insólito en vista de la trama de pareja romántica es que por instantes su desarrollo recuerda las tramas típicas de Lang, la pareja perseguida y sin posibilidad de realización, además el drama de Will Salas, cuya cruzada por reivindicar la muerte absurda de su madre se pierde en una saga trágica heredada de una injusta acción paterna, y en un extraño juego dramático Niccol convierte el drama en la tragedia del guardián del tiempo y a la pareja en unos Bonnie & Clyde de la posmodernidad y lleva a un Happy ending desconcertante que empata la rebelión de los jóvenes con el éxito de Momo contra los hombres grises.
El tono medio con que Niccol desarrolla la acción hace que la cinta esté fuera del tratamiento regular en la época de los efectos especiales, usa cierta flemática que la da un ritmo británico que seguramente fue difícil para los públicos actuales, acostumbrados a la violencia expuesta del cine futurístico de hoy, por eso el DVD de SONY es una buen medio de conocer esta joyita de la ciencia-ficción contemporánea que pasó casi desapercibida en su estreno de noviembre pasado.
El precio del mañana. (In time) D. Andrew Niccol. Con: Amanda Seyfried, Justin Timberlake, Cillian Murphy. Guión: A. Niccol. EUA. 2011.
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