“Sherlock Holmes. Juego de sombras” (Sherlock Holmes. A game of shadows, 2011) se torna en una simple franquicia más, aún en manos de Guy Ritchie, con todo y que sea inglés; y que la ambienten en la época original, hacia finales del siglo XIX, en la cual coexistía Holmes.
Daría igual que el investigador de la pipa y la gorrita, que aquí brillan por su ausencia, tuviera otro nombre, y el de su Némesis fuera otro que el Dr. Moriarty; en síntesis es el cíclico malvado ambicioso en vías de organizar una guerra mundial para sacar provecho financiero, hacerse más rico, así se lleve entre las patas a Europa.
Las persecuciones, peleas y efectos especiales deleitarán a los “fans” de Ritchie: las imágenes y personajes detenidos, el vuelo de una bala, el instante en que ésta corta un árbol; o lo ya comprobado en la anterior cinta: mirar de antemano en cámara rápida los movimientos que hará Sherlock, para golpear y defenderse de sus contrincantes.
O el gag deslucido de los camaleónicos disfraces (adherido a un sillón del cual se despega), que andarían más en sintonía con el Artemio Gordon (Ross Martin) de la teleserie “Jim West”. Más el desorden de su departamento y los señalamientos de su casera.
Muestrarios de cómo elucida el detective se propinan cuando acierta en hallar los túneles de unos sótanos, o tardíamente y en estilo acelerado a la Guy Ritchie, al darse cuenta cuál fue la trampa de poner una bomba para disfrazar un atentado franco hacia un potentado, anticipo de lo que vendría en Sarajevo, y necesariamente con más que pequeñas ayudas en la secuencia del baile.
El éxito en taquilla de la película con la actualización, según los cánones de los grandes estudios de Hollywood, del detective creado por Sir Arthur Conan Doyle, emparentó de inmediato una continuación, una premeditada nueva aventura del sabueso de Baker Street, enfundado en el cuerpo de Robert Downey, Jr., más colindante al super héroe que recién ha personificado en la pantalla, o a cualquier espía descendiente de las glorias elementales de James Bond, sin la galanura o el flirteo de quienes se han vestido con la casaca del icono salido de la pluma de Ian Fleming.
Eso queda fehaciente con el hermano menor, Mycroft (lo más gracioso de la película, por la personificación de Stephen Fry, y la secuencia donde sale desnudo y los encuadres se componen para evitan verle todo), y su papel de jerarca de la agencia inglesa, predecesora del MI5. (El otro personaje a buen nivel en la trama es el Ejecutor).
Mejor librado que su amigo saldría el memorioso Dr. Watson en la figura de Jude Law con bigote, británico al fin y al cabo, escribiendo a máquina sus crónicas de las correrías al lado de Holmes. Y muy menguada suerte para Irene Adler (Rachel McAdams) a pesar del garlito de entrada en que prende al detective.
Este posmoderno Sherlock Holmes experimenta substancias en el perro de su amigo Watson, gag animoso puesto en preparación de lo que tendrá que hacer el médico para regresarlo de la muerte, y sublimar el repertorio necesario. Si se lee entre líneas, esos juegos con drogas preanuncian las adicciones de Holmes, como puede tener segunda lectura sus celos o barreras para que Watson contraiga matrimonio y se vaya de luna de miel.
La incumbencia de Watson para dar a conocer los casos en que estuvo involucrado Holmes, se acopia en las teclas que oprime y las palabras inscritas en el papel, ya en su hogar instalado con su esposa (pero sabemos que será llamado y le quedan varios por narrar, o que incluso tendrá su propia película).
Un inconveniente en esta clase de películas, más hacia el subgénero de aventuras o al de “camaradas” que al puramente detectivesco, es la conformación del villano, sugerido su poderío en la secuencia del restaurante donde todos se largan para dejarlo solo con Irene, y su inteligencia con el libro que escribió y que firma a sus lectores. Arrostra insuficiente peligro para Holmes, nunca creemos le ganará, su maraña la deduce hasta una gitana (papel encargado sin definición a Naomi Rapace, la Lisbeth Salander de “MIllenium”).
La analogía con la partida de ajedrez, los sacrificios de peón y los jaques, invisten la recordada escena extraída de los libros de Conan Doyle en que los dos archienemigos saltan juntos hacia una cascada, y que sabemos de antemano no significa el final de uno ni de otro, y que no nos librará de una tercera (y cuarta y quinta….?) de la serie.
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