La Piel que Habito: Almodóvar en Estado Puro

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La Piel que Habito: Almodóvar en Estado Puro

México, D. F. Octubre de 2011. Con Pepi, Lucy, Bom y otras Chicas del Montón (1980), Pedro Almodóvar (1949) se incorporó ruidosamente a La Movida, aquel movimiento icónico con el que la juventud española reaccionó con estrépito a la larga noche franquista (1939-1975) que sumergió a España bajó la dictadura. Habría que tener en cuenta la condición de homosexual de Almodóvar sometido a la peor represión en la sociedad ibérica católica, apostólica y ultramoralista de aquellos tiempos, para entender el cine no aperturista, sino rupturista con el que el manchego se dio a conocer.

Es tan característica su cinematografía que Almodóvar bien pudiera considerarse una marca industrial: Sus temáticas son atrevidas, exploran la sicología femenina y con frecuencia, trasvasan las fronteras de la experiencia sexual abarcando espacios insólitos para otros cineastas. Este espíritu transgresor es el que le ha dado fama y en parte, impide calibrar serenamente el arte de su oficio. No hace mucho, encabezó una intensa y extensa campaña promocional para conseguir el Óscar –que finalmente obtuvo- con la película Hable con Ella en el año 2002 por el mejor guión. Cuando ya antes se había llevado la estatuilla  a la mejor película extranjera por Todo Sobre mi Madre en 1999.

Tiene un puñado de actrices  características a las que ha lanzado a la fama: Carmen Maura (I1945), Marisa Paredes (1946), Victoria Abril (1959), Cecilia Roth (1956), Rossy de Palma (1964), Chus Lampreave (1930), Penélope Cruz (1974), entre otras, que son conocidas como Las Chicas Almodóvar, y bajo su batuta han desfilado personajes como  Miguel Bosé (1956), Javier Bardem (1969) y Antonio Banderas (1960).

Su última producción La Piel que Habito (2011) continúa  su trayectoria anterior insistiendo en sus antiguos temas transgresores, dándoles una vuelta de tuerca innovando en la anécdota y manteniendo la tensión del suspenso, si bien éste afloja un poco hacia el final y nos deja el deseo de haber disfrutado de un desenlace con mayor fuerza dramática.

Se ha dicho que con esta cinta ha perdonado la deserción de Banderas que filmó con él Átame (1989), para después irse a jugar suerte en Hollywood, en donde se casó con Melanie Griffith (1957)  en una relación que ha durado y se ha mantenido al margen de la chismografía oficial del medio.

Aparte lo escabroso del guión, Almodóvar ha conseguido que todos sus  actores actúen impávidos, sin lenguaje corporal, con actitudes góticas que recuerdan la inexpresividad de algunos Dráculas que han poblado el cine de todos los tiempos.

Almodóvar es un explorador de las regiones oscuras. Su cine tiene la virtud de incursionar en aquellos aspectos de la personalidad que o bien se despliegan en rincones escondidos de la sociedad, o no son tan evidentes para el grueso de los humanos, y su cine tiene una virtud amplificadora que nos enfrenta a situaciones poco usuales y en esto consigue su arte, magnificar para hacerlos evidentes, aspectos que en la vida cotidiana no tienen el vigor que él les atribuye o nos pasan desapercibidos.

Sus registros son muy amplios y  en sus cintas se entremezclan varios géneros desde la comedia y el humor, hasta el drama, la parodia y el horror, y él se divierte al preparar estas emulsiones que siempre terminan por asombrarnos.

Banderas personifica en este filme al cirujano plástico Robert Ledgard (Un nombre anglo que por cierto no le va) que coloca sus habilidades técnicas al servicio de su desquiciada mente de sicópata, en aras de lograr una retorcida venganza que, a la postre, lo somete por la vía del enamoramiento. Si en la narrativa hay una deslealtad, una traición y una tragedia, todo eso nada importa porque el guión lo que pretende es mostrarnos el empantanamiento mental del médico, que no duda en trasgredir los límites éticos de su profesión.

A Elena Anaya –al igual que a Banderas- Almodóvar la ha convertido en un robot que se ciñe obedientemente a las directrices del realizador manchego, que le ha impedido todo asomo de interpretación personal, a lo que ayuda su frágil constitución física y su espigada figurita. Tampoco es mucho lo que muestra de sus aptitudes histriónicas Marisa Paredes, que se limita a cumplir el rol que le asignaron. Por ello ésta es una auténtica película de autor y en esta condición se llega al extremo.

Se podría pensar que desde las escenas atrevidas de Lucy, Pepi, Bom…, hasta la fecha, ya nada puede sorprendernos, pero el enredado director se las arregla para volver a clavarnos en la butaca y hacer que el estómago se nos comprima con una trama cuyo núcleo central nos es inesperado.

El principio bajo el que actúa el microscopio en la ciencia, es desprender de la realidad una pequeña muestra y someterla a agrandamientos que nos permitan evidenciar su composición y funcionamiento para entender el del todo de que forma parte. Eso mismo hace Almodóvar, hiende su bisturí en pequeñas porciones del alma humana –en ocasiones las más sórdidas- las amplia hasta las dimensiones de la pantalla y nos las presenta –o representa- como si fuera el todo, y aquí está su perversión o el deseo de sacar a luz sus más recónditos paisajes cerebrales y emocionales y en eso, precisamente, consiste su arte y el de todos los directores dark que se complacen en estremecernos en lugar de ir al sicoanalista a curarse. Y todavía cobran por ello.

La cinta va a dar mucho de que hablar, por lo siniestro de su temática,  por la manipulación del guión que se divide en las gradaciones del suspenso y por lo sorpresivo de las situaciones, sin que llegue a ser una obra maestra, imprescindible eso sí, para los fans del género y del irreverente realizador manchego.

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