Medianoche en París: Woody Allen se enamoró de la ciudad luz

Escrito por on ago 22nd, 2011 y archivado en Comedia, Destacado, DVDver, Estrenos, Galería de vídeo, Galería fotográfica. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

Medianoche en París: Woody Allen se enamoró de la ciudad luz

México, D. F. Agosto de 2011. Confieso mi incapacidad para ser honesto u objetivo a la hora de juzgar una obra como Medianoche en París (2011) del genial escritor y director Woody Allen (1935), primero porque soy fanático de su trabajo y segundo, porque juzgo a esta cinta una obra maestra, quizá la mejor del cineasta neoyorkino. La acabo de ver y me pareció deslumbrante, soberbia, de esas películas que uno se arrepiente de haberla visto, porque si uno reincide en una segunda función, de seguro ya no le gustará tanto como la primera. Esto no me ocurría desde que vi Tiempos Violentos (1994) de Quentin Tarantino (1963). No podré volver a disfrutar de la sorpresa de contemplar un filme excelso, que deleita de principio a fin. Así que ofrezco a los lectores, disculpas por mi exacerbado entusiasmo y mi falta de serenidad.

Luego de una larga carrera fílmica dedicada a documentar las neurosis derivadas de la convivencia en Nueva York, y que le merecieron la repulsa de la industria hollywoodense, hace unos años Woody emigró hacia Europa logrando estimables trabajos en Inglaterra y España, pero ha sido en Francia en donde ha encontrado la cura para sus tormentos sicoanalíticos. Por primera vez, nos ofrece una oda dedicada a una ciudad (París), a la que sin ambages corona como la más hermosa del Universo –no solamente de la Tierra- y a la que ofrenda una amplia, prolija, alucinante declaración de amor, que no otra cosa es esta peli. Tan es así, que Allen merecería que el ayuntamiento parisino del Hotel De Ville, sembrara la urbe con esculturas suyas –como la de Oviedo- tal como hizo con las fuentes de Wallace que los viandantes encuentran por todos lados.

Ya en El Ciego (2002) denunciaba sus desencuentros con el cine estadounidense y preludiaba la hospitalidad que a su genio se le ofrecía en Europa.

La cinta empieza con la exhibición de una serie de postales turísticas de la capital de Francia, para luego presentarnos a una familia norteamericana integrada por un viejo republicano, su esposa, su hija y su prometido, que han llegado en fecha actual, a la Ciudad Luz, el primero a cerrar un negocio y los jóvenes de simples acompañantes. El novio, Gil (Owen Wilson, 1968) es escritor de guiones cinematográficos en Hollywood y pretende convertirse en novelista y para ello, planea residir en la Cité, mientras que la novia Inez (Rachel McAdams 1978) es una chica convencional y superficial, que carece de afinidades con su presunto galán.

Sin mencionar la fuente, el corpus de la película está basado en el libro París era una Fiesta (1964), de Ernest Hemingway (1899-1961), en el que recreó el París de los años 20 del siglo pasado, en el que coincidió con una pléyade de escritores y artistas yanquis, españoles y franceses en torno a la prominente figura de Gertrude Stein (1874-1946). Es el período entreguerras en el que surgió el surrealismo y esa pequeña comunidad artística, tuvo un carácter fundacional para la cultura occidental. Papa Hemingway nos desveló en este libro, el núcleo de conflictos, envidias y ánimo competitivo de los integrantes del grupo bautizado sardónicamente por Madame Stein como La Generación Perdida.

Allen se vale del manido expediente de H. G. Wells (1866-1946) para hacer viajar a dos de sus actores en el tiempo y visitar diferentes épocas. Y así, Gil llega a conocer a figuras tan relevantes como el propio Hemingway, Luis Buñuel (1900-1983), Salvador Dalí (1904-1989), Pablo Picasso (1881-1973), Man Ray (1890-1976), Juan Belmonte (1892-1962), Scott Fitzgerald (1896-1940) e, incluso a Toulouse-Lautrec (1864-1901), Edgar Degas (1834-1917) y Paul Gauguin (1848-1903) en el periplo hacia los finales del siglo XIX, en el  Moulin Rouge de la Belle Epoque en el que se fraguó el atrevido Can-can.

Woody enfrenta el contraste entre el simplismo de los guiones cinematográficos –olvidables de por sí- con la robustez de la literatura en serio, representada en este caso por figuras tan portentosas como las que aparecen en la fantasía de los años 20. El guión es estupendo y refuerza la personalidad de los protagonistas, tales como Hemingway enfrentado a Scott y Zelda Fitzgerald, Picasso ante la crítica de sus compañeros, los delirios del joven Dalí (Adrien Brody, 1973), e introduce un destello de humor cuando el sigloveintiunero Gil le sugiere a Buñuel que filme un argumento de los asistentes a una fiesta que no pueden abandonar el recinto, algo que después el aragonés convertiría en El Ángel Exterminador (1962). Hay guiños dedicados a Alice B. Toklas (1877-1967) la sirvienta y amante de Madame Stein y a Sylvia Beach (1897-1962) con la fugaz aparición de la puerta de su librería Shakespeare and Co.

El reparto es de primer orden y en él destacan Owen Wilson como el estupefacto viajero en el tiempo, la oscareada Marion Cotillard (1975) en el papel de Adriana, que luce su belleza ante la cámara y se encuentra en el esplendor de su carrera actoral y Kathy Bates (1948) también galardonada con el Óscar, que hace una espléndida Gertrude Stein, tan convincente que si la original la hubiera visto, habría quedado complacida con la interpretación de su persona..

Es esta Adriana la que funge como guía de Gil en el viaje a los años 20 y a fines del siglo XIX –un afortunado símil del mito de Ariadna que en el Laberinto de Creta guía a Teseo- hasta que ella misma –la de la película- se embriaga con la ilusión del pasado y se queda en la Belle Epoque.

Artísticamente intrascendente es la presencia de Carla Bruni (1967) –esposa de Nicolás Sarkozy (1955), presidente de Francia- que actúa como museógrafa y cuya intervención carece de otro interés que no sea el de atraer a la taquilla a públicos morbosos.

La dirección es acertada, tanto porque consigue que los actores den con unas cuantas frases y la indumentaria y el maquillaje preciso, la exacta personalidad de los héroes culturales personificados, mientras mantiene un ritmo narrativo ágil que no deja respiro al espectador entre el rosario de episodios que le va deparando.

Tratándose de Woody Allen, la música juega un papel fundamental, tanto por la presencia musical de Cole Porter (1891-1964) como por el hecho de que va a ser el vínculo que ligue a Gil con Gabrielle (LéaSetdoux, 1985), con la que al final se queda.

Breves pero incisivos, son los gags que el director dedica a ridiculizar a los republicanos norteamericanos –ahora en ascenso político- en la persona del padre de Inez, John (Kurt Fuller, 1953) a quien le hace confesar que no es francófilo porque los franceses son malagradecidos con los yanquis; acusa a Gil de ser “comunista” y le dice “Me saludas a Trotsky” cuando su ya exyerno decide quedarse en la Francia de los años 20, confundiendo al líder ruso con los comunistas al mando de Stalin, lo cual revela una ignorancia enciclopédica por parte del derechista gringo.

Subyace una moraleja en la historia, la de que no todo tiempo pasado fue mejor y más vale quedarnos en el tiempo en el que nos tocó vivir.

Finalmente, la escena del detective extraviado en el salón de los espejos del Palacio de Versalles, es un gag de humorismo puro, sin  ácidos corrosivos y que nos revela a un Woody Allen que se sintió impulsado por el fondo y el ritmo de la cinta y no pudo contenerse para recordarnos que trae la risa en el ADN.

 

Woody a mi juicio, merecería más de un Óscar por este filme, pero dadas sus discrepancias con la Academia hollywoodense, tan poco tolerante con las mordacidades que el brooklyniano filma a su costa, lo más seguro es que se la guarden para otro director, menos travieso.

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3 comentarios en “Medianoche en París: Woody Allen se enamoró de la ciudad luz”

  1. Sofía dice:

    GENIAL!!! IMPERDIBLE!!!

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  2. fernando belmont dice:

    Si algo por costumbre tiene Woody Allen es introducirnos, con gran talento, al tiempo y espacio en que sitúa sus filmes, lo mismo en un circo, en una reunión con Fidel Castro, o bien convertirse en un camaleón humano infiltrado en la sociedad norteamericana de las primera décadas del siglo pasado.
    El bello encanto de este filme es que su director nos lleva de la mano por las añejas y encantadoras calles de París, recreando peronajes tan bien escogidos como divertidos.
    . Por otra parte hay que reconocer el buen texto de Gilberto Calderón con el que estoy de acuerdo..

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