Duelo al sol, los avatares del clásico

Escrito por on ago 1st, 2011 y archivado en Destacado, Galería de vídeo, Galería fotográfica, Western. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

Duelo al sol, los avatares del clásico

Para Paco “Alan”, por el gusto compartido.

S

e dice que algo es clásico cuando establece una clase que habrá de ser modelo para obras subsecuentes, por lo referente al cine hay algunos clásicos que no tienen continuidad en la industria; El halcón maltés, Casablanca y la inefable Duelo al sol.

Entre ellas solamente El halcón maltés se refiere a una obra previa, una novela policiaca, mientras que Casablanca solo era una pieza de teatro de revista y Duelo al sol es una creación pura del cine. Si alguna referencia previa puede remitirnos al guión de Selznick podemos ubicarla en el trágico amor de Sigfrido y la valkiria Krimilda, un encuentro de intensidad mortal único y que culmina en el encuentro de dos seres en el umbral del más allá.

Esquemáticamente su historia es una denuncia de racismo y paternalismo fascista o cuando menos del patronazgo reaccionario de los propietarios ganaderos, igualmente es una crónica del abuso en la malacrianza de los herederos mediante la imposición machista y la acción soterrada de las madres en contra del dominio varonil. Sin embargo difícilmente alguien recuerda coherentemente algo más que el duelo del título entre la mestiza Pearl (Jennifer Jones) y el prototípico Lewth (Gregory Peck), esa mezcolanza de pasión y tanatofilia que casi nadie ha igualado.

Porque en toda la historia fílmica posterior a King Vidor han sido famosos los amantes perseguidos de Fritz Lang, pero una relación verdaderamente extrema solamente puede verse en películas excepcionales como Adiós hermano cruel, de Patroni-Grifi, o El imperio de los sentidos, de Oshima y tal vez en la pareja fílmica y real de Richard Burton y Liz Taylor, aunque éstos jamás llegaron más al extremo que en el nivel de Confidential.

El guión de David O. Selznick cuenta una historia digna de lástima, la de un latino rezagado en el Texas anexado a la cultura sajona, y ese “latino”, o mejor dicho ese español, Chavés (así, como en inglés), responde a su cultura ancestral aún en el peor nicho del calvinismo teñido de lo puritano expansionista y desafía a la moral casándose con una nativa del desierto, pero su temperamento de conquistador, de criollo abandonado doblemente por la metrópoli peninsular y la de Nueva España, le provoca una indiferencia rayana en la flema (curiosa forma de relacionar el sentido de los europeo ante lo americano para el cine, eligiendo para el temperamento del hidalgo hispano al británico Herbert Marshall) que se rebela como todo lo contrario cuando Chavés asesina a su mujer danzarina y al amante ocasional.

Esta basta historia de temperamentos llevada a la literatura por el novelista Niven Busch tendrá su extensión en la vida de Pearl Chavés, una Jennifer Jones claramente inspirada en la Mexican Spitfire (La diablilla mexicana) de Lupe Vélez, como una inocente belleza adolescente creciendo casi al azar en la subsociedad mestiza desplazada del Texas ochocentista, que al llegar a la orfandad forzada va al seno de la familia que debió ser suya, con la mujer que debió ser la primera esposa de su padre, la aristocrática señora McCanles (Lillian Gish) y así queda expuesta a los hijos del senador McCanles.

El campo narrativo de la novela es el ámbito legendario del paisaje desértico, la escultura eólica de una roca con rostro humano que forma parte de los mitos nativos, el embrujo de los grandes espacios texanos  que captura tanto a los nativos como a los conquistadores, aunque en forma diversa: en la mentalidad mágica de los indígenas ejerce la fascinación de las inconquistables montañas, encarnación de titanes de otro tiempo, mientras en los “colonizadores” será la rica feracidad que fundamenta un sentimiento de poder inalcanzable, de individualidad imbatible ante el propio esfuerzo y sus logros.

Al mismo tiempo el tema es justamente ese poder individual, el desarrollo de una capacidad de dominio sobre el medio físico y humano que en los años de la Segunda Guerra llevaba a los Estados Unidos hacia la cabeza del mundo, una percepción del orbe prefigurado en el autocrático senador McCanles (Lionel Barrymore), un hombre con garras de astracán hecho a la imagen de las llanuras que domeña y clon de la voluntad de un constructor de sociedades, individualista extremo que solo se detiene ante el símbolo de sus esfuerzos: la bandera de las barras y las estrellas.

Es el mismo tipo de hombre con el que lidiaban los cineastas en la época de las persecuciones anticomunistas, varones del capital del tamaño de Randolph Hearts, Morgan y Rockefeller, los defensores de una integridad estadunidense que comprende no solo el suelo y el aire de su territorio sino todo lo que se relaciona con él aún en ultramar, pero que guarda celosamente los límites de los demás, una situación que afectó directamente a Vidor y a Selznick a través de el “enlistamiento negro” de la novelista Ayn Rand (que le daría a Vidor el texto para su obra maestra El manantial) además de las presiones indirectas contra unos cineastas cuya obra siempre fue histórica y crítica ante el desenvolvimiento de su país.

Por otra parte está la crónica de los herederos del poder, la dicotomía entre el abrazo al sistema instituido a través del liberal Jesse (Joseph Cotten), decidido a conservar el mundo construido por los suyos a través del culto por la ley y el caprichoso Lewth, encarnación del voluntarismo caprichoso fruto de la abundancia y la seguridad en un poder que lo pone por encima de todo.

Vidor envuelve todo en el lenguaje propio del cine estadunidense, consciente de la posición histórica del cine y sus mitos elige su reparto justo en el tono que hace directa la comprensión de todos sus personajes y situaciones por medio de referencias directas al propio cine de Hollywood, así hace que la joven escupe fuego sea confrontada en su inocencia y moral con el mismo personaje ambiguo que dominaba a la Vélez: El Walter Huston que usufructuara la inocencia de la mexicana en cintas con tema exótico; de otra parte la Gish, la antigua Novia de América, expresando la fragilidad valiente de las pioneras que la hizo inmortal desde el cine de Griffith; el propio senador McCanles, Barrymore, ya inmortalizado como magnate autocrático por Capra desde ¡Que bello es vivir!, y el moderado y civil Jesse encarnado por Cotten mucho después de su papel trágico en Ciudadano Kane como defensor de la libertad y la honestidad.

Aunque el centro de todo recae en Lewth, en el Gregory Peck en plenitud de belleza y domino físico desplegado en alardes magníficos como domador y bandolero que prefigura ya al Ringo de Fiebre de sangre y al aparentemente moderado marino de Horizontes de grandeza (donde también despliega las dotes de jinete y tirador).

El más complejo de los personajes, desde luego, será el de Jennifer Jones, una mestiza Pearl asombrada ante el mundo que le va llegando con el final de la adolescencia, con la destrucción de su inocencia indígena para entrar en el mundo de la dominación de los otros y del instinto, un papel que inspiró levemente otra de sus grandes interpretaciones como la eurasiana de Angustia de un querer.

Tratándose de un tema tan terriblemente sexual resulta extraño que solo haya una secuencia de sexualidad más o menos explícita, aquella en que Lewth contempla el trasero en alto de Pearl mientras limpia el piso de su cuarto, especialmente porque la trascendencia del tema fue claramente enfocada hacia la pasión por el sexo con Patrone-Grifi y Oshima, pero salvo en el brutal caso de Adiós hermano cruel nunca se ha llegado a la impresionante relación de muerte en que los que se han asesinado mutuamente se unen física y sentimentalmente en el umbral del más allá, ante el altar pétreo de los ancestros americanos: la roca con rostro y en pleno ocaso. Valga quizá señalar la versión de Uri Edel de Los Nibelungos donde el encuentro sexual entre Sigfrido y la Valkiria si se percibe en la pantalla, aunque la unión en la muerte no llega por uno y otra sino mercado por el destino.

Solo una cosa más, es claro que con alguna frecuencia es posible ver la cinta en canales de paga, y a veces hasta en la televisión libre y cultural, pero lo mejor es acceder a la colección de clásicos de la MGM, la de Western Legends, que todavía se puede encontrar en algunos proveedores de los voceadores o, en su defecto, en supermercados y “respaldos” ilegales.

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FILMOGRAFÍA:

¡Que bello es vivir! (Its a wonderful life!). D. Frank Capra. Con: James Stewart, Donna Reed, Lionel Barrymore. Guión: Frances Goodrich, Albert Hackett, F. Capra . EUA. 1946.

Adiós hermano cruel. (Addio fratello crudele). D. Guiseppe Patrroni-Grifi. Con: Charlotte Rampling, Oliver Tobías, Fabio Testi. Guión: Alfio Valdarnini, basado en la pieza de John Ford. ITAL.1971.

Angustia de un querer. (Love is a many splendored thing). D. Henry King. Con: Jennifer Jones, William Holden, Isobel Elsom. Guión: John Patrick, basado en la  novela de Han Suyin. EUA. 1956.

Casablanca. D. Michael Curtiz. Con: Humphrey Bogart, Ingrid Bergman, Paul Hernied. Guión: Julius J. y Phillip P. Epstein. EUA. 1942.

Ciudadano Kane. (Citizen Kane). D. Orson Welles. Con: O. Welles, Joseph Cotten, Dorothy Comingore. Guión: O. Welles y Herman Mankiewicz. EUA. 1941

Diablilla mexicana, La. (Mexican Spitfire). D. Leslie Goodwin. Con: Lupe Vêlez, Donald Woods, Leon Erroll. Guidon: Charles L. Roberts, historia de Joseph Fields. EUA. 1940.

Duelo al sol. (Duel in the sun). D. King Vidor. Con: Gregory Peck, Jennifer Jones, Joseph Cotten. Guión. David O. Zelsnick. EUA. 1946.

Fiebre de sangre. (The gunfighter). D. Henry King. Con: Gregory Peck, Helen Westcott, Millard Mitchell. Guión: William Bowers y William Sellers. EUA. 1950.

Halcón maltés, El. (The Maltese falcon). D. John Huston. Con: Humphrey Bogart, Mary Astor, Peter Lorre. Guión: J. Huston, basado en la novela de Dashiel Hammet. EUA. 1941.

Horizontes de grandeza. (The big country). D. William Wyler. Con: Gregory Peck, Jean Simmons, Charlton Heston. Guión: Jesaamyn West, basado en la  novella de Donald Hamilton. EUA           . 1958.

Imperio de los sentidos, El. (L’empire des sens / ai no korida). D. Naguisha Oshima. Con: Eiko Matsuda, Tatsuya Fuji, Aoi Nakajima. Guión: N. Oshima. JAP/ FRA. 1975.

Uno contra todos/Manantial, El. (The fountainhead). D. King Vidor. Con: Gary Cooper, Patricia Neal, Raynd Massey. Guion: Ayn Rand, basada en su propia novela. EUA. 1949.

Nibelungos, Los. (Nibewlungen, Der Fluch des Drachen, Die). D. Uli Edel. Con; Brunno Fûrmann, Alicia Witt, Kristianna Loken, Julian Sands, Samuel West, Max Von Sydow.  Guión: Diane Duane, Peter Worwood, Uli Edel. ALEM/GB.  2003.

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5 comentarios en “Duelo al sol, los avatares del clásico”

  1. Mi estimado Héctor, muchas gracias, desde la primera vez que chamaco vi “Duelo al sol” no deja de fascinarme. Si me dieras a escoger entre Marilyn Monroe y Jennifer Jones, no soy racista pero prefiero el erotismo de mi raza salvaje. Te mando un afectuoso saludo. Paco

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  2. miguel ayala dice:

    L´amour fou, la pasión llevada a, literalmente, sus últimas consecuencias. Que reparto, J. Jones, la inolvidable, Perla Chavez, dicho sin acénto, el gran G. Peck, la legendaria Lilian Gish, maravilloso, Joseph Cotten, y todos los demás.Una de mis favoritas, gracias Héctor por ese magnífico análisis.

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