Uno de los peligros más serios a que se enfrenta la lucha contra el terror que vive nuestro país, es lo que podríamos denominar mediatización de la justicia, al igual que su democratización, entendido esto en un sentido peyorativo, es decir que se decida por mayoría de una masa y no por la razón de un juez o la votación de un conclave de especialistas del derecho. Que la judicatura brinque de los antaño herméticos y discretos juzgados a la palestra del debate mediático de masas implica que se corra el riesgo de utilizar criterios políticos y de mayorías para determinar sus sentencias. Y es que los últimos meses hay muchos indicadores que así lo muestran, por ejemplo el documental Presunto culpable, generó un linchamiento de las masas no a un Juez concreto, sino a todo el sistema, y no está mal someterlo a críticas, pero estas no deben de provenir de una votación de mayorías, sino de parámetros de carácter académico; de igual forma vimos cómo esta semana se entabló entre la PGR y el Consejo de la Judicatura Federal un debate estéril, que, desde mi perspectiva, sólo contribuye más a esta politización y democratización que tanto dañan a la justicia. Y debe de quedar claro, la no mediatización no significa no continuar con criterios de transparencia. El quid del asunto es que la justicia democratizada se vuelve venganza.
Fritz Lang es un cineasta de firme carrera, con películas clásicas y uno de los pocos con una filmografía denominada como patrimonio visual de la humanidad (Metropolis). Después de huir de la Alemania nazi, llega a Hollywood donde su primera película va a ser Furia (Fury, 1936) historia que es un claro ejemplo de esta democratización o mediatización de la justicia: un sencillo trabajador, después de ahorrar por un año por fin puede ir a recoger a su novia para casarse. En el camino una serie de coincidencias hacen que sea detenido acusado de un secuestro. Puesto tras las rejas mientras se hace la investigación, el pueblo comienza a desesperarse con la lentitud de la justicia, decide tomar la justicia en sus manos y en masa incendian la cárcel, con el inocente dentro. El fiscal inicia un juicio en contra de cerca de 20 ciudadanos que participaron en el linchamiento, y los acusa de homicidio. La trama toma visos de cine negro cuando nos enteramos que el acusado no está muerto, logró escapar de la cárcel en llamas, los sentimientos de odio anegan su corazón y decide no aparecer, con la finalidad de que los acusados sean sentenciados a muerte. El sentido moralista que permeaba en Hollywood de la época evitó el final que seguramente Lang hubiera deseado, se le impuso uno feliz donde el criminal aparece en el juzgado en el último momento para perdonar a todos los que lo trataron de asesinar. La maestría de Lang se plasma a lo largo de la cinta, una película perfecta, impecable, imperdible, en pocas palabras esencial.
A lo largo de la trama, podemos ver muchas ideas populares sobre la justicia: que es lenta, los abogados sólo sirven para evadir la justicia, una frase impactante es la que pronuncia el linchado cuando habla de su venganza, cuando sus hermanos le recriminan que no debe el odio ser el motor de la justicia, habla sobre la diferencia entre lo que le hicieron a él y lo que le harán a sus linchadores “Seré más justo que ellos, tendrán un juicio legal, un abogado legal, un juez legal y una muerte legal”. La democratización de que hablamos en la justicia implica también que se pierda el rostro de la responsabilidad, ninguno de los habitantes de la comunidad declara en contra de los acusados, incluso el propio sheriff que resguardaba al criminal y que durante el linchamiento fue herido por la turba “Los más responsables han decidido que fue una acción comunitaria no individual” se escucha en un dialogo de pasillo, como en la obra teatral del genial Lope de Vega “Quién mató al Comendador? / Fuenteovejuna, Señor / ¿Quién es Fuenteovejuna? / Todo el pueblo, Señor” aunque a diferencia del pueblo español, en el caso del norteamericano el asesinado era inocente. La politización de la justicia es un tema recurrente, cuando el sheriff prevé que el pueblo está enojado, llama al gobernador y le pide que envíe a la guardia nacional, pero éste decide no hacerlo, es un año electoral y los votantes pueden verlo mal. La mediatización es una crítica que hace explícitamente Lang en su película: el juicio de los ciudadanos es transmitido por radio a todo el país, en uno de los tiempos muertos del proceso, el locutor que narra el caso dice “…a este juicio lo patrocina el postre mágico, comer sin engordar”.
El politizar a la justicia, daña nuestro estado de derecho, el fiscal afirma al jurado: “Cuando una multitud se toma la atribución de identificar, juzgar, condenar y ajusticiar, destruye un gobierno que muchos, muchos patriotas, han muerto por establecer y defender… la nación americana y su sistema de libertad de derechos individuales es lo que se está juzgando”
Esta semana sucedió a un linchamiento en el Distrito Federal, las autoridades capitalinas lejos de iniciar el proceso contra los daños causados a los policías y las patrullas ha decidió no interponer cargos, el fantasma de la politización se cierne sobre algo que debe de ser estrictamente apegado al estado de derecho.
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