“El filme trata de uno de los aspectos de la religión; en Estados Unidos es un asunto fuertemente comercial. No es un problema personal, sino un asunto público… Me gusta ver Ben Hur: es un maravilloso western con mucha acción. Pero no pienso que eso ayude mínimamente a la religión, a la Biblia, o con que suceda… Si hacen un filme acerca de un predicador que ensaya conseguir los uniformes de beisbol con los peces gordos del barrio y canta dos o tres piezas para lograrlo, está bien, pero esto no tiene relación con la religión en tanto Elmer Gantry trata de la fe. Es por eso que no le gusta a la gente: dicen: “¿Por qué voy a la iglesia, es que pretendo ir al mercado con Dios, o a comprar algo? ¿Estoy solo? ¿Tengo miedo? ¿Por qué creo? ¿Creo realmente?”
Richard Brooks en Positif No. 64 y 65, otoño de 1964.
Elmer Gantry el charlatán, Ni bendito ni maldito, de Richard Brooks, por Jean Wagner; selección de Dossiers du cinéma y traducción del francés por Héctor Enrique Espinosa R.
Evidentemente no es nada complaciente. Lleva la cabellera al cepillo: también es de lo poco que posee y ha heredado de su estancia en los marines. Tiene ideas claras. Habla como escribe y como filma: sencillamente. Porque desea transformar el mundo, no se siente obligado por ello a hacer temblar la cámara. Pugna él mismo contra el conformismo tan solo con escribir algunos de los diálogos más inteligentes del cine estadunidense. Para decirlo rodo Richard Brooks no está en la misma moda según la visión reciente de algunos de sus filmes viejos que nos convencen de que pocos cineastas como él resisten la obra del tiempo.
Elmer Gantry es, se ha dicho, un filme sobre la fe. Escribiendo esta frase uno entiende el propósito de Brooks. Más exactamente es, para nosotros, un filme sobre la fe, pero para Brooks es también un filme acerca del hombre. El cineasta parte de sus personajes y su objetivo primordial es darles vida. Entonces lo mismo es con ciertas discusiones abstractas (notoriamente entre Jim Lefferts (Arthur Kennedy) y Elmer Gantry (Burt Lancaster)), y los personajes jamás son entidades sino vehículos para las ideas. Ante todo son seres vivos. No hay maniqueísmo alguno en este filme de Brooks: cada uno de sus personajes principales (y sería interesante ver la inflexibilidad con que Brooks hace ascender los personajes de Sinclair Lewis, cuya novela original es de una honestidad aplastante).
Jugando con el título original “el charlatán”, los distribuidores franceses han limitado los alcances de Elmer Gantry, que es un personaje mucho más rico que simplemente un charlatán. La gran astucia del director ha consistido en darle el papel a Burt Lancaster, es decir a un comediante sincero que tiende a hacer más cada vez, y este es el caso con Elmer Gantry. Siempre es atrapado por la pasión del momento. Entra en la iglesia y atrapado por el ambiente se pone a entonar un espiritual negro: “I’m on my way”. Mientras que canta aparece la fe, como la iglesia, ama a la prostituta que lo sedujo. Es una gigantesca mescolanza de inocencia y cinismo. Por eso permanece prohibido cuando, en medio de su campaña moralizadora lo encuentra Lulu Bains (Shirley Jones): es la intrusión de un pasado que para él “no existe más” porque ya no puede presionarlo, porque ya no puede vivirlo. Pero la prodigiosa vitalidad de Elmer Gantry termina por tener razón ante todos los obstáculos. Es un vencedor porque cree en la causa que abraza y aquellos que son de esa causa y hacen justicia a ella. Es necesario que la muerte se interponga porque finalmente él opera con sus ojos y, dice Brooks, se convierte en adulto. No es por nada que esa palabra es pronunciada en la última réplica del filme. Cuando sabemos la voluntad de Richard Brooks en todas sus películas, del ir más allá, de la anécdota a la temeridad, uno puede ver una suerte de retrato de pie del estadunidense, retrato que, con el retroceso diez años, adopta un relieve conmovedor. El estadunidense es el hombre que rechaza siempre todo lo que ha emprendido: ha tenido consigo tanto a la inocencia como a la crueldad e hipocresía, pero un día encontrará el fracaso y llegará a ser adulto luego de mucho sufrimiento. En 1970 no puede dejarse de pensar que ese fracaso lo encuentra ya y su paso a la edad adulta es más cruel de lo que habría podido prevenir Brooks en Elmer Gantry.
La fuerza mayor de Elmer Gantry consiste en apoyarse en sus personajes, para nosotros exóticos pero que pululan en Estados Unidos. Para tomar un ejemplo conocido de todos, Billy Graham se impone a las multitudes por medios que no tienen nada que remita a Elmer Gantry. En cuanto a la Hermana Sharon (Jean Simmons), Sinclair Lewis jamás ocultó que estaba inspirada en Aimee McPherson, la célebre profetiza de alrededor de los años veinte. Pero la hermana Sharon de la película es también muy ambigua. ¿Es sincera? ¿O también es una comediante prodigiosa a su manera (lo que no excluye la sinceridad)? Con el admirable rostro de ángel de la maravillosa Jean Simmons queda el papel en plena carne. Más verosímil se convierte en tanto comediante cuando se enreda en su propio juego hasta creerlo a muerte. Pero al mismo tiempo es una mujer enamorada. Esta ambigüedad y su sinceridad le resultarán insoportables. Le obligarán a radicalizarse en una de esas actitudes como para asesinar al otro. Paradójicamente será porque es una mujer enamorada que se convierte en mártir de su propio misticismo.
Frente a esos dos personajes están Lulú Bains y Jim Lefferts. Lulu Bains posiblemente sea el personaje más complejo y carnal del filme. Es lo contrario exactamente de “la inevitable prostituta de gran corazón”, como la ha descrito Morvan Lebesgue. Ella es también presa de un movimiento doble de amor y de odio. Quiere odiar a Elmer Gantry pero físicamente no puede. Aún si es responsable de su decadencia él representa la vida para ella. Debe utilizar un subterfugio para resolver su contradicción: esta será su conversión aparente. Digo aparente porque ella no es para Lulú más que un juego cuya única utilidad es la de hacerla amarlo en paz.
Jim Lefferts es un personaje cuando menos igual de sutil. Señalemos de paso que es una creación de Brooks: no aparece en la novela de Lewis. Es un periodista escéptico en quien podemos ver fácilmente a un hermano de Richard Brooks. Pretende ver las cosas fríamente, como periodismo, como testimonio. Gentry no le resulta simpático, las ferias de la Hermana Sharon lo erizan, no vacila en escribirlo. Por tanto Brooks nos demuestra claramente que este hombre, por si solo, podría ser quien no juegue papel alguno, no tiene derecho de juzgar a quienes ve porque su propia verdad le dicta el rechazo y que un hombre no posee más que su verdad. El milagro ha llegado a hacerlo él mismo aunque solo sea como un efecto del psicodrama colectivo (todas las religiones han tenido su milagro), milagro que no habría podido ser jamás sin este psicodrama. Brooks que nos describe las aberraciones de una multitud se rehúsa a juzgarla al mismo tiempo: solo puede describirlas. A obligarnos a sacar nuestras propias conclusiones en función de nuestra verdad.
Las relaciones entre estos cuatro personajes van a ser más complejas. Entre la hermana Sharon y Elmer Gantry ya hemos visto que el comportamiento de la primera está condicionado por el impulso hacia el segundo. Al final, luego de haber jugado el partido hasta el límite, partida que también es doble, llevada por esa fe provisoria y por el placer del espectáculo, pero también con el deseo de conquistar a la hermana Sharon, y de pronto se da cuenta de que el juego ha terminado. Viendo a la Hermana Sharon convencida de su propia santidad, siente que ella se le escapa. Es por la entrada del capital, con Jefferts, quien la mira oficiar. Las relaciones de Gantry y de Jefferts son extrañas. Esos dos hombres a quienes todo se opone no pueden impedirse probar una clase de atracción recíproca. Y en la hora que se reúnen, porque son reunidos, Gantry debe partir solo. Su única profesión de fe será irónica: “¡Te veré en el infierno, hermano!” Pero las relaciones más extraordinarias son las que sostienen Lulu y Elmer, ambos seres de la misma calaña y la misma raza. Relaciones de odio y amor, de mediocridad y grandeza, de sumisión y revuelta. Ambos a la vez verdugos y víctimas, a pesar de ellos y voluntariamente.
Pero esas relaciones no habrían podido ser lo que son sin una dirección de actores de confusa eficacia. El arte con que Brooks ha dirigido a Lancaster para un papel en que como comediante se arriesgaba a pasarse de mesura, es por lo mismo más grande porque es invisible. Las relaciones entre el guión y la puesta en escena con Brooks están fundamentadas en la inversión: mas el guión es ambiguo y los personajes fugaces, aunque la puesta en escena es franca, directa y sin artificios. Jamás sacrifica a una cosa por otra. El sentido de sus decorados y los ambientes, del gesto justo, esta plenitud en la sobriedad de fondo es lograda por uno de los directores de escena más equilibrados del momento y quien, en sus mejores instantes, hace soñar en Hawks. Pero curiosamente en un Hawks que ha sido marcado por el expresionismo. Le gustan las grandes escenas, jugadas a balón parado, pero apenas se diseñó su esfuerzo por purificar, para borrar todo rastro anecdótico. Brooks es un tanto deslavado en el interior de su aguafuerte. Esto es lo que le da su belleza, en la última secuencia, la del incendio, cuando podemos esperar el motín de colores y de histeria y que, de hecho, carezca de una objetividad constante.
El secreto del éxito de Brooks, a más de un muy grande oficio, es el mismo de la Hermana Sharon: la sinceridad. Cree en cada uno de sus filmes y tiene el talento de la convicción. Nosotros que somos los Jim Lefferts de este filme, lo mismo devolvemos las armas: la belleza, la generosidad y la profundidad, la continuación de su hechizo como en el primer día. Que Ni bendito ni maldito no sea el cine que tiende a hacerse hoy más raramente no aporta nada a nuestra admiración. Vacilo en escribir: ¡Al contrario!
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Elmer Gantry el charlatán, Ni bendito ni maldito de Richard Brooks
Ficha técnica:
Elmer Gantry, ni bendito ni maldito. (Elmer Gantry/ Elmer Gantry, le charlatan).
Realizador: Richard Brooks.
Distribución: United Artists.
Producción: Bernard Smith, Elmer Gantry Productions, USA.
Guión: Richard Brooks basado en la novela de Sinclair Lewis.
Jefe operador: John Alton.
Música: André Previn.
Decorados: Ed Carrere, Frank Tuttle.
Montaje: Marge Fowler.
Vestuario: Dorothy Jenkins.
Duración: 145 minutos.
Con: Burt Lancaster (Elmer Gantry), Jean Simmons (Hermana Sharon Falconer), Arthur Kennedy (Jim Lefferts), Shirley Jones (Lulu Bains), Dean Jagger (William Morgan), Patty Page (Hermana Rachel), Edward Andrews (Georges Babbitt), John MacJutin (Rio Pengilly), Joe Maross (Pete), Everett Glass (Reverendo Brown), Michael Whalen (Reverendo Philips), Hugh Marlowe (Reverendo Holt), Wendel Holmes (Reverendo Ulrich), Harry Kelly (Capitan Holt.).
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