El pasado 29 de septiembre murió Tony Curtis (1925-2010), uno más de la penúltima generación de galanes de la época de las grandes productoras de Hollywood. Aunque esporádicamente participaba en alguna película o en programas televisivos, hacía tiempo que dejó de estar en los primeros planos. Algunos jóvenes tendrían referencias de él como el papá de Jamie Lee Curtis –o menos lejos en la serie “Vega$”-.
Su época de estrella se difuminó desde finales de los años 1970, cuando los papeles protagónicos se escapaban. A esos días pertenece su personificación de Giacomo Casanova en “Casanova & Co.”, una especie de revalidación congruente a su fama de “conquistador”, o a su dicho de que la única coprotagonista con quien no se había acostado era Jack Lemmon, en “Una Eva y dos Adanes” (1958).
Precisamente ese filme dirigido por Billy Wilder es el que más se ha destacado en las notas u obituario, por su disfraz y caracterización de mujer, y por la emulación en tono y gestos de Cary Grant, para seducir a Sugar/Marilyn Monroe.
Las décadas del 1950 y 1960 fueron las más prolíficas para Curtis, quien acumuló en su carrera casi un centenar de largometrajes, aparte sus trabajos para televisión. Y como su antecesor e ídolo Cary Grant, con quien compartió estelar en “Sirenas y Tiburones” (Operation Petticoat, 1960), nunca le otorgaron el ansiado Oscar, y sólo le nominaron por “Fuga en cadenas” (1958), donde es un preso que se fuga junto a Sidney Poitier.
Tuvo actuaciones modélicas por las cuales pudo haber sido nominado en alguna categoría e incluso ganar ese premio, entre ellas, la del ayudante insidioso de Walter Winchell/Burt Lancaster en “La mentira maldita” (Sweet smell of success); como el esclavo Antoninus en “Espártaco”; en “Taras Bulba”; o la de “El estrangulador de Boston”.
Al revisar su filmografía se lleva uno varias sorpresas, como la de que suya era la voz del ente en “El bebé de Rosemary”. Igualmente es el narrador de los documentales “Hollywood Babylon”. Y en cuanto sale su nombre a relucir me acuerdo cuando lo descubrí en un “bit” en “Sin ley y sin alma/Criss Cross” -bailando con Yvonne De Carlo-, una de sus primeras cintas. También me precio de haber visto su fugaz ingreso de policía por dónde camina Audrey Hepburn, en “París, tu y yo” (París, when it sizzles), supongo “por cuates” con el director Richard Quine (con quien había trabajado en una de título similar, “So this is Paris”, en México “Tres amores en París). Y tendría un papel secundario excelente, de un Senador, concebido por Nicholas Roeg en “Insignificancia” (1985). Otra breve aparición es en “La lista de Adrián Messenger” (1963, John Huston), entre tanta gente y disfraces en una trama enmarañada. Por ello resulta coincidente los múltiples papeles de “El gran impostor” (1961, de Robert Mulligan), que le permitieron desdoblarse, extender sus rangos, incorporar sus experiencias de estudiante en el Actor’s Studio neoyorquino.
Ni modo, yo lo recuerdo de cuando niño en un programa triple vi “Trapecio” y se me quedó grabado cómo le quitaba la mujer -Gina Lollobrigida- a un Burt Lancaster que había quedado cojo tras una caída; y en televisión blanco y negro vi más de una vez “El gran Houdini” -donde me emocionaban sus escapatorias y los trucos-; creo ésta fue con la que se le lanzó al estrellato, poco después de un par de esos remedos sacados de Las mil Noches y Una, con aires orientales y en el estilo saltarín juvenil de Errol Flynn: una que se llamaba “El príncipe bandolero”, si no me traiciona la memoria; y la otra “El hijo de Alí Babá”.
A Tony Curtis se le tenía contemplado más en comedias, en cintas ligeras de aventuras o por su galanura, ojos verdes, copete (que dicen antecedió al de Elvis). Por ello buscó papeles sólidos, dramáticos, aunque fueran menores o de coprotagonista; caso de los que hizo al lado de Kirk Douglas, en pos de un mayor reconocimiento a sus dotes detrás de la cara bonita y el cuerpo atlético, por los que cuando debutó se le equiparaba y encasillaba como “competidor” de Rock Hudson, y más porque lo contrataron en el mismo estudio, Universal.
Si uno de sus papeles más celebrados es en la citada “Una Eva y dos Adanes”, fue la única vez en que le llamó Billy Wilder. A cambio, sí pudiera funcionar con sus reservas aquello de parejas de director y actor, resulta que Curtis fue un buen vibrante de Blake Edwards en una fase distinguida previa a sus “Pantera Rosa”. Tony Curtis fue su actor central en “ Los amores de Mister Cory” (1957), en “Yo y ellas en París” (The perfect furlough, 1958), en la mencionada “Sirenas y Tiburones”, en que hace el papel de un teniente que consigue cualquier cosa que se necesite, hace chanchullos, intercambios, y le facilita la misión a su superior Cary Grant. Volvería a encontrar a Edwards en “La carrera del siglo” (1966), en que él es el bueno, vestido elegantemente de blanco con Jack Lemmon de villano, en esa deliciosa farsa, donde se gana a Natalie Wood; con quien alternaría en “El sexo y la joven soltera” de Richard Quine, poco después.
Otra comedia en su estilo de galán suave que vi por televisión en un ciclo dedicado a Jerry Lewis, es “Boeing-Boeing” (1967), una de esas cintas en que ponían a dos estelares para complementarse. Y lo tengo presente en su rol de latin lover, amante de Jeanne Moreau en una película dentro de “El último magnate” (1976, Elia Kazan). Y aún más curiosamente en la miniserie “Moviola” (1980), basada en el libro de Garson Kanin, en el segmento dedicado a la búsqueda de la actriz para Scarlett O’Hara. Tony Curtis interpretaba a David O Selznick, el famoso productor.
Le tocó relevar, con poca suerte, a Walter Matthau, de entrenador de un equipo de beisbol infantil, en la secuela de “La pandilla de pícaros va a Japón” (The bad news Bears). Fue uno de los acompañantes de Mae West en su canto del cisne, “Sexteto” (1978). No le hizo el feo a la televisión, donde trabajo en una serie de corta vida, “The persuaders” (1974), haciendo pareja de galanes buscavidas con Roger Moore. Más corta fue “Mc Coy”, que ni siquiera completó temporada.
Tony Curtis intentó reposicionarse, pero sus mejores años ya estaban impresos en el celuloide, en filmes menos conocidos que habría que desenterrar o localizar en dvd, caso de “Un amor del otro mundo” (Goodbye Charlie), “20 kilos de líos”, “No hagan olas”. O sus incursiones europeas: una comedia italiana de esas “eróticas” donde tuvo a Monica Vitti (yo creía era Virna Lisi) “El cinturón de castidad” (1968, de Pasquale Festa Campanile), o una extraña versión hispana-inglesa-francesa del Otelo de Shakespeare, “Otelo, el Comando negro” (1982).
Entre el centenar de películas en que se implicó Tony Curtis, hay un buen caudal para rememorarlo y revalorarlo en sus mejores días, sonriente, rayando en el cinismo, juguetón, resuelto. Y entre lo mejor sus duelos/duetos acompañamientos con hombres y mujeres; más que con Marilyn, con Burt Lancaster, Kirk Douglas, Sidney Poitier, Jack Lemmon y por supuesto Cary Grant.
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