3.10 misión peligrosa, ¿Ver o ignorar a Yuma?

Escrito por on jul 16th, 2010 y archivado en Destacado, Galería de vídeo, Galería fotográfica, Western. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

3.10 misión peligrosa, ¿Ver o ignorar a Yuma?

Evité por todos conceptos ver ver 3:10 misión peligrosa de James Manglod, hasta que los huecos del campeonato mundial de soccer me hicieron toparme con ella por televisión. Era una tarde lluviosa y con fatiga de muñeca, porque todavía escribo a mano; es la segunda vez que eludo una película y la lluvia le lleva a mi presencia ( la anterior era Los hijos de Katie Elder, que ví en el cine Estadio donde me refugié de una lluvia septembrina); como sea satisfice la morbosidad de poder comentar un “remake” (perdón por el pochismo desagradable) de una cinta querida para Don Gus y para mí: El tren de las 3:10 a Yuma, de Delmer Daves.

El recuerdo de la obra de Daves (factor de mis westerns favoritos, en especial Cowboy, también con Glenn Ford) tiene una anécdota especial pues cuando ya era cinta de culto la antigua Cineteca Nacional, la incendiadita, claro, fue programada en un ciclo que  comprendía El caballo de hierro y La diligencia, de John Ford, y también la trilogía de El Dorado de Hawks, a más de parte de la obra de Daves; al llegar la mañana de su proyección (hubo que faltar a la chamba para ver una película que ya no pasaría en segunda ni tercera corridas) la proyección se retrasó porque no llegaban los rollos de la copia restaurada, cuando por fin se apagó al sala para verla solamente vimos la mitad, y eso el principio y el final porque el cácaro no tenía las otras bobinas. Nunca más fue programada de nuevo y solamente al conseguirla en los “respaldos” en DVD es que pude gozar de ella. Con todo esto su sabor guarda un bouquet especial, por eso me resistía al “remake”.

La primera comparación que asaltó mi mente, aún sin proponérmelo, fue la filmación en color, la clásica era en un blanco y negro luminoso que destacaba de la producción paralela en todo el mundo, no sé que utilizó Charles Lawton Jr. Para esa nitidez y uniformidad de luz que hablaba de la inclemente sequía en el pueblo de Dan Evans (Van Heflin); la versión moderna sí logra una impresión similar, aunque la secuencia inicial sea nocturna (una de esas noches nítidas en las que lo inesperado de la violencia humana sorprende más por lo efectiva que por su significación en sí), y en el día la luz y el cielo claro casi lastiman, casi un homenaje a Daves.

Lástima que su color y nitidez no son los del western, porque el género querido tiene al Technicolor de Lo que el viento se llevó, o de La conquista del Oeste, cuando menos el de Horizontes de grandeza o de Shane el desconocido; esta luz quemante recuerda mejor la mediterránea de los eurowesterns, impresión que se acelera con la vestimenta naturalista heredada del estilo de Sergio Leone. Sin embargo la foto es magnífica, gracias Phedon Papamichael.

La impresión no se queda ahí, porque la ambientación naturalista traduce una pobreza histórica (ya capturada antes por Eastwood) que deviene de las películas de Sam Pekimpah, y un sadismo sin humor muy alejado del estilo espagueti del western, remite mejor a las películas prohibidas de los hermanos Jennings (La mujer del reducto),una especie de recuperación de las imágenes perdidas del periodo de Roosevelt (las enormes sequías que cronicó John Steinbeck), pero el granjero Evans (Chritian Bale) tiene más aspecto de inmigrante que el rostro rubicundo y desesperado del colonizador encarnado por Heflin.

Cuando llegó El tren de las 3-10 a Yuma, el final parecía inexplicable: el cínico bandido Wade (Glenn Ford) optaba por apoyar al tozudo granjero aparentemente por solidaridad hacia un amor marital que no poseía (o quizá como una apología el home-sweet-home feminócrata), sin embargo el tono bucólico impreso por Daves a la trama y la lluvia besando el rostro de Van Heflin sobre la marcha del tren dejaron la impresión legendaria que borraba todo absurdo anterior, pero ahora…

Glenn Ford solamente tuvo una película en que aceptó decir parlamentos largos (y aún así los cortó a su estilo), fue en Semilla de maldad, de Richard Brooks, pero eran indispensables en un maestro de escuela, pero sus mayores interpretaciones fueron lacónicas generalmente, igual en El pistolero invencible, El hombre pacífico o en Cowboy; por esto es que el exceso de diálogos en Russell Crowe desconcierta, mirando al australiano hacer su forajido se trasluce el trabajo de internamiento por parte del actor, su personaje es más que creíble, per no es el de Ford, nos demuestra su maldad, su degeneración y concupiscencia, su desprecio por la humanidad, pero también su debilidad por las mujeres, que de alguna manera le lleva al camino de Shane y enamórase de Alie Evans (Gretchen Mol), quizá por envidiar su condición normalmente indeseada (la seguridad marital, off curse).

La relación lacónica entre el prisionero y el granjero es impensable desde el principio, son moralmente opuestos, de ahí lo increíble del final de la película, pero en esta nueva versión se justifica de una forma tan intrincada y barroca que es aún más increíble, aunque resulte lógicamente correcta.

Para el público nuevo parece hacerse indispensable que toda trama justifique la acción de los personajes de principio a fin, la narrativa actual de las películas se aleja cada vez más de la sencillez del cuento,  que es también la del mito y la leyenda, va perdiendo el encanto de lo misterioso e inesperado, tiende a que todo sea explícito a través de la acción y/o los diálogos, y a veces ello despoja a los filmes de la posibilidad de permanecer en el territorio de mito, como alguna vez se hizo en el género del western.

Quizá es porque la inevitable imposición de la historia real sobre la inventada ha sido el motivo principal de la decadencia del western, la imposición de la realidad histórica sobre el mito autogenerado de un ser nacional es irreversible ante la conciencia popular cotidiana en la era de los medios electrónicos; sin embargo el mito del estadunidense bueno gracias a la educación bíblica se perpetúa en el Ben Wade de Crowe, aunque también se perpetúa la idea benéfica de una doble moral subsistiendo bajo ello: Wade se entrega para que la familia de Evans cobre la recompensa, pero sabe que podrá escaparse de un presidio que ya conoce.

Lo mejor de la película es el añadido del hijo de Evans, recurso de guionista que garantiza la identificación del público infantil y adolescente con la trama, y también con la trascendencia de la acción paterna; pero extraño la lluvia del final. No es que la primera versión sea o no mejor que esta, es un asunto de lecturas.

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