La edad de la violencia: ejemplo de melodrama moralizante

Escrito por on jul 8th, 2010 y archivado en Cine Mexicano, Destacado, Galería de vídeo, Galería fotográfica, Melodrama. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

La edad de la violencia: ejemplo de melodrama moralizante

Entre finales de la década de 1950 y la del 1960, auspiciado en parte por la ebullición del rocanrol, en México floreció un subgénero de filmes juveniles con ribetes moralistas, en que numerosos adolescentes se descarriaban, caían en las drogas, iban por el mal camino y había papás culpable por desatenderles, por andar en preocupaciones de negocios u otras ocupaciones.

“La edad de la violencia” (1964) es un ejemplo un tanto tardío en que además se trataba de promocionar y dar papeles en las películas a cantantes y grupos de moda, con lo cual aparte se solucionaba intervalos en el argumento al hacerles hueco para varias canciones. La primera parte contiene más melodías, y hay lugar para que los actores/cantantes muestren su faceta. El argumento y cinedrama pertenece al prolífico y “experto” (en estos y tantos temas) José María Fernández Unsaín. La dirección, sin relieve, con algún que otro destello, es de Julián Soler.

Patricia Conde y César Costa encabezan el reparto, pero a diferencia de otras películas en que participaron, no caracterizan a novios o son pareja romántica, sino que hacen de hermanos; tampoco salen de “buenos”, como usualmente les tocaba. El papel de él es del descarriado con deseos de vengarse de la sociedad que maltrató a su familia y se las debe; es el “maloso”, quien lidera la banda, a pesar de su poca estatura (lo cual da para unos diálogos reiterados de que lo que le falta de musculatura le sobra de cerebro). Alberto Vázquez pasa del muchacho con intenciones sanas, del bueno –no sólo de bondad, sino que es bueno para todo-. En un papel secundario aparece Julio Alemán –maquillado y canoso para verse viejo-, previo a que él también estelarizará algunas de esas comedias juveniles y le tocará ligarse más de una ocasión a Patricia Conde.

Desde los créditos es clara la instigación moralizante en “La edad de la violencia” con la voz masculina en fuera de cuadro que indica que es una historia real y que el crimen no remunera, en tanto la imagen abre en el Zócalo de la ciudad de México y vemos dos sujetos a bordo de motocicletas que avanzan, recorren el centro de la ciudad, avenida Juárez, Reforma, Insurgentes Sur, luego cruzan Viaducto Tlalpan; por lo que supondremos que el incidente que sobreviene es en la vieja carretera a Cuernavaca.

Dos mujeres en la carretera alzan los brazos y saltan para pedir se detenga un automóvil. Dentro va un señor mayor, gordo (Guillermo Álvarez Bianchi), a quien le brota la lujuria en cuanto ve que son dos muchachas, jóvenes, rubias. Es una trampa. Lo asaltan. Lo dejan en calzoncillos, largos, en mitad de la carretera, y se alejan. Una de ellas es un hombre disfrazado (Oscar Madrigal), la otra es Julissa. Un poco adelante hay un par de motociclistas –los que seguimos en la escena de créditos-, son César Costa y Alejandro Chiangherotti, Jr. Ellas descienden del coche, juntos revisan el botín, abandonan el carro a un lado, se suben dos en cada motocicleta. Atrás, el señor en calzoncillos hace señas para que se detenga una patrulla (aparecían raudas entonces, sobre todo en películas), les explica lo que le sucedió, van tras los ladrones.

Una de las motos derrapa. César Costa, quien de inmediato se capta es el líder, ordena que su hermana (Patricia Conde) y Oscar Madrigal se larguen. Él se queda ahí con Chiangherotti. Llegan los policías. El señor dice que ellos son sus asaltantes.

Los Hooligans empiezan a tocar “Despeinada”, un casi niño Ricardo Roca (hermano en la vida real de César Costa) es el cantante. Estamos en una cafetería de las que había por aquellos días en el D.F. Una reproducción de un cuadro de Picasso adorna la pared a espaldas del conjunto.

Intercorte a una comisaría, donde el señor gordo insistirá que estos son los que le robaron, aunque se contradice, miente y no habla de que eran dos mujeres. César Costa se defiende burlón, ni tienen el botín, ni hay pruebas; a su lado sentado Chiangherotti. El comisario (Julio Alemán) diserta de esa juventud corroída.

Vuelta a la cafetería, donde Manolo Muñoz interpreta “La pera madura”. Nancy (Patricia Conde) y Juan (Oscar Madrigal) han arribado. En las palabras de ella se nota la admiración por su hermano Daniel. Apenas concluye su canción Manolo Muñoz va a acompañarlos. Es “el Muecas”, tartamudea, gesticula, ansía ascender en la banda y participar en los robos. Llegan Daniel (César Costa) y “el Zurdo” (Chiangherotti). Se ufanan que no les comprobaron nada. En la puerta aparecen Alberto Vázquez y Julissa, muy alzados, estirados (un contrapicado ayuda). Al preguntar Daniel a sus compinches quiénes son, le dicen que son nuevos en el barrio: “Él es un tonto, trabaja y estudia”.

Sigue un número bailable (las coreografías de los bailes son obra de Constanza Hool), vistoso, más en onda jazz, con dos equipos, uno encabezado por Alberto Vázquez y el otro por Oscar Madrigal y sus parejas, casi como un enfrentamiento, una colisión, en que se perciben las habilidades de Alberto Vázquez. Julissa baila encima de una mesa. Después ella tiene su canción, durante la cual Daniel la mira y menciona que si es del barrio es suya.

De aquí saltamos a su guarida, un sótano, donde se reparten el botín. Daniel habla del próximo golpe. “El Muecas” pide permiso para participar, Daniel se lo da. Sus secuaces adoptan sus palabras cual si fuera el Elegido.

La siguiente secuencia introduce a Fernando Soler, en su casa; es el papá de Daniel y Ana. Desde ese momento se huele el rechazo de ellos por él, quien es alcohólico, siempre anda con sus copas encima, aunque se da tiempo para espetarles: “los buenos hijos preocupados por mantener a su pobre padre”, cuando le dan una bolsa de papel que envuelve una botella de ron.

Fernando Soler será el único de los progenitores de estos muchachos que veamos, como si los demás no tuvieran o no existieran, o anduvieran de viaje o lejos de la zona; ni siquiera se alude cualquier cosa de ellos -excepto los de Víctor y por otras causas-.

Abre otro número bailable (“Soy rebelde”, versión nacional de “Mack the knife”), en la calle, puros hombres, con un balón de basquetbol como si estuvieran jugando; usan tenis, quien está al frente es Daniel, el jefe que gana el balón. Es una reminiscencia a “Amor sin Barreras”, un tanto como el baile en la cafetería. Nancy en la banqueta, los ve, lleva el ritmo con los dedos y los pies.

Concluyen al ver que Víctor (A. Vázquez) va a dejar en la puerta de su casa a Ana (Julissa). Lo amagan al acercarse. Él se encara. “El Zurdo” se le lanza, Víctor lo vapulea. Ana viene a contenerlo para que no prosiga. Nancy y Víctor intercambian miradas, se nota la atracción. Daniel se aproxima a Ana, le comenta de la elección de las amistades. Acto seguido, le encarga a su hermana que se gane a Víctor, lo quiere reclutar en su banda. Ella asiente, como los otros de la banda, lo que solicita su hermano es mandato.

Daniel camina hacia la esquina, tres tipos lo detienen, él se les planta a pesar de la diferencia de tamaño y número (acto para subrayar su fortaleza), cree que son policías. Son maleantes, lo contactan para un robo, conducir un automóvil, le darán mil pesos. Salto a la secuencia del robo a una camioneta de valores: un camión se le atraviesa, atacan, viene una balacera, un policía herido alcanza a disparar y mata a los rufianes, al último al aventar el botín por la ventana trasera del automóvil que conduce Daniel y antes que suba. Daniel arranca y huye. (Nunca sabremos de ese dinero).

Víctor canta “Tweedle Dee, Tweedle Dam” (La felicidad llegó) en la cafetería. La banda de Daniel sentados alrededor de su mesa. Nancy observa a Víctor cuando va a su silla. A Juan no le hace gracia. Daniel con los ojos le indica a su hermana que vaya tras Víctor. Ella se levanta. Víctor al verla también lo hace. La alcanza antes que llegue al baño. La invita a bailar (“La pera madura” en instrumental).

En la mesa, sus secuaces hacen a Daniel una incitación a ir a beber una copa, lo cual le enfurece, odia el alcohol y a quienes toman. Se notan los celos de Juan contra Víctor porque Nancy está con él. Daniel va a ligarse a Ana, ya que Víctor está ocupado. Nancy y Víctor deciden irse. Caminan por la calle. Al despedirse, se dan un beso.

Cambio, para ver en la mañana a Fernando Soler entrando a una tienda. Va por una botella, sólo que no lleva dinero. El tendero (Francisco Reigueira) se la niega. Soler lo enreda recordándole cuando estuvo enfermo y lo curó y otra vez que se sienta mal, con lo cual le convence que le dé “la dosis de siempre”.

Pasamos a una secuencia en la azotea con Nancy y Víctor (insinuaciones lejanas y sin palomas de una escena en “Nido de ratas”). De interés porque cantan a dúo Alberto Vázquez y Patricia Conde, algo no tan familiar en el caso de ella. La melodía es “Enamorado de ti”. Hablan de que están cansados de verse a escondidas; y ella de que quiere tener dinero, salir de ese lugar, de ahí los atracos. Le conmina a que entre a la banda. Aparece el papá, borracho, como siempre, “se me acabó el combustible”, señala. Nancy lo mira y expresa, “ves, no quiero vivir así”. (Víctor le dará unos pesos para que se compre su botella.)

En la siguiente secuencia se nota algo de artesanía en la narración y montaje. Del sótano en que Daniel determina los preparativos para el golpe, se salta a la comisaría donde los encargados de la farmacia han ido a declarar acerca del robo. De ahí, vuelta a la guarida donde Ana y “el Muecas” les aguardan. Daniel y cómplices, incluido Víctor, entran, se disponen a repartirse la ganancia. Víctor se despide de inmediato, insiste  que su parte se la den a Nancy. “El Muecas” clama porque lo dejen participar, “tienes que probarme” insiste a su jefe Daniel, éste saca una pistola de su estuche, la carga, le explica que necesita pasar tres pruebas, le da vueltas al cargador, se la entrega, le comunica que la primera es ésta, que se la ponga en la sien. “El Muecas”, temeroso, nervioso, la agarra, los otros le observan. Aprieta el gatillo. Rueda al suelo. Los demás ríen. La bala era de salva, pero de todas formas es un antecedente de lo que será el desenlace.

Otra canción. Daniel/César Costa, vestido de blanco, se avienta el “Hotel de los corazones rotos”. Están en el amplio jardín de una mansión, con alberca. En el contorno los miembros de la banda, en parejas. Nancy y Víctor; “el Zurdo” y Juan, unos que vimos en el número bailable de la calle, y otros. En una silla-hamaca, Ana detrás de Daniel. Al terminar la canción se sienta a su lado, toma una pose entre Casanova y Gordolfo Gelatino, habla de sus sueños cuando tenga mucho dinero. A su vez, “el Zurdo” se burla de Juan, que ya le bajaron a Nancy; éste se levanta, va por ella, quien lo rechaza.

Interior de un banco. “El Muecas” vigila las acciones de un cliente. Afuera Víctor voltea. En la esquina, los otros dos fingen que arreglan la motocicleta. El cliente sale, “Muecas” hace la señal, Víctor la repite, el cliente lleva un maletín en la mano, la moto pasa a su lado y el de atrás se lo arrebata. Prosiguen su marcha.

Dentro de su despacho, el comisario Fuentes (Julio Alemán) diserta de la “banda de las motos”. En la farmacia habían encontrado una medalla al mérito escolar. Les pide a sus ayudantes la rastreen. El director de la escuela (José Baviera) les informa de qué ciclos escolares son y que cuarenta y cinco alumnos la ganaron ese año; les da la lista.

En la guarida, Daniel alista el golpe, da instrucciones, lanza dos de sus frases, “Lo que me falta de músculo me sobra de cerebro”, “¿Cuándo han visto que un general pelee en las batallas?”. Será la segunda prueba para “el Muecas”.

De nuevo en la comisaría, han revisado la lista y tienen el nombre de Víctor. Juan y Nancy en el sótano.  Juan (Oscar Madrigal) canta “Moonriver”, la letra es aceptación de que la ha perdido; ella envuelta en la oscuridad, con close ups para resaltar sus ojos y cara. Entra Víctor (en la copia que vi, aquí hay un plano de él, que se nota agregado con una foto fija, quizá se quemaron los fotogramas). Víctor y Nancy se quedan solos, él habla de vivir juntos, de trabajar, de terminar sus estudios; ella que odia la miseria, que necesitan dinero; le platica lo que le sucedió a su papá, la muerte de su mamá: el papá ayudó a abortar a una mujer, lo acusaron, le quitaron la licencia de médico. Él añade, “por no perderte, haré lo que quieras”. Se besan, se recuestan.

Afuera de la gasolinería (en la colonia Vertíz Narvarte), los de la banda están a la espera de Víctor en el coche, se les va a pasar el tiempo; deciden lanzarse. Nancy y Víctor se dan cuenta de la hora, se aprestan a salir. Ana es la carnada, se asoma con el encargado que está dentro. Cuando le abren, se meten los demás. El encargado se defiende, aparece un policía. Hay disparos. Al “Muecas” le pegan uno. Víctor y Nancy llegan en el automóvil.

Entran a la guarida. Daniel se enfurece al enterarse lo acontecido. Decide cargar al “Muecas” a que le extraiga la bala su papá. Lo obliga, le ha llevado una botella de premio. “Soy tu padre, no me enorgullezco”, le arroja su papá. Trae sus instrumentos, muestra el pedazo de metal que ha sustraído, “para que sigan haciendo maldades”. “El Muecas” está feliz en su lecho de dolor porque ya es de la banda, cae desmayado. Nancy se queda a cuidarlo, le ha afectado la cercanía de la muerte, se le ha reblandecido el corazón, ahora está a solas con su papá. Quiere decirle que está enamorada, lo que siente. Y el papá lanza, “a veces es tarde para hablar.

Vendrá el castigo contra Víctor por haberse quedado dormido. Juan se desquita, lo golpea. Los policías irán a buscar a Víctor. Su tía los recibe. Nos enteramos que sus padres murieron hace años, ella lo cuida; reafirma que es estudioso y trabajador. Entonces él entra, trastabillando, viene magullado por los golpes. Se niega a hablar. El comisario le recomienda lo vaya a ver.

Fernando Soler en una cantina. Su hijo Daniel va a sacarlo porque “el Muecas” ha recaído. Le compra una botella de cognac. Se arma una discusión, le pegan al papá y Daniel le defiende de inmediato; entra la banda, se produce una batalla campal.

En su casa Daniel se conduele de su papá. Siguen unos diálogos de raigambre trágica para avisar porque se volvió así. El papá habla de aquellos que de un fracaso sacaron su odio, que se quieren desquitar de la sociedad por lo que le hicieron al papá. Y Daniel, “recuerdo la casa que teníamos, el bienestar que gozábamos”, “me lo quitaron todo, ahora me lo van a devolver”. “Eras mi Dios”.

Nancy y Víctor conversan sobre acudir a la policía, irse lejos, olvidarse de todo eso (“donde estés tú, ahí quiero estar”). Van a ver al comisario. Hablan de la banda. El comisario cuenta que tiene un hermano –generalmente en estas películas había una causa semejante por la cual unos luchaban para que otros no cayeran en lo mismo-. Les dice que es su última opción. Juan los ve salir de la Delegación.

En la cafetería, la Sonora Santanera interpreta “La boa”. Si algunas de las canciones están incorporadas con poco sentido, ésta más (aunque, es obvio que estaba de moda y le añadieron un espacio), pues se supone es un local de jóvenes que les gusta el rock y similares, y no es un espacio para conjuntos tropicales y grandes. Está fuera de contexto,  y en la trama sólo sirve para que al rato “el Muecas” diga que estaba con una muchacha de buen ver, una que está al frente de la Sonora y baila (no es Sonia López), y él se lanza al ruedo a danzar con ella.

Juan le avisa a Daniel que vio a su hermana y Víctor salir de la Delegación. Daniel se entera que son novios. Ella entra, la cachetea. Sueltan parlamentos de melodrama conveniente. A su, “eres una perdida”, ella replica “soy una mujer enamorada”. Al voltear a ver al papa y cuestionarle porque no hace algo, éste contesta, “porque no soy nadie”.

Vendrá la secuencia climática, precedida elegantemente por la interpretación de Oscar Madrigal de “Ruby baby” (uno de sus “hits” de entonces), al vaivén de un número bailable con “el Zurdo” y Ana, el cual contiene rezagos del “Good morning” en “Cantando bajo la lluvia” (para que se vea que los guionistas le sabían.) Concluyen el número tirándose al piso.

Daniel irrumpe. Se dispone a organizar un juicio contra Víctor, por traidor. Ingresan su hermana y Víctor. Juan será el abogado acusador, “el Zurdo” el defensor. Tras el remedo de juicio en que Víctor se asume culpable para salvarla y admite iba a irse, vuela otro diálogo propio de telenovela –y vendrán más-, “Lo hice por Nancy”.

El juez, Daniel, lo declara culpable. El verdugo será “el Muecas” -su tercera prueba- recién desempacado de “La Boa”. Cuando Daniel se apresta a darle la pistola de la vez anterior, “el Muecas” les quita el habla al sacar una que acaba de comprar con su parte del botín y dispara. Víctor cae. Los demás se asustan. Nancy se tira al suelo llorando. Daniel se da cuenta lo que sucedió. Corre por su papá. Víctor ante Nancy le dice, “quién podría morirse teniendo una novia como tú”.

El papá no acepta salvar a otra piltrafa, pero cuando se entera que es Víctor, acepta.

Ana, temerosa, quiere largarse. Daniel y su papá regresan. Su hija le pide, “¡Sálvalo, papá!”. Intercortes a todos. Les cae el veinte que es muy grave lo sucedido. Víctor muere.

Fernando Soler se avienta un sermón si se puede más moralizante y el mensaje sustentado de la película. “Ahora son unos asesinos”. “Son todo culpables, cobardes”, “Yo el primero”. (Hacia su hijo, con cara de compungido, de miedo) “Tú que arrastraste a estos”, “Moriste en el mismo instante en que te comieron el rencor y el odio”. “Cada quien cargará su culpa”.

Va al teléfono, marca a la policía. Se extiende, “Hace mucho que dejé de ser tu padre”. “Aquí estamos todos los asesinos”. Se oye la sirena de la policía. Entran.

Plano general en picado del sótano, el cuerpo de Víctor en medio, tirado. Y sigue el discurso: “Soy tan culpable como ellos”. Se acerca a su hijo. “Aún puedes volver a vivir, a ser un buen hombre”. Le pasa el brazo por  el hombro. Salen con la policía.

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2 comentarios en “La edad de la violencia: ejemplo de melodrama moralizante”

  1. patricia conde dice:

    quisiera me pudieran informar que paso con esta artista tan carismatica

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  2. pedro dice:

    nome gusta buuuuuuuuuuuu…!

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