Un tiro en la noche: el maestro John Ford*

Escrito por on jun 27th, 2010 y archivado en Destacado, Galería de vídeo, Galería fotográfica, Western. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

Un tiro en la noche: el maestro John Ford*

Acabo de ver una película de las que renuevan la fe en el cine y, de paso, en unas cuantas cosas más: El hombre mató a Liberty Valance (The man who shot Liberty Valance, 1962) (en México pasó con el título de Un tiro en la noche), de John Ford. Sus actores principales son John Wayne y James Stewart; los acompaña eficazmente Vera Miles; y tras ellos unas cuantas docenas de actores más oscuros, cuyos nombres olvidamos, que acaso no se proyectan sobre la pantalla, pero cuya labor es, ni más ni menos, perfecta, aunque sus figuras no estén más de cinco segundos en el lienzo.

Esta película de John Ford es, por supuesto un western. ¿Su argumento? Hace siete años. Precisamente en el Oeste, en California, escribí unas líneas de mi libro Los Estados Unidos en escorzo que podrían servir para contar esta película: “Los americanos han vivido durante decenios aislados, en mínimas agrupaciones urbanas, en granjas, ranchos, bosques, minas, puestos de caza, trazando caminos y ferrocarriles, luchando con los indios, haciendo avanzar las fronteras, contra éstos o contra la naturaleza. Han hablado poco, han estado reducidos a la familia o al pequeño grupo, al equipo –familia y equipo, las dos grandes fuerzas de la sociedad americana actual-; han tenido la solidaridad de los hombres aislados, que se regocijan ante la presencia del prójimo –una fiesta excepcional- y se prestan ayuda mutua. Y han afirmado la sociedad, porque era la compañía, el consuelo y la fuerza. La fuerza también: de un lado, la cooperación y la técnica; de otro, la lucha contra la insociabilidad, el desmán, el crimen. El americano ha tenido que afirmar la sociedad, es decir, las vigencias; y a éstas ha solido llamar –certera pero parcialmente- la Ley; esto es, la Ley vigente, la Ley con una mayúscula que es precisamente su fuerza, su vigor o vigencia, no un texto legal, cosa de teoría jurídica. En la L de la Ley americana iba incluido el revólver Colt –elpacificador’  o peacemakero el rifle Winchester; por eso la Ley americana tiene relativamente poco que ver con el ‘derecho’. Al dilatarse las fronteras de los Estados Unidos, hacia el Oeste, el Norte o el Sur, un poco detrás iba la Ley, es decir, tras los individuos americanos, la sociedad de los Estados Unidos, con todas sus vigorosas vigencias. Los individuos eran las descubiertas, las avanzadillas –los pioneers- de la sociedad”.

Si alguien se hubiera propuesto “poner en cine” este párrafo, el resultado ideal hubiera sido precisamente esta prodigiosa película de John Ford. Porque su tema es la Ley (James Stewart) y la fuerza (John Wayne), que terminan cooperando para que la primera sea Ley vigente –es decir verdadera Ley- y la segunda deje de ser “fuerza bruta” para convertirse en poder civil, en la transpersonal fuerza de la sociedad que se impone a la disociación, al desmán, a la violencia. James Stewart es un abogado del Este, lleno de fe en la Ley, que decide establecerse en un territorio de la frontera; su primer contacto con el nuevo país es el asalto de la diligencia en que viaja por unos bandidos, el jefe de los cuales, Liberty Valance, soberbio tipo de desalmado, lo deja medio muerto a golpes y latigazos cuando ha intentado defender a una mujer; hasta aquí, nada nuevo; pero frente a los libros de derecho del joven abogado, pisoteados por el bandido, éste proclama “la ley del oeste”; y James Stewart, que no tiene revólver ni quiere usar armas, se propone imponer la Ley y meter en la cárcel a Liberty Valance.

El desenlace es íntimamente irónico, con una moderada sorpresa previsible, uno de los más finos aciertos de la película. Toda ella es dura, conmovedora, sobria, llena de humor, divertida. Es además cine puro de principio al fin. No se explica nada: todo se ve, desde el momento en que James Stewart, senador canoso, que vuelve con su mujer al pueblo perdido de Shinbone, para el entierro de John Wayne, quita el polvo de la vieja diligencia arrumbada y aparece el letrero “Overland Stage Coach”: la misma en que llegó tantos años antes. Todo vibra, está animado, hace señas; no hay un metro de cinta que sea inerte, ni gesto baldío, ni un palmo de pantalla que no esté funcionando. John Ford vuelca sobre nosotros el cuerno de la abundancia: no pasan treinta segundos sin que nos dé un acierto, una belleza, un ingenio, una emoción; todo cae, en cascada, sobre el espectador. Es, tanto por su tema como por su ejecución, una película de la magnanimidad.

Confieso que estoy un poco harto de lo contrario, de la pusilanimidad y el encogimiento, del perpetuo gesto narrativo o displicente, del hilito de inspiración o de técnica que se desenvuelve penosamente a lo largo de una obra literaria, de pensamiento o de cine. Algunos autores consiguen contagiar de tal manera su pusilanimidad a los lectores o espectadores, reducen de tal modo su expectativa y su esperanza, que agradecen todo lo que se les da, por poco que sea, y se maravillan como la abuela ante la primera gracia del niño que empieza a  hacer pinitos. Cada cuarto de hora, John Ford da más que muchas películas colmadas de premios y saludadas con los ojos en blanco. Por eso he dicho que es un maestro.

Conviene recordar las jerarquías. Se debe atender a todo, conceder un margen de crédito a cuanto se ofrece, ser exigente con generosidad. Pero sin confundir las cosas teniendo, teniendo presente que una cosa es exprimirse el cerebro como un limón hasta que salgan unas cuantas gotas más o menos exquisitas, y otra rebosar de invención, de fuerza creadora, de ideas, de recursos, de oficio bien poseído, de maestría.

John Ford sabe dar dramatismo hasta a la cocina, donde los cocineros, la camarera y el lavaplatos improvisado – el abogado Ransom Stoddard, es decir James Stewart- llenan apresuradamente platos para su clientela, la fabulosa fauna del Oeste. Cada filete, con o sin patatas, con  más o menos guisantes, se convierte casi en un personaje. Y los tipos, pertenecientes a especies conocidas pero increíblemente individualizados, viven con aliento propio en la pantalla, y salimos del cine acompañados por un tropel tumultuoso e inolvidable. En mitad de la escena más dramática no olvida los detalles, incluso los cómicos, las eternas contrapartidas de la realidad, y todos vienen a insertarse en  su lugar justo, sin distraer, sin “recrearse en la suerte”, sin interrumpir la fluencia –musa del cine-, sin hacer “carambolas” de lucimientos a costa del espectador y, claro está, del cine mismo.

Y por si fuera poco, John Ford deja flotando una estupenda lección de moral sin sermones ni moraleja: la que se desprende siempre que se presenta la vida humana dejándola ser lo que es, recreándola desde la libertad.

(Texto publicado el 17 de noviembre de 1962 y recopilado en el libro “Visto y no Visto: Crónicas de Cine, Tomo 1”, editado por Editorial Guadarrama de Madrid, en 1970, de donde se ha tomado para la sección de Crítica perdurable. “Un tiro en la noche” que es como se conoció desde su estreno esta obra maestra de John Ford “El hombre que mató a Liberty Valance” y la cual es posible conseguir en DVD o verla en alguna de las proyecciones de que ella está haciendo el canal de televisión City Stars”.

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