El caballero del desierto: The westerner con Walter Brennan como el juez Roy Bean

Escrito por on jun 24th, 2010 y archivado en Destacado, DVDver, Galería fotográfica, Western. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

El caballero del desierto: The westerner  con Walter Brennan como el juez Roy Bean

A los pocos días de haber disfrutado, a finales de 1959,  de ese gran western de Howard Hawks “Río Bravo” y en particular de la actuación de Walter Brennan, como el simpático anciano Stumpy, ayudante del sheriff John T. Chance (John Wayne), acudí al cine Alameda a ver un programa doble integrado por “Río Rojo”, protagonizada por John Wayne y Montgomery  Clift, así como  “El caballero del desierto” (The westerner, en España conocida  como “El Forastero”) la cual se había anunciado en el periódico simplemente como una película de Gary Cooper, pero sin embargo quién se la “robaba”  era, precisamente, Walter Brennan en su estupenda caracterización del mítico Juez Roy Bean.

Resulta obvio, por la introducción, que mi asistencia a ese programa doble era simple y llanamente por tratarse de dos westerns, sin tener mayor idea en que estaba ante dos clásicos del género, esa conciencia vendría más tarde, al dejar la pubertad y en la adolescencia procurar adentrarme más en el conocimiento del cine y constatar, con el tiempo,  que muchas de mis cintas favoritas como mero espectador, estaban valoradas positivamente por la crítica y el público en general, así que en esa época de lo que disfrute fue del duelo de actuaciones de Brennen y Cooper.

A pesar de su poca acción, pues salvo una pelea a puñetazos entre Cooper y Foorest Tucker, un enfrentamiento del grupo de los ganaderos contra los agricultores, a los cuales les quemaban sus cosechas y el duelo final en un teatro entre el juez Roy Bean y Coloe Hardin (Gary Cooper), el interés en “El caballero del desierto” se centraba en los enfrentamientos verbales entre Roy Bean y el vaquero Hardin, razón por la cual es sencillo ubicarla en un análisis histórico del desarrollo del género como un western a “caballo” entre el tradicional o clásico y lo que Bazin definió como el superwestern que se da en los años cincuenta, en tanto que por centrarse en las motivaciones y definición de los caracteres de los personajes principales, da la sensación de avergonzarse de ser simplemente un western y busca darle profundidad a los conflictos psicológicos  en juego.

Si bien el personaje del juez Phantly Roy Bean, interpretado magníficamente por Walter Brennen, quién ganó su tercer Oscar de mejor actor secundario, precisamente por su labor en “El caballero del desierto”, vivió efectivamente y ejerció como juez de paz, a finales del siglo XIX, en el condado de Langtrey, lo que vemos en la película dirigida por William Wyler es una recreación del carácter del personaje, pero lo narrado en el film es casi un 98% ficción, pues si bien mantenía una obsesión enfermiza por la actriz Lily Langtrey, no hay evidencia de que la hubiera visto en “vivo” en alguna ocasión, ni que su muerte se diera de manera violenta en un enfrentamiento como el que vemos en “El caballero del desierto” con el vaquero Harding (personaje de ficción), ya que Roy Bean murió, pacíficamente, en su cama después de una tremenda borrachera el 16 de marzo de 1903. El juez Roy Bean ha sido utilizado de similar manera en otros westerns en que se toma más el nombre del personaje, que su realidad histórica. (Más abajo pueden leer la biografía del juez Roy Bean conforme la publica Wikipendia, la enciclopedia libre).

Es por ello que como diría John Ford lo que vale de la cinta de Wyler es la impresión de la leyenda y no la verdad histórica de lo que se cuenta.  Se trata de un western que conforme transcurre el tiempo, gana más en la apreciación que sobre él se pueda tener y sobre todo si se ve en reiteradas ocasiones, pues ahora que lo hemos podido revisar, después de descargarlo del sitio vagos.es donde la encuentran con el título de “El forastero”, con el cual se conoce en España, confirmando que mantiene sus virtudes y que al calor de una revisión de los westerns de William Wyler, en particular “Horizontes de grandeza”, el cual ya comentamos en este mismo sitio, es fácil ver la mano del director, baste señalar que el pleito a puñetazos entre Cooper y Tucker, sirve de fiel antecedente del renombrado entre Gregory Peck y Charlton Heston en la posterior “Horizontes de grandeza”, pues igualmente se prescinde de la música para desdramatizar la acción y quitarle cualquier sentido épico, así como se evitan los close-ups y la cámara se mantiene en planos medios y amplios, para evitar hacer matizaciones sobre la acción, aunque la única diferencia es que en “El caballero del desierto” el pleito se da a la vista del grupo de los agricultores, a plena luz del día y en “Horizontes de grandeza”, en las sombras de la noche y sin testigos, pero basta checar estas dos escenas para encontrar en ellas la mano del mismo director William Wyler.

José María Artesté en su interesante libro “Pero…¿Dónde está Willy?: En busca de William Wyler”, al abordar este film nos señala: “Sin duda, el juez Roy Bean es uno de los personajes legendarios del Oeste Americano, a semejanza de Buffalo Bil, el genera Custer, Billy el Niño, Jesse James, el indio Gerónimo, Toro Sentado o Wyatt Earp. Una popular canción escrita por  Charles J. Finger contribuyó a difundir su leyenda. La película de Wyler también es una contribución nada desdeñable al aura legendaria del personaje. El film no sigue las pautas de un historiador empeñado en hacer un retrato lo más exacto posible del personaje en estudio. Se toma las libertadas necesarias para hacer un personaje atractivo y complejo, lleno de contradicciones, que aplica la ley de un modo peculiar en su territorio. No deja de ser curioso que el personaje de Cole Hardin resulte más verosímil, aunque sea totalmente de ficción; mientras que el personaje legendario es realmente el histórico. En cualquier caso, desde el momento en que nos encontramos ante un western, género que se presta al relato de hechos heroicos en tono épico y mitificador, hay que admitir ese distanciamiento de los hechos reales. Aún así, algunos críticos destacaron el tono realista del film en detalles como que las armas debían ser recargadas tras dispararse”.

“Para abordar al personaje del juez Roy Bean se escogió como telón de fondo uno bastante clásico: las disputas por las tierras entre ganaderos y colonos. Los primeros las necesitaban para disponer de pastos para las reses. Los segundos cultivaban allí con la esperanza de recoger buenas cosechas. Para evitar que el ganado pisoteara lo sembrado, los colonos cercaban la tierra con alambradas. La alambrada se convirtió en el lejano oeste en el símbolo del enfrentamiento entre ganaderos y campesinos. Cuando podían, los dueños de las reses iban provistos de alicantes para cortar el alambre de espino. El film de Wyler se inicia precisamente así. Tras unos títulos que resumen someramente la vida del juez Roy Bean, el espectador asiste a un enfrentamiento entre los dos bandos. Los vaqueros toman prisionero a un campesino y lo llevan a presencia del juez, que dictamina que merece la horca, pues nunca se oyó que en Texas hubiera cercas de espino, y nunca debe haberlas”.

“El personaje del juez Roy Bean queda definido enseguida por su amor platónico hacia la actriz Lily Langtry. Su saloon está completamente   empapelado de fotografías y recuerdos de la cantante, y cuando un forastero manifiesta que pudo asistir a una función suya y no lo hizo, es expulsado sin contemplaciones. El posible absurdo que podría parecer amar a quién no se conoce, lo justifica el juez de un modo poético. Tampoco se conocen el sol, la luna, las nubes, y nadie dirá que no son bellos”.

“El film valió a Walter Brennan su tercer Oscar; su papel era el principal, como reconocía el propio Gray Cooper: <no puedo entender para que me necesitaban en esa película. Yo tenía una parte muy pequeña.> El personaje dej juez Bean no podía caer mal. Tenía múltiples matices que lo hacían atractivo: un amor imposible, una simpatía innata, una facilidad verbal atractiva. Era malo, pero sin malicia; un personaje de leyenda, la única ley que había conocido Pecos hasta ese momento. Gary Cooper interpretaba al bueno, al  <jinete solitario cuyo hogar era la ancha pradera>, el que verdaderamente impartía justicia. Pero era más frío que Bean, se hacía menos simpático. Sin embargo Wyler, con ayuda de los guionistas y los actores supo bosquejar una relación interesante entre estos dos personajes”.

Larry Swindell en su libro “El último héroe: una biografía de Gary Cooper” da cuenta de que la solida amistad entre Walter Brennan y Cooper databa desde los tiempos en que los dos se ganaban la vida buscando trabajo de extras a caballo en las películas mudas de los años veinte, razón que influyó para que el larguirucho cowboy y gran estrella de Hollywood se tomara con calma el hecho de Brennan se luciera en el papel del juez Roy Bean y que en rigor fuera el protagonista, desbancando a Cooper, quién en las declaraciones públicas se tomara con buen humor el hecho de que Brennan se “robara” la película.

Para terminar este acercamiento a “El caballero del desierto” cedámosle la voz a Quim Casas, quién en su libro “Películas clave del western” nos comenta:   “El film tiene tanto elementos de cine primitivo como de relato moderno. En cuanto a lo primero, destaca la obsesión de Wyler por dotar de una pátina naturalista a cada uno de sus encuadres, tanto en los elementos  accesorios (vestimentas, grandes sombreros propios de los westerns mudos, pistolas de cañón muy largo, mesas que no son más que un tablón colocado entre dos barriles de licor) como en los aspectos anecdóticos que entran en escena (el juez le dice al forastero que el whisky derramado puede comerse la madera, una información nada gratuita sobre la alta graduación de la bebida que se consumía en aquellos tiempos  y aquellos lugares). En relación con su modernidad, la propia definición del personaje de Bean, siempre mucho más interesante que el de Harden , y la relación platónica que establece con la actriz, siendo capaz de desplazarse hasta el teatro en que actúa –y comprar todas las localidades para poder verla en solitario- aun sabiendo que allí será detenido, convierten a El forastero en una película avanzada para su época. Funciona por igual con arquetipos como con la reconversión de los mismos, con sus momentos reconocibles y situaciones sorprendentes: durante el tiroteo final entre Bean y Harden en el teatro vacío, las balas de ambos impactan en los instrumentos abandonados por la orquesta en su precipitada huída, de modo que el duelo se reduce a una sinfonía de sonidos secos y percutantes. La película está tan adherida a la paisajística propia del género como a la influencia nada indisimulada de los clásicos soviéticos: la secuencia de los colonos rezando en los maizales podría ser de Dovjenko, con esa plástica tan personal que conseguía el director de fotografía Gregg Toland gracias a sus ideas sobre la profundidad de campo y la capacidad para dar relieve a los espacios vacíos, como demostraría en otras dos películas que iluminó casi al mismo tiempo, Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath, John Ford, 1940) y Ciudadano Kane (Citizen Kane, Orson Welles, 1941).”

“A todo el entramado –agrega Quim Casas- de elementos previsibles e inesperados no debió ser ajeno Niven Bush, uno de los guionjistas acreditados en el film. Según el escritor, <toda la estructura de su trama es mía. La cuestión de fondo era que Goldwyn había comprado un tratamiento a grandes rasgos de diez páginas con una idea sobre Roy Bean, el juez ahorcado. Entonces contrató a Jo Swerling, que era un buen escritor de diálogos, un libretista musical y un tipo muy divertido. Pero Swerling no tenía ni idea sobre tramas. Y no tenía ni idea del Oeste. Así que Goldwyn estaba buscando a un escritor que pudiera arreglarle la papeleta (…) De forma que saqué adelante la trama. Swerling y yo tuvimos una colaboración muy productiva. Yo en realidad no le caía bien, pero hicimos un  gran trabajo  juntos. Walter Brennan se sumó con algunas buenas ideas; si me quedaba atascado, bajaba corriendo al camerino de Cooper y él me lo solucionaba. Cooper todo un pozo de información sobre el Oeste>. Así de bien se escribían los guiones en aquellos años, aunque conviene recalcaqr que no todo lo relatado en la película se ajusta a la realidad”.

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Apéndice

La biografía del Juez Roy Bean en Wikipendia, la enciclopedia libre

Phantly Roy Bean, llamado “el juez de la horca” (c. 1825 – 16 de marzo de 1903) fue un personaje del Far West, dueño de un saloon y autoproclamado juez que se hacía llamar a sí mismo “The Law West of the Pecos” (“la ley al Oeste del Pecos”). Según la leyenda, el juez Roy Bean celebraba los juicios en su saloon, situado al oeste de Texas, en un tramo desolado del Desierto de Chihuahua a lo largo del Río Grande.

Primeros años

Roy Bean nació en Mason County, Kentucky alrededor de 1825, aunque algunos documentos sugieren que nació en 1823. Era hijo de Phantly Roy Bean senior (21 de noviembre de 1804 – 13 de junio de 1844) y de Anna Gore. Sus abuelos paternos eran Benjamin Bean y Fernetta Johnston, nacidos ambos en Virginia.

A los 15 años Roy se fue de casa, buscando aventuras en el Oeste y también para seguir a sus dos hermanos mayores, Sam y Joshua. Con su hermano Sam viajó en ferrocarril por lo que más tarde sería Nuevo México, después cruzaron el Río Grande y establecieron una oficina de correos en Chihuahua, México. Tras asesinar a un lugareño, Roy marchó a California, donde permaneció con su otro hermano Joshua, el cual llegaría a ser el primer alcalde de San Diego.

Roy trabajó de camarero en el saloon de su hermano, “The Headquarters”. El 24 de febrero de 1852, Roy fue arrestado tras herir en un duelo a un hombre llamado Collins. Escapó el 17 de abril, y cuando su hermano Joshua fue asesinado unos meses más tarde, Roy volvió a Nuevo México, donde su hermano Sam había llegado a sheriff.

Roy siguió atendiendo el saloon de Sam durante varios años e incrementando sus ingresos mediante el contrabando de armas mexicanas destinadas al Ejército de la Unión durante la Guerra Civil Estadounidense.

Matrimonio e hijos

El 28 de octubre de 1866, Roy se casó con una mujer mexicana, María Anastacia Virginia Chávez (c. 1845 – 26 de noviembre de 1922). Se establecieron en San Antonio, Texas, y tuvieron cinco hijos:

Durante la década de 1870, Roy mantuvo a su familia de 5 hijos vendiendo de puerta en puerta madera para encender fuego y leche aguada. Sus prácticas de negocio terminaron ganándole a su vecindario de San Antonio el apodo de Beanville.

En 1882, la línea de ferrocarril de Galveston, Harrisburg y San Antonio contrataba personal para enlazar San Antonio con El Paso. Abandonando su matrimonio y sus negocios ilegales, Roy marchó a Vinegaroon, una ciudad-dormitorio al final del trayecto, para trabajar una vez más de camarero sirviendo whisky a los obreros del ferrocarril.

Juez de paz

Las autoridades del condado, ansiosas de establecer algún tipo de defensa de las leyes locales, lo nombraron juez de paz del condado de Pecos. Roy se mudó a una pequeña ciudad situada al norte de Vinegaroon, en un peñasco sobre el Río Grande, llamada Langtry (en honor de George Langtry, un jefe de ferrocarril que había conseguido que las vías de la Southern Pacific llegaran hasta allí).

Sucedía que el nombre también se correspondía con el de una bella actriz británica, Lillie Langtry. Roy había leído de ella y quedado prendado. Roy construyó un saloon (en el cual también viviría) al que llamó el Jersey Lily (nombre artístico de la actriz). Colgó un cartel deshilachado de miss Langtry detrás del bar, y sobre la puerta letreros que decían “CERVEZA HELADA” y “LA LEY AL OESTE DEL PECOS”. Desde allí, Roy Bean despachaba licor, justicia y contaba historias, como la de que era él quien había puesto nombre a la ciudad en homenaje a la actriz.

Fue elegido en el cargo en 1884 y reelegido muchas veces.

Sus métodos para impartir justicia eran arbitrarios y cómicos e inspiraron muchas anécdotas e historias extravagantes:

* El equipamiento de su juzgado consistía en un revólver, un libro de leyes y su oso mascota (probablemente inofensivo, pues según parece le encantaba la cerveza).

* Se cuenta que una vez encontró muerto a un hombre que llevaba una pistola y $40 en el bolsillo… y decidió ponerle al cadáver una multa de $40 por llevar un arma oculta.

* No sabía casi nada sobre Derecho; según dicen, pensaba que el habeas corpus era un paganismo. Al celebrar ceremonias de boda, siempre terminaba la celebración diciendo “Y que Dios se apiade de vuestra alma”.

* Uno de los fallos más extravagantes de Bean ocurrió cuando un irlandés fue acusado de asesinar a un obrero chino. Los amigos del acusado amenazaron con destruir el Jersey Lily si lo declaraban culpable. Iniciada la sesión, Bean pasaba las páginas de su libro de leyes buscando un precedente legal. Finalmente, agarrando su rifle proclamó, “Caballeros, la ley es muy explícita por lo que se refiere al asesinato de vuestro compañero, pero aquí no se dice nada sobre el asesinato de un Chinaman. Caso cerrado.”

* Su saloon estaba situado cerca del ferrocarril, donde los trenes paraban 10 minutos para repostar, parada que los viajeros aprovechaban para bajar a tomar una cerveza. Un día, apremiado por la marcha del tren, un viajero pagó su cerveza de 30 centavos con un billete de $20. Viendo que no le devolvían el cambio, se impacientó y trató a Bean de ladrón, el cual igualó las cuentas imponiéndole una multa de $19,70 por insultos a la autoridad.

* En 1896, Bean organizó un combate del campeonato mundial de boxeo entre Bob Fitzsimmons y Peter Maher en una isla del Río Grande porque los combates de boxeo eran ilegales en Texas. Las noticias deportivas que siguieron difundieron la fama de Bean por todo EE.UU.

Por lo que respecta a Lillie Langtry, nunca llegó a conocerla, aunque él afirmaba lo contrario. Le escribió muchas veces y de hecho recibió respuesta. Por desgracia para él, miss Langtry no visitó la ciudad hasta 10 meses después de su muerte.

La leyenda retrata al juez Roy Bean como a un justiciero sin piedad, muchas veces llamado “El juez de la horca”. Pero este título parece corresponderle mejor a Isaac Parker de Fort Smith, Arkansas, quien entre 1875 y 1896 sentenció a la horca a 160 personas (156 hombres y 4 mujeres). En su libro “Judge Roy Bean Country,” Jack Skiles afirma que aunque Bean amenazaba con ahorcar a cientos, “no hay indicios de que el juez Roy Bean llegara a ahorcar a alguien”.

El juez Roy Bean murió pacíficamente en su cama tras una borrachera, el 16 de marzo de 1903. La leyenda posterior aseguraría que fue asesinado en el porche de su saloon por un forajido mexicano. Fue enterrado en el Whitehead Museum, en Del Río, Texas.

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