Director. Nació el 1 de julio de 1902 en Mulhouse (Alsacia), entonces provincia alemana, y ahora francesa. Pertenece a una familia suiza de raza hebrea, cuyo padre estaba dedicado al comercio de camisería al mayor, y a cuyo negocio quería dedicar a su hijo. Estudia en la escuela de Mulhouse, hasta 1918, y al pasar a poder de Francia, la familia se traslada a Lausana (Suiza), en cuya escuela superior de Comercio sigue los cursos de esta especialidad. Su padre le envía a París, encargado de la venta de cien mil camisas y con el propósito de que perfecciones su oficio. Pero Wyler se interesa por el teatro y por la música, y sigue estudios musicales en el Conservatorio de París, en 1920. Por aquellas fechas conoce en Zurich al primo hermano de su madre Carl Laemmle, judío suavo, que desde sastre había llegado a ser el dueño de la gran productora Universal. Le ofrece trabajo en sus estudios y, en 1921 marcha a Hollywood. Como suele suceder con los nuevos emigrantes, protegidos por los antiguos residentes en un país, Laemmle le hace empezar por los más humildes oficios, comenzando por escribiente y siguiendo por empleado en la publicidad, asesorista, secretario de producción y, al fin, ayudante de director. Se le encarga algún cortometraje del Oeste y, durante varios años, hace más de cien. Es su aprendizaje. En 1928 comienza a hacer largometrajes, siempre en el western y de segunda categoría.
Desde 1930 comienza su ascenso con La tempestad, y luego una serie de películas psicológicas, muy bien realizadas, que le sitúan como uno de los primeros directores norteamericanos y mundiales. Entre sus mejores films figuran adaptaciones cinematográficas de las obras teatrales de la gran comediógrafa Lillian Hellman, comenzando por Esos Tres o Infamia, película extraordinaria por su precisión, tensión dramática y una oscura y desesperada poesía. Ya está aquí la característica principal de Wyler, respecto a su temática preferida, vinculada a un estudio psicológico con trascendencia social acusatoria. Estos mismos valores están magníficamente desarrollados en otra obra de Hellman, Punto muerto, que es una de las mejores películas que se han hecho sobre la infancia abandonada y delincuente. En Jezabel, Bette Davis hace uno de sus grandes personajes, la película es ya un alarde de estilo, aunque no con la plena unidad de las anteriores. Cumbres borrascosas es uno de sus máximos éxitos mundiales, con ese clima tenso, de tonos sordos y oscuros que salvan el folletín de la obra originaria. La loba es otra de las grandes creaciones de Bette Davis, bajo su dirección, y la película ya tiene el estilo peculiarísimo de Wyler, conserva casi íntegro el diálogo de la obra teatral de Hellman, pero el realizador profundiza con ese estilo más allá de la textura teatral, para expresar todo un mundo de psicologías y de hechos, por medio de la cámara. La señora Miniver o Rosa de Abolengo, es una bella película sobre el valor civil de los ingleses, durante la segunda guerra mundial. Tiene algún momento fácil y muchos excelentes; fue uno de sus mayores éxitos.
Pero la guerra alcanza a Estados Unidos, y Wyler es movilizado, en julio de 1942, comko Mayor de las Fuerzas Aéreas, en la sección cinematográfica, pasando dos años en Inglaterra y en Italia. Hace dos documentales de guerra, algunos extraordinarios, como La bella de Memphis. Con el desembarco en Europa, pasa a la infantería y toma parte en la reconquista de su Alsacia natal; recibe varias condecoraciones norteamericanas y francesas, por méritos de guerra. Desmovilizado realiza otra de sus máximas y más célebres películas: Los mejores años de nuestra vida. Se trata del problema de la readaptación de los hombres que vuelven de la guerra a la vida normal de su país, tema que ha sido ya magníficamente abordado por los novelistas norteamericanos de la llamada ‘generación perdida’. Este film puede ser el resumen de Wyler, con sus méritos y sus debilidades. Todo su estilo, tan personal, está llevado a su cúspide, y el tema está tratado con su objetivismo apasionado, su tensión y sus efectismos. Es una protesta, efectivamente, pero también se habla del confort y los frigoríficos como signos de una vida mejor, frente a un tema de tal importancia; fue premiado con varios Oscars. Después hará La heredera, pero sobre todo Brigada21 (en México La antesala del infierno), en el ambiente policiaco de una comisaría, con pocos y reducidos decorados, donde se mueven hombres que son psicologías desnudas. Pero es también una acusación contra la intransigencia, la cerrazón mental de unos grupos para los que la justicia es una venganza. Hay una evidente alusión al clima creado por las campañas de McCarthy en aquellos años. Uno de sus mejores films. Después, el cine espectacular, con una nueva versión de Ben Hur; comedias ligeras, como la fina y graciosa Vacaciones en Roma (La princesa que quería vivir) –con nuevos Oscars y la consagración de Audrey Hepburn-; films policiacos como El coleccionista, Como robar un millón y…; el musical, con Funny girl… Sus grandes obras quedan atrás.
Wyler ha traído al cinema aportaciones importantes, que son también limitaciones. “He pretendido siempre –dice- dirigir mis films sin tener en cuenta mis sentimientos, ni mi propia concepción de la existencia”. De este objetivismo total parte toda una concepción cinematográfica. Cree que la expresión fílmica ha de centrarse en el actor, lo que, al fin, viene a ser una concepción teatral. Wyler tiene preferencia por las adaptaciones procedentes del teatro, precisamente por esta razón. Ello hace posible la contextura de su estilo, basado en lo que después se llamará el plano-secuencia. Apoyado en el iluminador Gregg Toland y su pan foco, que Welles desarrolló tan plena y magníficamente en El Ciudadano Kane, funda su estética cinematográfica en la cámara y en la toma de vistas, llevadas en profundidad. Renuncia al artificio de los planos, porque la acción dramática y psicológica adquiere su plena flexibilidad, eficacia y, sobre todo, realismo por medio de las tomas de vistas largas, donde las sucesivas acciones se presentan simultáneamente. Explica: “He tenido largas conversaciones con mi operador Gregg Tolan. Decidimos buscar un realismo lo más simple posible. La facultad que tiene Gregg Toland de pasar sin dificultad de un plano a otro del decorado me ha permitido desarrollar mi propia técnica de realización. De este modo puedo seguir una acción evitando los cortes. La continuidad que así se obtiene hace los planos más vivos, más interesantes para el espectador que puede estudiar cada personaje a su gusto, y hace por sí mismo sus propios cortes en planos”. Esta técnica de Wyler es la que seguirá en cierto momento hitchcock, con su T.M.T., el ruso Room, luego Antonioni, y muchos realizadores modernos, filmando cada escena lo más continuamente posible. Las películas de Wyler tienen, así, muy pocos planos, generalmente la mitad de los empleados corrientemente en su época. Pero ello es posible siempre que la acción esté centrada en un solo lugar y en un tiempo único. Cuando ambos cambian, el procedimiento se va haciendo imposible. Sin embargo, es plenamente utilizable, con gran eficacia dramática, cuando la unidad de lugar y tiempo lo permite, y da a la acción simultánea una multiplicidad de situaciones y acciones que no es necesario destacar con una planificación abundante. La televisión ha venido, también, a incidir posteriormente en esta concepción cinematográfica de espacios cerrados y tiempos muertos. Más, para mí, el gran valor de Wyler, en su mejor época, independientemente de sus aportaciones de estilo y forma, es su facultad de crear un clima y ambientes plenos de tensión y pasión, bajo la cutícula de un objetivismo que pretende ser implacable, documental. Y también la magnífica dirección de los actores, ese centro humano del film, en el que este realizador ve sus mayores posibilidades de expresarse y dirigirse a los públicos.
Texto recopilado en el libro LOS GRANDES NOMBRES DEL CINE, TOMO II de Manuel Villegas López, editado por Editorial Planeta, Barcelona en 1973.
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