Sam Peckinpah, ahogado en la violencia

Escrito por on feb 21st, 2010 y archivado en Crítica Perdurable, Destacado, Directores, Galería fotográfica. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

Sam Peckinpah, ahogado en la violencia

En pleno primer trimestre de 1974 se estrenaron en algunas capitales españolas sendas películas de Sam Peckinpah: La huída y Pat Garret y Billy the kid. Filmes que ponen de nuevo en el candelero a este famoso cineasta americano, actualmente una de las primeras firmas del cine mundial.*

Un hombre marcado

Samuel Peckinpah, por cuyas venas corre sangre indígena, nació en 1926, en la montaña que lleva su nombre en el estado de California. Cursó derecho y después se enroló en la Armada. Al regresar a USA se diplomó en Arte Dramático y comenzó a dirigir teatro. Contratado por la televisión en 1949, realiza diversas ‘series’, entre las que destacan Los perdedores con Lee Marvin y The westerner, éxito que le sirve para ser contratado por Hollywood. Y tras actuar como ayudante de dirección y guionista en la película de Donald Siegel, Invasion of the body snatcher (1956, exhibida en 1973 por TVE), escribe Gloriosos camaradas (1964) para Arnold Laven, y debuta como realizador cinematográfico en The Deadley Comapnions. Su prestigio internacional empezaría con Duelo en la alta sierra (1961), que significaba un aviso de renovación del western.

Sin embargo, Sam Peckinpah fue un hombre ‘marcado’ desde el primer día: los productores y la censura estadounidense ejercieron un control tácito de sus películas, mutilando o alterando sus  obras en el montaje. Eso le dio fama de cineasta maldito desde sus comienzos.

Crítica a través del Oeste

La razón de esta censura e inconvenientes industriales –a veces el excesivo metraje de sus películas- hay que buscarla mejor en la bilis que encierran sus guiones westerns. Peckinpah declaraba en 1970 que no había realizado un western en su vida, sino que sus historias estaban enclavadas en el Far West porque para ello le pagaban. No obstante , para cualquier crítico todos sus filmes son auténticos westerns de concepción, cuando no externa, a nivel de constantes. Lo que ocurre es que trascienden al género clásico.

Sam Peckinpah toma pie en unos temas del Oeste para pronunciarse acerca del hombre de antaño y su viejo sistema de valores en decadencia, estableciendo un paralelismo con el hombre contemporáneo y su nuevo y discutible sistema de valores. Así, Peckinpah se pronuncia sobre la sociedad de ayer y de hoy, mientras pone en la picota defectos de la ideosincracia norteamericana y del hombre en general: puritanismo, hipocresía, orgullo, triunfalismo, explotación, paternalismo, ambición, convencionalismos, miseria, sentido del amor y de la violencia… Para ello se sirve de unos tipos protagonistas o personajes secundarios-masa y de unas situaciones límite determinadas, que van fundidas en una historia del Oeste, lleno de ‘claves’ difíciles de aprehender –por la agudeza crítica e insinuaciones simbólicas-, si no se conoce al realizador y sus intenciones de fondo.

Western intelectual

Se ‘mutilado” Mayor Dundee’ (1964) y, sobre todo, sus piezas maestras Grupo Salvaje (1969 y La balada de Cable Hogue (1970) son la prueba más evidente de esa actitud.  Su desmitificación del Far West y el inicio y consolidación del western intelectual, que venía a renovar el prostituido género de los spaghetti “made in Italy…or Almería”, queda confirmada con sus siguientes declaraciones: “No me interesa el mito; sólo me interesa la verdad. Y el mito del Oeste se encuentra en la explotación de la gente que iba a conseguir tierra. Si se quiere hacer una película sobre el Oeste hay que hacerla sobre esta gente que iba y tenía tierra. Y que robaron y mataron a los ‘malditos’ indios. Pero eso lo cambié, o al menos espero haberlo conseguido, en mi Grupo Salvaje. Uno de mis propósitos al hacer esta película era romper el mito del Far West”. Pese a lo dicho, no ha tocado el drama de los indios.

Con todo, se aprecia en tales filmes –y luego mucho más en su maltratado Junnior Bonner una cierta nostalgia de ese mundo trasnochado y un canto al vaquero -¿una canción de gesta?- que rechaza el progreso, que no quiere insertarse –o no sabe- en el  “nuevo  orden”. Esta visión se plasma con sentido del humor y un pulso cinematográfico, a nivel narrativo y de creación que sitúan a Sam Peckinpah entre los mejores cineastas del momento.

Un ballet sangriento

No obstante la fama de Peckinpah se debe también en buena parte al carácter violento –no exento de toques eróticos más o menos gratuitos- de sus más recientes películas. Una violencia enajenante, narrada con perfección formal –a modo de ballet sangriento-, y utilizando en ocasiones el ralentí para crear sensaciones heroico-estéticas y hasta mitificadoras, si me apuran, de acciones condenables. El gran desmitificador “mitifica” a su vez. Sus recientes cintas, Perros de Paja (1971) y La huida (1972) menos logradas que las anteriores son harto significativas en este sentido.

El mundo de Peckinpah, su suficiente universo, es el de un “perdedor”, un hombre que se debate por encontrar un  medio de trasmitir a los demás un mundo propio, que acaso también es fruto del entorno que apresa a todos. De ahí que su obra gire sobre el mismo eje, pero sin hallar soluciones. Ofrece, más bien, un mosaico de desesperación individual y colectiva acerca de un mundo que destruye al hombre y que sólo considera superable por una violencia aún  mayor. La violencia como liberación…”No sé, todo es confuso y no se sabe qué es lo que hay que hacer- dice Peckinpah-. Estoy aprendiendo porque no tengo respuestas, sólo preguntas que hacer”. Es obvio que la visión plana de Peckinpah le ha situado en un agobiante callejón sin salida. Cuando conocí a Samuel Peckinpah en el Festival de San Sebastián me pareció ver en su rostro curtido, ceñudo y de expresiva mirada, a un hombre atormentado: un autor cinematográfico inteligente que busca una solución a su problema. Quizá cada filme signifique un paso adelante, aunque sin salirse del mismo círculo.

Mientras tanto el espectador se desconcierta, se apasiona o rechaza sus películas, disfruta con su buen hacer fílmico o sale del cine con el ánimo deprimido y el estómago revuelto. Los habituales excesos de Peckinpah son de algún modo compensados por su agudeza crítica –no siempre objetiva- y su singular impronta creadora. Pero últimamente su falta de medida hace que su envoltorio erótico-violento ahogue el contenido y reste vigor intelectual y profundidad a sus filmes. Con todo, su discutido y coherente Pat Garret y Billy the Kid (1973) culmen del “nuevo western”, nos devuelve en buena parte la confianza en este indio escapado del Far West.

*(Texto publicado en Aceprensa, el 6 de marzo de 1974, bajo el seudónimo de Jordi Clares y recopilado en el libro  EL CINE DE LOS AÑOS SETENTA de José Ma. Caparrós Lera, editado por EUNSA, en Pamplona, España)

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