Invictus: Clint Eastwood el director invisible

Escrito por Gilberto Calderón Romo on Feb 8th, 2010 y archivado en Destacado, Directores, Estrenos, Galería de vídeo, Galería fotográfica, Melodrama. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

Invictus: Clint Eastwood el director invisible

México, D. F. Febrero de 2010. Cuando uno ve una película como Invictus de Clint Eastwood (1930), lo primero  que piensa es si no podría inscribirse en el género de ciencia-ficción, porque eso de ponerse a contar de un tipo que estuvo en la cárcel 27 años por motivos políticos, sale y se encumbra a la presidencia de su país y en vez de emprenderla contra los racistas que lo recluyeron y cercenaron los derechos de su pueblo, se pone a trabajar en el perdón y la reconciliación y hace comprender que todos, blancos y negros, forman una nación, es algo que se antoja imposible.

Y si digo que eso –pese a que ocurrió en la realidad- nos parece increíble, una fantasía, es porque tenemos a la vista y en el patio ejemplos concretos de dirigentes políticos de todos los colores ideológicos, que no son más que unos pillos, ventajistas, delincuentes, mentirosos, cuando no resultan rematadamente imbéciles como el divino Vicente Fox Quesada.

Quien va a creer que estas personas son capaces de emprender hazañas con vistas al futuro, iniciativas que mejoren al país, cuando lo que hacen es sacar provecho del poder para beneficiarse en primer lugar, y luego a sus pandillas y corromper de paso, a los medios de comunicación que, en vez de comunicar, ocultan la verdad sobre las trapacerías de quienes les pagan.

De no ser porque la aventura de Nelson Mandela (1918) realmente sucedió, pensaríamos que se trata de un hermoso cuento de la casa Disney.

Quien sabe si Clint Eastwood se atrevería a filmar una saga sobre los políticos mexicanos y en qué género la montaría. Tal vez el recién homenajeado Federico Fellini podría ser capaz de lanzarse a tamaña empresa, pero ante esa imposibilidad determinada por su muerte, no nos queda sino inscribirnos como pupilos de la Universidad de la resignación.

Sudáfrica, el país del Cono Sur de África que está por organizar el Campeonato Mundial de Fútbol, fue escenario de la política conocida como el Apartheid, según la cual, la minoría blanca arracimaba privilegios y vivía separada de la mayoría negra carente de derechos políticos y civiles. El régimen era tan grosero, que buena parte de los países del planeta se negaron a mantener relaciones diplomáticas y económicas con aquel, de tal suerte que los sudafricanos no podían incluso, visitar muchas otras naciones, México entre ellas.

A fines del siglo pasado (1994), se suprimió el Apartheid y el país se abrió a la democracia representativa y se insertó en un plano de igualdad en el entorno global.

Clint Eastwood tomó para hacer su cinta, el argumento de la novela El Factor Humano de John Carlin (1956), que relata el tránsito de Sudáfrica a su nueva realidad. El arquitecto de la civilidad fue Nelson Mandela que dedicó sus afanes a dejar de lado los viejos agravios y desconfianzas para construir en muy breve tiempo, una nueva identidad social sobre el país que es el principal productor de diamantes del mundo.

El experimentado Morgan Freeman (1937) protagoniza el papel del emblemático dirigente y en tanto tal, se une al líder de la selección sudafricana de rugby Francois Pienaar (Matt Damon, 1970), con el propósito de que el equipo nacional conquiste el campeonato de la especialidad en la Commonwealth, en 1995. El objetivo se consigue y el pueblo sudafricano, como uno solo, se siente representado por y orgulloso de sus ídolos deportivos.

El relato es conmovedor y la película exalta lo mejor de los valores humanos. Eastwood muestra con soltura su maestría y a Freeman se le nota que disfruta su papel, el cual hizo sin dificultad. Encarna a Madiva y se siente realizado, lo hace con tersura y convicción al grado de que en momentos percibimos que estamos en presencia del modelo original y no de un actor. Es, tal vez, la mejor interpretación en la larga y fructífera carrera del veterano artista.

Por lo que hace al director, el tránsito vital de Eastwood se nota como un trayecto que nace en la violencia y el cinismo y se encamina hacia la santidad. Es el camino del arrepentimiento como el San Pablo o el San Agustín del cine.. Después de solazarse encarnando policías duros, matones, violentos y asesinos como Dirty Harry (1971), o el vaquero insensible ante la violencia y la dureza del Oeste norteamericano (El Bueno, el Malo y el Feo, 1966), sin asomo de la picardía de su contemporáneo Paul Newman, a la hora en que se convirtió en director de cinemas, ha ido desandando la senda del horror y ha votado por el humanismo, como si quisiera mostrarle sus últimas cintas a San Pedro a fin de evitar que lo condene al Infierno.

No solo eso. Mientras como actor, su fuerte personalidad ocupaba plenamente la pantalla, en su condición de realizador ha logrado la destreza de dejar que las historias se cuenten solas, como si no necesitaran quien las dirigiera. Ya que citamos líneas arriba al italiano Fellini, advertimos que este tipo se encargaba de no dejar cuadro alguno sin su firma: Sus sentimientos, y experiencia, sus sueños y obsesiones, sus recuerdos y poemas delirantes, están presentes en todos y cada uno de los parlamentos e imágenes de los filmes que hizo.

Clint Eastwood, por el contrario, se quita de en medio y deja a los actores en contacto directo con el público, como si su mano invisible no existiera y en ello consiste, precisamente, su dominio, algo imposible de lograr por ejemplo en la pintura. Un Picasso no puede concebirse sin su autor. En el cine, tampoco lo es, pero al fin y al cabo, arte onírico, la dulzura de Eastwood puede hacernos creer en la ilusión de que así sucede.

Aquí encontramos a un Matt Damon contenido, limitado a cumplir su función de actor de reparto sin pasarse un milímetro de la tarea encomendada, algo muy difícil de lograr para un artista experimentado y con un largo historial protagónico. Tal vez no lo fue tanto para él, porque está acostumbrado a los roles cuasi silenciosos como en la trilogía de Bourne (2002, 2004, 2007) o en El Talentoso Mr. Ripley (1999). De cualquier modo, sabe que esta no es su historia y lo asume sin chistar. Incluso, acepta que le exageren el maquillaje para aparecer con la tez más blanca que la suya, de tal forma que puede mostrarse indudablemente sudafricano.

El filme culmina con el enfrentamiento por el titulo mundial entre las selecciones de Sudáfrica y Nueva Zelanda, y es una joya de las filmaciones de encuentros deportivos. Probablemente, estuvo confiada a experimentados camarógrafos, director y editor, conocedores a fundo de esta disciplina, porque se logra un segmento eficaz para emocionar al auditorio y que es de suponerse, estuvo apegado a la verdad histórica propia del biopic.

Películas como ésta que exhiben ejemplos de grandes figuras de la historia, que son capaces de conducir a pueblos enteros a superar sus dificultades en un momento crítico, se supone que cumplen una misión ejemplar, capaz de inspirar a otros a emprender rutas semejantes, pero ante la podredumbre mexicana, en una sociedad que en apariencia se empeña cada día que pasa en meterse más y más en el fango de la corrupción y la desesperanza, el resultado es la decepción y la tristeza

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