Ante todo, “Enemigo interno” (The Bad Liutenant. Port of call New Orleans, 2009) es un filme sui generis en la de por sí tan pasmosa trayectoria del alemán Werner Herzog, que ya alcanza cinco décadas.
En una entrevista, Herzog expresaba que aceptó hacer esta cinta porque se desarrolla en Nueva Orleans, por la música de esa región; y que muy lejos de su pensamiento estaba el emprender un “remake” del “cult movie” dirigido por Abel Ferrara, “Bad Liutenant” (1992).
Y si en contornos generales el argumento aborda similitudes en los bretes en que se enmaraña el policía del título, en su espiral de destrucción, Herzog le saca chispa, con divertimentos, con extractos de chascarrillo del género, saltando a tonos ligeros, o surrealistas, en ratos en que el teniente McDonagh (Nicolas Cage) anda drogado y alucina, o en escenas que repican a guasa acerca de los adictos que se meten a rehabilitación y los cuadros de familias felices y bebés en camino (¿quién lo fuera a pensar de Herzog?).
El cineasta germano exprime los excesos e “intensidad” de Cage, comprensibles por sus adicciones, le construye un entorno para su frenesí, lo pone en casi todas las escenas de la película –en el nivel de “Ojos de serpiente” (Snake Eyes, 1999, de Brian De Palma)-; su actuación va en la línea del alcohólico en “Adiós a Las Vegas” (Leaving Las Vegas, 1995, de Mike Figgis). Una lesión vertebral obliga a que su posición esté desbalanceada, camine chueco, y por instantes da la sensación que se equivoca de lado, cual si fuera Igor (Marty Feldman) y su joroba en “Frankenstein Junior” (Young Frankenstein, 1974, de Mel Brooks).
Le amontona posibilidades para vanagloria, en situaciones ad absurdum, escondiéndose de cámaras de seguridad, cuidando a un niño y un perro, abusando de clientes de su novia; para luego revertirle sus disipaciones y amalgamar su penitencia extrema y las compensaciones (el giro en el resultado del partido de futbol americano, el redondeo para aclarar el caso.)
Su teniente es corrupto, vicioso, apostador, amante de una prostituta, roba droga de donde se descuidan, pesca riquillos incautos al salir de centros nocturnos, se la pasa cuatro quintas partes del tiempo esnifando heroína, tragando pastillas, chupando crack, con las consecuencias visibles en su cuerpo, en los ojos.
Herzog lo pone capaz de cualquier cosa, algunas en aras de desentrañar una masacre de senegaleses. Esto da pie a secuencias bizarras y jocosos, como al quitarle los tubos de respiración a una anciana para obligar que le den un dato. O la matanza de los rufianes encargados de cobrarle deudas y el bailable break del alma de uno de ellos.
Y en tierras de lagartos, cocodrilos e iguanas, Werner Herzog se refocila: hace a uno cantar, camina con otro que mira a su congénere aplastado por un automóvil. Ofrece panorámicas de Nueva Orleans ya recuperada, asoma en sus barrios violentos, ronda por sus suburbios.
Su filme es circular: de una hazaña y el ascenso a teniente, a otra valiente faena y el grado de capitán para McDonagh. Entre medio, imágenes insólitas -por lo sentimentaloide- y rocambolescas de Werner Herzog: de McDonagh/Cage narrando una fantasía infantil a su novia o mirando un retrato de su padre y él en traje de policías, al inopinado reencuentro con el preso que salvó, a las estimables caracterizaciones secundarias: Brad Dourif, Val Kilmer, Jennifer Coolidge.
Me pregunto ¿por qué nadie, hasta ahora, habla de la secuencia final final, con Cage repitiendo una escena de la ficción ficticia, que termina en el acuario? Es un momento´mágico, mayúsculo. Endemoniadamente Herzog, inolvidable,: como las gallinas, como los letreros hacia San Miguel Allende, como los monos en la balsa, como el silencio y la oscuridad en aquel hospital, como el escultor Steiner volando, como el volcán haciendo erupción o como los pozos petroleros quemándose inmisericordes…
Saludos