Una de las posibilidades más extraordinarias del cine es la conjugación de la imaginación con la percepción; quiero decir que cuando el cine se decide a crear realidades imaginarias, al mismo tiempo está presentando fotográficamente, en plena corporeidad y movimiento, ciertas realidades que son objeto de visión directa y eficacísima y de audición por añadidura. En otras formas de arte lo imaginario queda abandonado a sí mismo, reducido a su condición, y en esa misma medida espiritado y tenue, sin las fuertes apoyanturas de lo que se percibe e invade nuestros sentidos.
Lo malo es que el cine rara vez hace uso de esa posibilidad. El cine <imaginativo> tiende a ser <vago>, a disolver en brumas –en cualquier tipo de brumas- sus imágenes; o bien a identificar lo imaginario con lo teratológico y monstruoso. Ha sido quizá el cine cómico el que mejor ha explotado, en una forma modesta y sin pretensiones, ese venero que todavía promete mucho más. Recuérdese, por ejemplo, aquella Pareja invisible que tanto nos divirtió antaño, o El conflicto de los Marx, quizá la película más original y creadora de los admirables hermanos.
Ahora, Vincente Minnelli ha hecho una exploración en este terreno. Goodbye, Charlie (Adiós, Charlie, la cual en México pasó como UN AMOR DE OTRO MUNDO) es una jovial incursión en lo imaginario. Charlie es un escritor despreocupado y frívolo, sin escrúpulos, mujeriego y lleno de deudas. Estimulado por los celos, un productor de cine, durante una fiesta en un barco, dispara contra él; Charlie cae al mar, herido por las balas. Su mejor amigo (Tony Curtis) es llamado de París para pronunciar su elogio en el funeral; el público, de entre los incontables amigos de Charlie, se reduce a tres personas. Cuando cansado por el viaje y la ceremonia, Tony Curtis, en la hipotecada casa de su amigo, se dispone a descansar, aparece un joven que le trae envuelta provisionalmente en su abrigo y casi inconsciente a una muchacha rubia a quien acaba de encontrar, desnuda, en la playa. No se sabe quién es, ni qué le ha pasado; al pasar en el automóvil frente a la casa de Charlie, ha hecho signos de querer ir allí: el desconocido, a pesar de la resistencia de Tony Curtis, le deja a la aún más desconocida y se marcha. Cuando la chica se recupera y empieza a actuar normalmente, resulta que es… Charlie.
El viejo seductora se encuentra, con desesperación, transformado en una atractiva muchacha (Debbie Reynolds). Ve el mundo con los ojos de Charlie y continua con su misma personalidad, con su originario proyecto vital; pero al mismo tiempo su corporeidad femenina empieza a actuar. De un lado, se adapta a ella y pretende utilizarla; de otro lado, se siente condicionada por ella, influido por esa nueva realidad en que está instalado. Su comportamiento, no solo exterior sino también interno, empieza a complicarse y estar amenazado por múltiples ambigüedades.
Este hilo argumental es muy tenue y a menudo <se quiebra de puro sotil>; nada está tomado en serio, sino que la broma sirve a Minnelli, admirable director, para abandonarse al placer de hacer cine, de imaginar situaciones cómicas, de mover con travesura la cámara, de jugar prodigiosamente el color. El espectador que sepa dejar a la puerta el realismo y la severidad, que tenga un poco de humor y guste del cine por sí mismo, se divertirá considerablemente. Tony Curtis es un actor cómico de muchos recursos; Debbie Reynolds, que también los tiene, está en esta película más atractiva que en casi todas las demás y sin esa pizca de amaneramiento que la hecho empachosa en no pocas de las más recientes; la cámara se mueve con gracia infalible y las situaciones felices abundan. El final, cuando el enorme perro que verosímilmente es la nueva encarnación de Charlie busca y saca de la biblioteca la botella de vodka, la tira al suelo y bebe el licor derramado, lleno de resignada melancolía mientras empieza a anudarse un amor entre Tony Curtis y su dueña (<otra> Debbie Reynolds), es una página del mejor cine.
Pero ¿por qué se queda Minnelli a mitad del camino? ¿Por qué no se atreve a seguir adelante y explotar la imaginación? La idea de un hombre –es decir, un <yo> masculino, un proyecto vital de varón- alojado, instalado en una corporeidad femenina y obligado a ver el mundo y vivir en él desde esa condición sobrevenida, es estupenda. No se trata de <tomarlo en serio>, naturalmente. Sin duda, el director ha estado preocupado por el tenor de caer en la chabacanería o la equivocidad del mal gusto, y son escollos que ha evitado enteramente; pero esto probablemente lo ha estado frenando. Sin abandonar la broma, sin intentar ninguna <verosimilitud>, desde el mismo temple jovial y disparatado, pudo haber afrontado, lúdicamente, como un juego, la situación que ha imaginado. En lugar de detenerse, como hace en la superficie, en lo más exterior de las relaciones esbozadas, con las personas, con las cosas, pudo haber hecho un esfuerzo por seguir adelante.
El peso de la película recae sobre Debbie Reynolds. Hay que decir que parece haberse dado cuenta perfecta del sentido y las posibilidades de su papel. Hay en ella gestos de admirable talento: cuando <cae en la cuenta> de lo que ha pasado; cuando empieza a <descubrir> su belleza, desde fuera y encantándose, como Charlie; sintiéndola por dentro, como mujer, y poco a poco <instalándose> en ella; cuando fuma un cigarrillo <masculino> y otro <femenino>, casi lo mismo pero con sentido enteramente diferente. No era menester renunciar a la broma, a la farsa, a la inverosimilitud, a la gratuidad, al puro juego. Lo que echo de menos es que no se haya jugado aventurando en él toda la imaginación.
(Texto publicado por el filósofo Julián Marías el 8 de mayo de 1965 con el título de “A MEDIO CAMINO”, en Madrid y reproducido en el libro de recopilaciones de sus críticas “Visto y no Visto: Crónicas de Cine, 1965-1967”, Tomo II, por Ediciones Guadarrama, Madrid, 1970, de donde la hemos tomado para la sección “Crítica Perdurable”. La película “UN AMOR DEL OTRO MUNDO” (Goodbye, Charlie), puede verse en estos días en el canal de televisión CITY STARS)
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