
Charles Chaplin
Veinte años después de su alejamiento, Charles Chaplin ha vuelto a Estados Unidos de América, ha recibido del alcalde John V. Lindsay una condecoración que marcó su paso por Nueva York, y ha llegado a Hollywood, cuya Academia de Artes y Ciencias le otorga un premio especial que será asimismo su mejor regalo en el cumpleaños (abril 16). Estos tardíos homenajes a un hombre de 83 años adquieren un doble sentido de justicia final, primero porque allí se regulariza una vieja omisión de la Academia, y después porque restablece las buenas relaciones entre Chaplin y un país del que estuvo distanciado, con extremos de odio político, durante los últimos veinte años. Cuando Chaplin hizo Carlitos inmigrante (1917) no podía sospechar hasta qué punto puede complicarse el ingreso de una inglés a los Estados Unidos de América.
La Academia había premiado a Chaplin por única vez en su primerísimo fallo (1927-1928), “por su versatilidad y genio al escribir, actuar, dirigir y producir El circo”. Era un Premio Especial, de los que la Academia concede fuera de rubro, y quedó oculto en la noche de los tiempos y en la letra chica de los libros de consulta. Fue cierto, en cambio, que Chaplin nunca recibió alguno de los premios regulares. Tanto Luces de la ciudad (1930) como Tiempos Modernos (1935) resultaron omitidos de toda candidatura previa a los Oscar, mientras que El gran dictador (1940) fue candidato en varios rubros (film, actuaciones de Chaplin y Jack Oakie, libreto, partitura musical), terminó sin premio alguno. De hecho, la Academia olvidó a un actor cinematográfico que ha sido considerado genial y que contribuyó decisivamente a la creación de Hollywood y del cine mismo. En estos casos, las omisiones se salvan demoradamente con premios especiales, como fue el caso de Greta Garbo, homenajeada con un Oscar en 1954, trece años después de su retiro del cine, mediante un galardón amplio y vago a sus “inolvidables labores cinematográficas”. Para Chaplin, un Oscar tardío y especial representa ganar una vieja guerra después de haber perdido sus batallas. Para la Academia, representa una admisión implícita de que sus fallos anuales están viciados, demasiado a menudo, por simpatía y antipatías, fenómeno del cual hay otros síntomas.
Intención social
Esas relaciones de Chaplin con la Academia, desde 1927 hasta hoy, llenan una parte ínfima de sus relaciones con los Estados Unidos de América, un país en donde conoció la pobreza, el éxito, la adulación y el odio en cantidades abrumadoras. Era un joven actor de 23 años cuando dejó Inglaterra y se instaló en tierra americana (1912), casi al mismo tiempo que la creación de Hollywood mismo. En siete años realizó casi toda su obra de corto metraje, obtuvo la fama mundial y la riqueza, se convirtió en su propio productor, contribuyó a fundar el nuevo sello United Artists (Artistas Unidos) (1919, junto a Mary Pickford, Douglas Fairbanks, D. W. Griffith) e impuso como personaje a su pequeño vagabundo, cuyas desventuras fueron imitadas por buena parte del cine cómico. Sus relaciones con el gobierno norteamericano eran excelentes, incluso después de haberse permitido sus bromas contra el ejército y la guerra (en Armas al hombro, 1918), simultáneas al, ingreso de Estados Unidos a la Primera Guerra Mundial. En esa época realizó su única contribución a la causa nacional, con un film corto destinado a promover la venta de bonos bélicos (The bond, 1917) y nadie creyó que Chaplin fuera un elemento subversivo. Bajo la comicidad se delineaba sin embargo un callado alegato social, porque su hombrecito humilde mantenía en casi todo film un enfrentamiento con el patrón, con las clases ricas, con la policía misma. La doble vertiente de comicidad y de crítica social recorre también su obra de la década siguiente, que se integra con sus primeros cinco films de largo metraje y que culmina con el patetismo magistral de Luces de la ciudad (1930) donde se burla, al paso del naciente cine sonoro. Quienes tenían objeciones a Chaplin sólo utilizaban sus escándalos sociales, provocados por sus relaciones con mujeres y especialmente por sus accidentados matrimonios y divorcios con Mildred Harris y con Lita Grey.
Pero en 1931 Chaplin debía lanzar Luces de la ciudad en el exterior, para lo cual dio la vuelta al mundo. Fue aclamado y homenajeado en Londres, el resto de Europa y aun en Asia; se entrevistó celebradamente con el primer ministro inglés Ramsey MacDonald, con Lloyd George, Einstein, Churchill, Emil Ludwig y Mahatma Gandhi; discutió con ellos la crisis económica que había arrancado del colapso de Wall Street (1929), sus repercusiones políticas, la desigualdad social, la vigencia del patrón oro. En su completísima biografía, el historiador Theodore Huff, insospechable de mantener ninguna antipatía contra Chaplin, apunta que hasta 1931 el artista se consideraba a sí mismo como un pequeño comediante, pero que entonces “comenzó a verse como un intelectual, como un pensador capaz de colaborar para cambiar al mundo”.
En 1932 Chaplin empezó a escribir el libreto de lo que sería Tiempos modernos, sátira contra el maquinismo y contra la mecanización de la vida humana. El film resultó insatisfactorio, en parte por su precaria construcción (despreció por el cine sonoro, acumulación de anécdotas dispersas, como si reuniera varios films cortos en uno largo), en parte por la ambigüedad de algunas secuencias. Pero contenía momentos geniales y marcaba claramente una oposición entre Chaplin y la sociedad capitalista, dato paradójico si se recuerda que él mismo tenía fama de ser un millonario avaro.
Carlitos político
El rodaje de El gran dictador se realizó entre septiembre de 1939 y octubre de 1940, o sea durante el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Aquí, más que en ningún film previo, Chaplin se manifestó contra todas las tiranías, al extremo de basar el asunto sobre dos fornidas caricaturas de Hitler y Mussolini, gobernantes nunca tocados antes por el cine norteamericano: el primero solo había sido indirectamente aludido en Confesiones de un espía nazi (de Anatole Litvak, 1939). La militancia llevó a Chaplin hasta el extremo de incluir un prolongado discurso final que rompía sus objeciones contra el cine sonoro y pedía el apoyo de los pueblos contra las dictaduras (en la Argentina, el gobierno no prestó su apoyo y el estreno fue demorado hasta mayo de 1945, cuando Alemania ya perdía la guerra). Pero pese a la amplitud y la pasión de su alegato, El gran dictador omitía toda mención, aun lateral e indirecta, al caso soviético y a la tiranía de Stalin, aunque éste era en ese momento el aliado oficial de Hitler y lo sería hasta la invasión nazi a la Unión Soviética (junio de 1941). De aquí surgió la acusación de que Chaplin era comunista, epíteto lanzado fácilmente por periodistas que lo odiaban, como Westroob Pegler y Hedda Hopper.
En los años intermedios, la acusación apareció apoyada por otras actitudes de Chaplin, como sus discursos por la apertura de un Segundo Frente en la guerra europea (desde julio de 1942), su intento de impedir la deportación del compositor alemán y comunista Hanns Eisler (1947) y sobre todo el rodaje de Monsieur Verdoux (1946), que presenta al crimen individual como una consecuencia lógica de una civilización materialista. Uno de sus monólogos dice: “Guerra, conflictos…todo es negocio. Un crimen hace a un villano; millones, a un héroe. Las cantidades santifican”…
Esos eran los años de la guerra fría, cuando toda disidencia ideológica se convertía fácilmente en una acusación de comunismo. En el caso de Chaplin, la campaña estaba apoyada también por un juicio de reconocimiento de paternidad que le había presentado Joan Berry, madre soltera y por el recuerdo de que durante cuatro décadas el artista se había negado a adoptar la ciudadanía norteamericana. Esta última objeción fue contestada por Chaplin con un desafío (“si alguna vez yo llegara a tomar papeles de ciudadanía lo haría en Andorra, el país más pequeño e insignificante del mundo”). La primera era de más difícil discusión, sobre todo cuando el diputado John E. Rankin, presidente de una comisión parlamentaria, llegó a aludir públicamente al artista como ese “perverso súbdito británico que se ha hecho notorio por su seducción forzada de mujeres blancas”.
La acusación de comunismo merecía un análisis mejor. No hay registro de que Chaplin se haya afiliado jamás al Partido, ni nada prueba que haya sido su colaborador. En opinión de la revista derechista Mercury, que estudió el caso y lo publicitó sardónicamente, “si Chaplin hubiera sido un comunista activo, habría sido obligado a dar al Partido grandes cantidades de dinero, y esto jamás lo hubiera hecho, o por lo menos no lo hubiera hecho a menudo”. Años después el mismo interesado habría de escribir: “Mi prodigioso pecado fue, y aún es, ser un inconformista. Aunque no soy comunista, me he negado a acatar la línea de odiar a los comunistas. Esto, desde luego, ha ofendido a muchos, incluyendo a la Legión Americana”. Pero años antes, el productor Samuel Goldwyn había diagnosticado mucho mejor la situación. En su libro Behind the screen (1923), Goldwyn escribió sobre Chaplin: “Su prejuicio es contra todo lo que interfiera con su libertad personal. El censor, el impuesto, cualquier presunta oposición, todo esto le es odioso en la medida en que infrinja su sentido del poder”. Ciertamente, Chaplin no habría de aceptar indicaciones ajenas: ni las del Partido Comunista, que suele regimentar a su gente, ni las de la opinión pública contra el Partido Comunista.
El exilio
En julio de 1950 Chaplin vendió 3,600 acciones suyas de la empresa United Artists; en 1951 filmó Candilejas, que es una amarga reflexión sobre un cómico en decadencia. El 18 de septiembre de 1952 se embarcó para Europa, pero el transatlántico Queen Elizabeth no había llegado aún al puerto de Cherburgo cuando trascendió que el fiscal norteamericano James P. Granery se había pronunciado oficialmente, pronosticando que si Chaplin intentaba volver al país, su solicitud de visa sería cuidadosamente estudiada por el Departamento de Justicia. De hecho ese episodio inauguraba el exilio que habría de durar veinte años. El mayor testimonio de la amargura de Chaplin apareció en Inglaterra, 1957, bajo el título Un rey en Nueva York, film que intentaba la sátira contra Estados Unidos, presentando a un rey destronado y sometido a una suerte de investigación parlamentaria sobre su vida. El film fue un moderado fracaso y no llegó a estrenarse en Estados Unidos. Después Chaplin publicó en 1964 un libro titulado Mi autobiografía, título explícito desde el que parece aclarar que no escribe la autobiografía de otra persona. Ese texto contiene un maravilloso capítulo inicial sobre la infancia humilde del artista, pero después se hace harto discutible, entre la enumeración de trivialidades y la omisión de nombres y cosas importantes. La historia del cine podrá olvidar asimismo La condesa de Hong Kong (1966), su último film, que reunía insólitamente a Sophia Loren con Marlon Brando.
En veinte años de Inglaterra y Suiza el tiempo de Chaplin se invirtió en eludir periodistas (con gran éxito) y en la siembra de otros cuatro hijos suizos para su esposa Oona O’Neill. También debió pelearse con Michael, uno de sus hijos mayores; a Chaplin le ocurrió la desgracia de tener un hijo inconformista, lo que le puede suceder a cualquiera, incluso a padres más burgueses y menos rebeldes. El mayor dato de ese exilio es, sin embargo, su final feliz, en la Academia, con las ceremonias de abrazos y perdones recíprocos durante abril de 1972. Éste puede ser, a los 83 años, el último acto público de Chaplin y debería cerrase melancólicamente, cuando el artista se aleje hacia el horizonte revoleando su bastón.
(Nota: Texto publicado originalmente en la revista Panorama, abril de 1972 y después ser incluido en el libro Crónicas de cine de Homero Alsina Thevenet, en ediciones de la Flor, en 1973, de donde ha sido tomado para nuestra sección de Crítica perdurable, con ocasión del 32 aniversario de la muerte de Charles Chaplin, acaecida el 25 de diciembre de 1977 . Homero Alsina Thevenet nació en Montevideo y muere en la misma ciudad el 12 de diciembre de 2005. Crítico cinematográfico desde 1945, en que se inició en el semanario Marcha, hasta su muerte en que dirige el semanario cultural de El País en su ciudad natal. Considerado un maestro de la crítica cinematográfic, publicó igualmente una serie de interesantes libros sobre cine, que merecen ser consultados por los cinéfilos.
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Este artículo del crítico uruguayo prevalecerá, porque es la verdad con todos sus ingredientes, bien dicha y espléndidamente escrita. Como debería predurar también su obra sobra la censura española en los tiempos de Franco.
Quien soy yo para permitirme emitir opinion acerca de el ultimo genio del cine y el teatro. Quien soy, mas que un simple actor que ha vivido admirandolo, y venerandolo en nombre de todo lo que nos enseño a los actores y a aquellos que lo siguieron siempre desde una butaca. Solo puedo exhortar a mis colegas, a directores y productores de hoy en dia, que lo sigan, que lo lean, que lo analicen, que no piensen que ya no tienen mas que aprender. Aun nos puede enseñar muchisimo; aun nos puede humanizar, aun nos puede ayudar a pensar en los demas. No nos interesa su vida privada.
Su vida en el arte, nos dejo una riqueza maravillosa por medio de su obra. Sepamos aprovecharla.