El cine silente, un olvido revitalizado.

Héctor Enrique Espinosa Rangel Escrito por on Nov 10th, 2009 y archivado en Cine Mudo. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

Salvador Toscano

Salvador Toscano

En el panorama de la iconosfera del siglo XXI parece que el cine va quedándose atrás como expresión visual de movimiento, sin embargo la industria del DVD y los juegos electrónicos reviven cada día más la etapa primera del cine; de hecho las más recientes novedades audiovisuales no son más que una evolución, no siempre lógica o coherente, de los inicios en las industrias del cine y la historieta.

Exceptuando el documental, que actualmente ocupa un alto porcentaje en la programación televisiva de todo el mundo, los géneros iniciados por los hermanos Lumiére, Tomas Edison y Georges Meliés siguen vigentes, desde la comedia de la vida cotidiana (iniciada por Lumiére con el regador regado, tomado también de una historieta contemporánea), las fantasías demoníacas (elaboradas frecuentemente por Meliés y los primeros cineastas alemanes), el western que comenzó Edison filmando todo el Espectáculo del Lejano Oeste de Búfalo Bill, el cine de guerra, cultivado especialmente por los ingleses y alemanes con fines de propaganda (y además propiciador de la aparición de la primera oficina de censura oficial en el Almirantazgo Británico), lo fantástico, el realismo dirigido y la expansión del teatro han estado desde el inicio del cine y la literatura gráfica (el cómic, pues) con más o menos pretensiones de las que la televisión, la Internet y los juegos electrónicos tiene actualmente.

Repasemos por ejemplo los géneros más difundidos en la actualidad: la fantasía y la ciencia-ficción. Desde que Georges Meliés obtuvo una cámara de cine sus esfuerzos se encaminaron a crear para la pantalla fantasías relacionadas con la magia y la prestidigitación o a cristalizar fantasías oníricas, mientras los cineastas nórdicos se esforzaban por contar historias de brujería o burlas de la superstición religiosa, en tanto los estadunidenses dirigieron sus esfuerzos a propagar las ideas del progreso asociadas a la tecnología.

Ya al comienzo del siglo XX Meliés lleva a la pantalla por primera vez a los dos mayores novelistas de ciencia-ficción: Julio Verne y H. G. Wells con la película El Viaje a la Luna, de 1902.

Dice Richard Griffith que “el siglo XIX corría hacia su cierre impulsado por el vapor y la electricidad”; es su manera de explicar la aparición del cine como parte de una era de cambios acelerados y también por la imprescindible curiosidad tecnológica que impulsó las artes visuales y auditivas hacia lo que hoy conocemos. No resulta extraño que la ciencia-ficción y la fantasía sean, todavía, el centro de atención para las expresiones populares.

Y sin embargo ¿Cómo afecta esto a México? En poco menos de un siglo de “régimen revolucionario” casi ha desaparecido la imagen de cómo era el país que dejó huérfano Benito Juárez. Ese México saliente de la reforma era un país con proyecto nacional, el auge del liberalismo provocó que desde mediados del siglo XIX se impulsara el pensamiento científico entre los mexicanos; de hecho el pensamiento liberal y científico se identificaban como alternativa para descartar el predominio supersticioso de la iglesia en tiempos de la Constitución de 1857, con ella proliferaron los grupos de estudio y de integración de científicos y técnicos extranjeros, especialmente los que trajo al país Maximiliano.

Los nombres de Orozco y Berra, Ramón Almaráz y Antonio García Cubas avalaron el crecimiento del interés mexicano por la biología, la mineralogía, la astronomía y la física en busca de modernizar al país impulsando la industria y la agricultura. La ingeniería tendrá un importante impulso que llegará a influir en el asentamiento del cine en México puesto que una vez conocidos los aparatos de cine (cinematógrafo y kinetoscopio principalmente) en numerosos sitios del país se construyeron aparatos semejantes y se realizaron filmaciones no siempre conocidas[1].

El cine silente se inicia sencillamente como una captura de la vida cotidiana según el juicio imperialista de los franceses: la vida de los personajes públicos y los hechos curiosos o folclóricos de la sociedad; aunque estos en la capital de la república, porque en la provincia quienes adquirían o inventaban (mejoraba o adaptaban, pues) máquinas de filmación tenían otras ideas más allá de hacer retratos, así sucede que la primera película de largo metraje mexicana la realiza el yucateco Felipe de Jesús Haro con el título de El grito de dolores o la independencia de México, donde él mismo aparece como Miguel Hidalgo, en 1907, cinta que duraba más de hora y media en pantalla; aparte de esta cinta perdida en el tiempo sin noticias registradas de su exhibición en la capital, la ficción o la parte creativa del cine se reduce a algunos chistes filmados gracias al culto a la mímica del teatro mexicano y la Revolución de 1910 redujo el interés por el cine a las simples noticias de la guerra, primero nuestra y luego mundial.

El sistema de exhibición fílmica en el país siguió la pauta establecida por los circos: compañías itinerantes que llevaban películas de pueblo en pueblo, exhibían en carpas improvisadas (en la ciudad de México las establecían en las numerosas plazas de la metrópoli) o en los atrios eclesiásticos cuando estaba de acuerdo el párroco.

Curiosamente las películas que circularon en el país entraban generalmente por Yucatán, provenientes de Francia, Alemania o Italia vía La Habana; el cine de Estados Unidos tardó mucho más en llegar, a pesar de que el primer exhibidor, no oficialmente reconocido, en el país fue de la compañía de Edison, con el campeonato de peso completo de Fitzimons, pero ese cine casi no tenía aceptación por tratarse de las primeras películas deportivas y de espectáculos (hasta que llegaron las comedias de Mack Sennet y Chaplin); lo que más circulaba en este país era la Vida de Nuestro Señor Jesucristo, en las versiones francesa y alemana y con películas históricas como Quo Vadis?, Los últimos días de Pompeya y Cabiria, cuyo mayor atractivo era la aparición de divas como Italia Almirante Mazini y Pina Penichelli.

Las primera salas de cine establecidas fueron obra de visionarios como Ernesto Pugibet y Salvador Toscano, quien como ingeniero pudo prevenir el peligro de incendio que frecuentemente acababa en tragedia las proyecciones fílmicas en carpas o galerones, a éste hombre se debe la adquisición directa de películas de Meliés parta proyectar en México y también la producción de filmaciones de combate entre revolucionarios que salieron del país.

Hay que señalar que el cine como espectáculo enfrentó la enemistad de la Iglesia Católica, especialmente cuando el Papa prohibió que se utilizara al cine como forma de propagar la fe; parece ser que las versiones de la vida de Cristo no satisfacían las exigencias de la catequesis; así pues entre la falta de información y los intereses de cada feligresía el cine tenía muy diversas suertes, según se ubicaran las comunidades cerca o lejos de los centros urbanos, que no era muchos.

La cínica medida registrada de la exhibición fílmica en el país es la capital de la república, en las obras de Aurelio de los Reyes y en el libro que sobre las salas de cine de la ciudad de México prepara Enrique Solórzano, de la UNAM. De los Reyes consigna sobre todo la exhibición de películas mexicanas con tema revolucionario, básicamente la actividad de muchos cineastas que registraban los hechos del conflicto y los exhibían después a favor de alguna de las facciones en lucha; pero también la realización de la película La banda del automóvil gris, y la comedia El aniversario del fallecimiento de la suegra de Enhart, sin embargo queda muy corto en su análisis por dedicarle más tiempo a la ubicación histórica de los hechos relacionados con el cine.

Para Solórzano este panorama es demasiado parco, su búsqueda de la exhibición en la capital encuentra una proliferación de títulos europeos que hicieron del cine la competencia mayor para el teatro, serio o de revista, en la capital del país; en su situación del establecimiento de los cines en la ciudad se detecta la formación de una cultura fílmica y citadina ligadas a la tradición teatral y de espectáculos tales como el circo y la lucha libre, puesto que los cines van a ubicarse donde anteriormente estaban estos espectáculos.

Repasando la programación de películas, única guía posible para conocer la existencia de salas, Solórzano descubre también que la preferencia de los capitalinos se inclinaba por las películas de tradición operística, sobre todo provenientes de Italia o Francia, parece haber un rechazo generalizado hacia lo anglosajón que se acentúa cuando Venustiano Carranza veta a las productoras estadunidenses por sus películas antimexicanas.

Quizá detrás de este rechazo hay un fenómeno lingüístico y/o semántico: el rechazo al idioma inglés (recuerdos de la ocupación estadunidense de la capital) y la aceptación del lenguaje icónico y corporal proveniente del teatro y de la ópera con que se realizaban las películas europeas.

Por lo demás el cine estadunidense presentaba demasiada familiaridad indeseable con sus vaqueros empistolados como los participantes en la Revolución, demasiado cerca de las figuras bélicas que tendían a desaparecer de la vida ordinaria, y sin embargo conforme el cine yanqui se urbanizó abordando problemas sociales y copiando las epopeyas europeas, comenzó a tener alguna aceptación hacia el final del periodo silente.

Este es uno de los alegatos que nos hace rechazar que el cine silente sea llamado “mudo”, el testimonio de nuestros abuelos y padres da constancia de las preferencias por las películas seriales en ese periodo, especialmente las de Judex, Fantomas, La mano que aprieta, La moneda rota, Las desventuras de Paulina y las aventuras de Fu Man Chú.

Por estos títulos podríamos pensar que los seriales yanquis fueron la forma de penetración americana al mercado nacional, sin embargo la historia nos dice que el serial fue inventado por los franceses, solo que los estadunidenses, entre las aventuras del oeste y las comedias de pastelazo, dominaron ese mercado, y se necesitó el final del periodo de guerras civiles en México y mundial más allá, para que la decadencia del cine europeo y su retroceso productivo para que la cinematografía diera paso a la industria mexicana, iniciada por gente como Mimí Derba (creadora del primer estudio fílmico en México) y la expansión yanqui en nuestro mercado, pero ya estaba en camino el sonido, que es otra historia.

Solo hay dos puntos que vale la pena resaltar de las carencias en este artículo (aunque haya más): en el periodo silente México tuvo proyección internacional como productor de cine pornográfico, junto con Cuba, según consta un estudio de la revista española Dirigido por…, y que la pobreza en títulos exhibidos en México en el periodo silente, se debe principalmente a que Jorge Ayala Blanco aún no publica su Cartelera Cinematográfica de la época y Solórzano aún no edita su historia de los cines.

Valga como una aportación a que sepamos que este periodo debe ser estudiado cuando menos porque con la recuperación del DVD los creadores de imagen podrán redescubrir recursos ya utilizados entonces y también porque es necesaria la conciencia de que el cine mexicano fue algo nacional y no centralizado, que la falta de investigación en “provincia” o del interés de los locales por su propia historia y desarrollo no dejan ver el brillo que alguna vez hizo las pantallas del país.

[1] Por ejemplo no es de dominio público que la película silente El tren fantasma, de Gabriel García Moreno, se filmó casi totalmente en Aguascalientes.

Comentarios


Dejar una respuesta