
Jesse James
Al terminar la guerra civil de los Estados Unidos, en 1865, muchos de los sureños vencidos, regresaron llenos de rencor a sus hogares y algunos de ellos al no poderse adaptar a las nuevas condiciones o, simplemente porque habían aprendido a hacer uso de las armas se les hizo más fácil seguir el camino de bandoleros, como fue el caso de los hermanos Jesse y Frank James, formando su banda de gavilleros, que se dedicaron a asaltar trenes y bancos, iniciando el 13 de febrero de 1866 robando el banco de Liberty, perteneciente a su propio condado de Clay, Missouri en donde había nacido el 5 de septiembre de 1847, y continuo sus actividades delictivas hasta que el 3 de abril de 1882, cuando fue muerto, al recibir un tiro por la espalda, disparado por Robert Ford, un ladrón de poca monta, que se acercó a Jesse, mediante engaños de integrarse a su banda, para poder cobrar la jugosa recompensa de 25,000 dólares que se ofrecía, a quién lo entregara “vivo o muerto”. Bob Ford de inmediato envió un telegrama al gobernador de Missouri, reclamando la gratificación, aunque se dice que solamente logró un pago de entre 1,000 o 1,500 dólares, dependiendo de la fuente consultada.
Solamente en el cine norteamericano se ha recurrido a la figura de Jesse Woodson James en poco más de una treintena de películas, ya sea como protagonista o mera comparsa incidental en la historia, amén de que el spaghetti western o inclusive en el cine mexicano, algún personaje se ha llegado a llamar Jesse James, para darle un cierto verismo a sus historias. Sin ser el primero que utilizaba elementos de las correrías de los James en Missouri y sus alrededores, debemos de considerar al western “Jesse James” (Jesse James, 1939), conocida en España como “Tierra de audaces”, dirigida por Henry King, con un libreto original de Nunnally Johnson, con Tyrone Power como Jesse y Henry Fonda como Frank James, como la encargada de fijar la imagen romántica del buen forajido, obligado a delinquir, al regresar a una situación hostil en su propia tierra, después de combatir en la guerra de Secesión.
El presentar a Jesse como una especie de justiciero y Robin Hood del oeste, no debe de achacarse, meramente, a razones de censura de la época, en que conforme al Código Hayes, no se podía glorificar a un fuera de la ley, ya que este debía de recibir el justo castigo a sus fechorías, por lo cual había que encontrarle atenuantes a su conducta, como sería, en este caso, reaccionar al despojo y maltrato que unos avariciosos norteños, representantes del ferrocarril, hacían con su madre al quitarle sus tierras por no pagar los onerosos impuestos de guerra, así como provocar su muerte en un incendio de su casa; pues ya en los tiempos en que Jesse cabalgaba en la región del Missouri cometiendo sus atracos, los pasquines de la época, conocidos como “novelas de diez centavos” por su costo, se habían encargado de tejerle una aureola de héroe y justiciero, que repartía el botín de sus fechorías con los pobres.
Tal parece que si uno escarba en la historia se encontrara con un Jesse muy alejado de la figura de leyenda que dejaron los panegiristas pasquines y se retomó en su traslado al cine en aras de su mitificación, pues desde su incorporación a la pandilla del sanguinario Quantrell, en la guerra civil, Jesse dio muestras de su destreza con las armas y su placer en matar a sangre fría, sin que puedan documentarse sus episodios de ayuda a viudas desamparadas o reparto de dinero a los pobres. Eran unos asesinos sin piedad. Lo que sí es cierto es el hecho de que Jesse sabía escribir y leer muy bien, por lo cual en varias ocasiones él mismo se encargó de escribir la crónica de sus asaltos y enviarla a los diarios, como parte de su obsesión por la publicidad y crearse su imagen pública. Esteban Tadlis en su librito “¿Héroes o asesinos?: la verdadera historia”, nos recupera una de las notas de Jesse James:
“El más audaz asalto de la historia”
“El tren al sur del Iron Mountain Railroad fue detenido esta noche por cinco hombres armados hasta los dientes y robaron… dólares. Los bandidos llegaron a la estación pocos minutos antes del arribo del tren; arrastraron al jefe de la estación y después desviaron al tren hacia una vía secundaria. Los ladrones eran hombres macizos de estatura aproximada de un metro ochenta. Después de robar el tren se dirigieron hacia el sur. Todos montaban buenos caballos. El hecho dejó un burdel en estos lados del país”.
Georges-Albert Astre y Albert-Patrick Hoarau en su imprescindible libro “El universo del western”, en su apartado dedicado al fuera de la ley nos señalan: “Al contrario del ‘cowboy’, el ‘outlaw’ es frecuentemente la réplica más o menos maravillosa de un personaje verdadero de la Historia del Oeste: su credibilidad está en este caso unida a sus orígenes”.
“Que este ‘fuera de la ley’ no implica de ninguna manera una maldad inherente a su condición: solamente le define su oposición a la aceptación del código social; pero hemos visto que puede encarnar al ‘bad man’ o al ‘good man’, según su comportamiento respecto al propio código natural, depende si respeta o traiciona al sistema de valores de este código. Puede en suma convertirse en héroe de una manera positiva, incluso cuando se evoque su fin trágico y su eliminación por el triunfo de la civilización”. Sobre todo en el caso de “Jesse James” realizado en 1939, en pleno periodo clásico del western en donde la presentación del personaje buscaba la identificación del espectador con el malhechor, muy a su pesar y más producto de las circunstancias, que a una personalidad desequilibrada o neurótica, ya vendrían en los cincuenta las revisiones, sobre todo de Jesse James y Billy the Kid, que a quienes hacíamos nuestras primeras incursiones en el cine, a través de las matinées, nos era posible ver en una misma semana el romántico Jesse James de Tyrone Power y luego enfrentarnos al interpretado por Robert Wagner en “La leyenda de los malos” (The true story of Jesse James, 1957) de Nicholas Ray, en donde lo menos que podemos decir encontrábamos una serie de contradicciones en el acercamiento al personaje, el cual aún sin perder cierta aurea romántica en el de Ray, ya se vislumbraba o mejor dicho se buscaba un acercamiento a las raíces de la leyenda, independientemente de hacer comparaciones en la espectacular escena del asalto al banco de Northfield, con los ladrones huyendo a través de un almacén obligando a sus caballos atravesar el escaparate de vidrio, sin saber, a ciencia cierta, en el momento en que la vi, quién copiaba a quién, pues circunstancialmente primero, posiblemente, conocí la versión de Ray y poco más tarde la de King, sin estar plenamente consciente que entraba a los terrenos del ‘remake’ y no tanto al del plagio.
Pero ya tendremos oportunidad de comentar en extenso “La leyenda de los malos”, para retomar esta particularidad de los ‘remakes” y estábamos en que como señala Antonio José Navarro en su estudio “Henry King: el artista discreto” publicado en números 373 y 374 de la revista española “Dirigido” en los westerns “de la época prevalece la épica y la Historia se diluye ante el empuje avasallador de la leyenda”.
Agregando Navarro: “Henry King , en “Tierra de audaces” (Jesse James en México), cede a la presión de la leyenda –el suyo es el héroe romántico y violento de las ‘dime novels’ como ‘Jesse James Stories’ (Street & Smith, Nueva York, 1901)-, pero jamás al de la épica, al menos no como la entendían la mayoría de sus colegas, si exceptuamos la secuencia en que recoge el frustrado atraco al banco de Norhfield (Minessota) –y donde puede verse como Jesse James (Tyrone Power) y su hermano Frank (Henry Fonda), atraviesan con sus monturas las enormes cristaleras de una tienda, momento plagiado por Sam Peckinpah en ‘Grupo salvaje’ (Wild bunch, 1969), (en México ‘La pandilla salvaje’), Philip Kaufman en ‘Sin ley ni esperanza’ (The great Northfield, Minnesota raid, 1972) y Walter Hill en ‘Forajidos de leyenda’ (The long raiders, 1980)-, ‘Tierra de audaces’ es la crónica de un hombre abrumado por sus debilidades y contradicciones –sus arrebatos despóticos y el tácito abandono de su familia; su deseo de dejar su vida delictiva en pugna con su adicción a la violencia-, víctima de la maldad humana, en lucha contra aquellos que han profanado la ‘sagrada madre tierra’, que han corrompido su inocencia primigenia –la primera vez que vemos a Jesse es en medio de un frondoso maizal, sonriente, con mirada limpia y un punto pícara, como si personificara la fecundidad de la tierra, una especie de Dionisio secularizado…-, Jesse James, según Henry King, es una fuerza ‘ctónica –del griego ‘khthonios’, ‘perteneciente a la tierra’- que intenta destruir, infructuosamente, los poderes de una sociedad materialista y vacía de valores espirituales. Fiel a su huidizo pesimismo cuando abordaba el western, King, deja bien claro desde un principio que Jesse James no puede ganar: la escena del asalto nocturno al tren, precedida por una desesperada cabalgada que enfrenta al animal, al hombre, con la fuerza antinatural de la máquina, resulta profética… Pero sobre todo, ‘Tierra de audaces’ es hoy una valiosa lección de ritmo cinematográfico, de uso del color y del paisaje, salpicada de brillantes secuencias y, sobre todo, de dos excelentes personajes que se encargan de animar la acción cuando está a punto de desfallecer: el personaje interpretado por Henry Hull, quién construye sus editoriales / libelos cambiando el oficio y/o cargo de los insultados, y el agente federal que encubre su malignidad dando caramelos a los niños”.

Tyrone Power y Nancy Kelly en “Jesse James”
Por su parte sobre esta cinta el crítico español Quim Casas nos comenta en su libro “El Western: el género americano”: “Tierra de audaces’ (Jesse James) tiene dos espléndidas secuencias. En una, la del primer y nocturno asalto al tren, Henry King hace converger la energía física de los westerns primitivos con un cuidadoso regusto pictórico en la evolución de los atracadores deslizándose entre sombras por los techos de los vagones en movimiento. En la otra, la inmediatamente anterior al asesinato de Jesse James a manos de Bob Ford, el director subraya con los mínimos elementos una tensión que se palpa hasta el punto más recóndito del escenario: breves planos de una inquieta Zerelda, la esposa de Jesse, presagiando el peligro sin advertir por dónde puede llegar, las dudas del mítico forajido ante la proposición de volver a la actividad que le están haciendo los hermanos Ford; imágenes fugaces de los niños jugando a pistoleros en el exterior de la casa de los James. King rubrica esta espléndida secuencia, y en fin, en general, con el plano de Bob Ford disparando nervioso mientras Jesse descuelga un cuadro de la pared. Entre la leyenda y la realidad (más de lo primero que de lo segundo), entre el idealismo romántico y el naturalismo (esa zozobra que experimenta el asesino al saber que entrará en la historia por haber matado al famoso Jesse James, se sitúa esta aproximación netamente hollywoodiana al mítico pistolero, resulta según los cánones de la época, presencia de un imposible Tyrone Power incluida, pero repleta de hallazgos personales y de una serie de signos de identidad que, con ligeras variaciones, repetirían después todos los cineastas que se acercaron, desde posturas distintas, a la historia de los James y ‘outlaws’ similares”.
“De los signos físicos que constituyen una imaginería visual recurrente, conviene retener el sorprendente plano de los jinetes penetrando por el escaparate de una tienda para escapar tras el frustrado asalto al banco de Northfield (los cristales que se hacen añicos al contacto con hombres y caballos, símbolo del fracaso definitivo de la banda), retomado años después por Nicholas Ray y Walter Hill en sus películas respectivas sobre Jesse James, así como por Sam Peckinpah de ‘Grupo salvaje’ en una secuencia de significado similar (la huida de grupo capitaneado por William Holden tras otro golpe frustrado a un banco) y el George Pan Cosmatos de `Tombstone’. Las estilizadas indumentarias de James y sus hombres en el asalto al banco de Northfield, los largos guardapolvos de color gris claro, también serían utilizados en estos cuatro filmes citados. Y el espectacular plano de Jesse y Frank lanzándose con sus caballos al río desde una alta cima se repite, sin monturas, en una escena menos dramática de ‘Dos hombres y un destino’ (Butch Cassidy, en México), otro western (menor) sobre bandidos risueños e idealizados”.
La insistencia en la influencia que tuvo la puesta en escena de Henry King en su “Jesse James”, en la carrera de otros cineastas que se acercaron al personaje o a bandidos similares, debería de ser motivación suficiente para cualquier aficionado al género a revisar este excelente y vigente western de 1939, que es factible encontrar en dvd, aunque hay que tener cuidado que sea una copia original en technicolor, para un mejor disfrute de los hallazgos de King en este film que contribuyó de forma definitiva para cimentar la leyenda del bandido romántico Jesse James, más allá de la verdad histórica; aunque cabe agregar que el comportamiento de los agentes del ferrocarril, en su ambición por tender con rapidez las vías, no cuidaban mucho las formas y la legalidad, cometiendo muchos abusos, que en parte pueden justificar a los James o, por lo menos que en la región donde cometían sus fechorías recibían cierta protección de los lugareños, al sentir que de alguna manera los reivindicaban en su conflicto con los norteños.
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