
Los niños del hombre
El género de ciencia-ficción es el más nuevo entre los que constituyen la narrativa actual, desde luego es fruto del interés por la racionalidad controlada que llamamos conocimiento científico, aunque igualmente se relaciona con la tecnología, sin embargo ninguna de estas disciplinas es el centro de atención de los autores, su verdadero tema es la condición humana en circunstancias nuevas y a veces impensables causadas por el propio quehacer de nuestra especie.
En el cine resulta ser de los primeros géneros desarrollados. Seguí el orden de aparición como fueron realizadas las películas al inventarse el cine, apareció inicialmente el Documental, con la mayoría de las primeras filmaciones de los hermanos Lumière, luego la Comedia, con el corto de ellos mismos titulado el desayuno del bebé con el cual reproducían una tira cómica de los periódicos de la época; después vendría la Fantasía, casi siempre con temas de corte religioso que incluían al diablo y a los ángeles y seres celestiales, y la Ciencia-ficción basada inicialmente en las “aventuras científicas” de Julio Verne y Herbert George Wells, todo ello bajo la dirección de Georges Mèliés.
La película que comento pertenece a un subgénero muy complicado y apreciable, la Utopía, o más precisamente a la anti-utopía o Apocalipto, formas narrativas que relatan eventos futuros de la sociedad humana en busca de la perfección o escapando al horror de los errores cometidos en busca de ella.
Lo singular de esta cinta es que sea realizada por un mexicano, y es que en nuestro cine este género no ha tenido un desarrollo significativo, de hecho el cine mexicano tan solo ha realizado una veintena de películas de ciencia-ficción en toda su historia, entre ellas algunas tan notables como La nave de los monstruos, de Rogelio A. González, y El año de la Peste, de Felipe Cazals. Tal vez suceda que el escaso interés por la ciencia y la tecnología entre los mexicanos se deba a una presión exagerada de la vida cotidiana que ha obligado a los realizadores hacia un realismo y naturalismo que permiten identificarse al espectador con lo acontecido en la pantalla, y la ciencia-ficción, con su parafernalia de hechos insólitos o complicados por la tecnología, sale por completo de la esfera existencial de los que nos comunicamos en español, a excepción de los españoles, que son otro tipo de público.
Las virtudes de Los niños del hombre (que en realidad debería titularse Los hijos del hombre) incluyen una presentación del futuro social muy parecida a nuestra actualidad, de hecho hay todos los signos reconocibles de la humanidad tal como la vemos hoy, solo que haciendo énfasis en cómo acentúa sus errores cada vez más hasta llegar a las circunstancias que viven Theodore (Clive Owen) y Jasper (Michael Caine).
Debemos ser cuidadosos al ver la realización de esta película porque Alfonso Cuarón demuestra gran conocimiento del cine universal, aunque especialmente del estadunidense, y de las fórmulas utilizadas por otros directores para transmitirnos emociones o reflexiones valiosas en películas de diversos géneros y estilos que confluyen para que con Los niños del hombre nos advierta no contra la ciencia, la tecnología o el conocimiento en sí, sino acerca de lo que es ser humano y padecer los defectos propios de la especie.
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