México, D. F. Mayo de 2009. Wong Kar Wai (1956, Shangai) es junto con Ang Lee (1954, Taiwan), un cineasta chino que ha tenido honda repercusión en Occidente. Las obras de estos maestros acreditan al cine como un medio de expresión universal, que se ha arraigado en todas las culturas. En el caso de estos dos directores, se da la excepcional circunstancia de que aparte de haber surgido y triunfado en la cinematografía de su región, han incursionado con soltura en el cine occidental con temas y escenarios diferentes a los de sus raíces.
En la historia Hands que le correspondió en la trilogía Eros (2004), Wong Kar Wai, superó con creces los trabajos de Micheangelo Antonioni (1912-2007) y de Steven Soderbergh (1963- ). Nos relata ahí, la vida de un humilde sastre encargado de confeccionarle sus trajes a una prostituta oriental de primera categoría, a la que le sigue siendo fiel en plena decadencia. Es la historia de un amor callado que no pide recompensas y que se mantiene fiel y oculto, ante la arrogante belleza de su cliente. El relato es conmovedor y tierno y es lo rescatable de esa cinta que por lo que hace a sus dos acompañantes, pudieron haberlos suprimido.
Debo confesar que no entendí y habría que volver a verla, 2046, una fantasía wonkarawaiana sobre un ferrocarril que se dirige al año 2046 y en cuyo trayecto se entrelazan diversos relatos de amor en los que aparece un gerente de hotel, que fue precisamente la ocupación del padre del director en su nativo Shangai. Tal vez la cinta abunde en claves biográficas de Wong, pero como las desconocemos, escenas de fuerte simbolismo permanecen inalcanzables para nosotros.
Happy Togheter narra el viaje de dos homosexuales hongkonenses que viajan a Argentina y le valió en 1997 el premio al mejor director en el Festival de Cannes –del cual fue director en 2006.
A reserva de dedicarle alguna reflexión a su celebrada In the Mood for Love, abordemos aquí Mis Noches Púrpura, una bella composición en la que prevalece la ternura y un nivel literario y fílmico pleno de exquisitez y delicadeza.
En primer lugar, se trata de un cuento –casi de hadas- totalmente occidental cuya raíz se centra en un cafetín de Nueva York, que es donde surge la aventura y donde habrá de terminar. Los técnicos que acompañan al director son chinos o chino americanos y la música la aporta Ry Cooder, que es el musicalizador de cabecera de Wim Wenders (1945, Alemania) con el que hizo además, Buena Vista Social Club (1999).
Al propietario del café, Jeremy –Jude Law, (Londres, 1972- acuden clientes que le encargan devolver llaves de departamentos a fin de que las recojan las contrapartes de amores desgraciados, y tiene una colección de estos artículos, incluyendo las suyas que le dejó una rusa con la que tuvo alguna relación. Guarda las llaves –según el argumento, porque de otro modo, habría puertas que se quedarían sin abrir
Puntual en este rito, Elizabeth – Norah Jones (1979- )- va y deja sus llaves, pero al hacerlo, entabla amistad con Jeremy con el que comparte la soledad resultante del abandono. Ella le pide un pastel de arándano –blueberry pie- que nadie más solicita en el figón y se lanza a un recorrido por los Estados Unidos, porque si se queda será siempre la misma, mientras que él permanece al frente de su negocio añorando la compañía de su extraña nueva amiga.
Elizabeth consigue trabajo en Memphis, Tennessee como camarera en un restaurante en el día y por la noche, en un bar. Ahí se convierte en eje circunstancial en la malograda relación entre un policía maduro y alcohólico y su expareja, una descarriada Sue Lynee Copeland -Raquel Weisz, Londres 1971 -con la que lleva una relación tormentosa que culmina en tragedia
La siguiente parada de Lizzy en ésta semi road movie es en un pueblecito de Nevada donde hay una mesa de póquer. Ahí juega desaforadamente Leslie (Natalie Portman, 1981, Israel) hija de un millonario que la enseñó a jugar y que se muestra desparpajada y locuaz junto a la tímida y humilde Elizabeth. De Leslie no hay mayores datos ni conflictos emocionales pendientes, más allá de una relación distante con el padre.
Después de eso, Lizzi regresa a Nueva York, se reencuentra con Jeremy y vuelve a pedir su bluberry pie. La historia no tiene mayores relieves, pero su encanto descansa en el ritmo pausado y melodioso que la dirección aporta, la sutil actuación de la joven Jones, el acompañamiento de la música con una fotografía notable y un cuidado artesanal del desarrollo de la acción. Hay que tener en cuenta que Wong Kar Wai filma sin guiones concluidos y va improvisando sobre la marcha, consiguiendo empero, el ritmo total semejante a una sinfonía.
Tiene el tino Kar Wai al abordar esta sencilla historia, de destacar no sólo las breves metáforas que introduce en el discurso, sino además, la sensibilidad poética que va urdiendo, con lo que, quizá sin pretenderlo, muestra una arista pedagógica ya que va educando la percepción estética del auditorio, para captar las cosas bellas de la vida, ahí donde los demás sólo vemos un expendio de café y respostería.
Como buen cinéfilo y amplio conocedor del tema, aunado a tu gran capacidad cultural y conocedor del mundo, describes de manera puntual en esta sinópsis esta interesante película, muy clara tu descripción resaltando los aspectos más importantes de la misma.
Me congratulo por seguir manteniéndome entre tus contactos.
Saludos estimado amigo Gilberto.