Audrey Hepburn: algo más que un rostro frágil

Escrito por Gustavo Arturo de Alba on May 16th, 2009 y archivado en Actores y Actrices. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

Audrey Hepburn

“I was born with an enormous need for affection, and a terrible need to give it”. (Nací con una enorme necesidad de afecto y una terrible necesidad de darlo)

Audrey Hepburn

Supongo que fue en un jueves social del cine Encanto, allá por 1956, durante un programa doble integrado por “La princesa que quería vivir” (Roman holiday, 1953) y “Sabrina” (Sabrina, 1954) cuando quedé arrobado y fascinado con Audrey Hepburn y su elegante naturalidad, la cual traslucía a su vez cierta fragilidad en la belleza de su rostro. Entusiasmo compartido con una buena cantidad de aficionados al cine en el orbe, los cuales a partir de sus dos primeras intervenciones estelares en Hollywood, la hicimos una de nuestras estrellas favoritas. Su inocencia de adolescente enclaustrada en sus deberes de heredera al trono, con ansias de saber lo que se siente vivir una vida normal nos desarmaba, al igual que a Gregory Peck, hasta volvernos sus “complices” en el secreto de su noche de libertad; en tanto como Sabrina, la hija del chófer de una familia de multimillonarios, merced a su porte y discreto glamour, nos convencía de la posibilidad de que el amor vencía las barreras de clase, a pesar de no estar muy convencidos de que el cincuentón de Humphrey Bogart fuera una buena elección, pues cualquiera diría que William Holden resultaba mejor partido, salvo el director y guionista Billy Wilder.

Hija del banquero británico Joseph Victor Anthony Ruston y una aristócrata de origen holandés la Baronesa Ella Van Heemstra, nació el 4 de mayo de 1929 en Bruselas, Bélgica, siendo bautizada con el pomposo nombre de Edda Kathleen Van Heemstra Hepburn-Ruston, aunque más tarde, durante la guerra su madre decidió llamarla Audrey Kathleen Ruston, quitándole el de Edda y, finalmente en el cine usaría el que la inmortalizaría en la memoria colectiva de los cinéfilos: Audrey Hepburn. Su padre, simpatizante de los nazis, las abandonó a ella y a su madre, cuando sólo tenía unos seis años de edad, por lo cual fue inscrita en una escuela privada para señoritas en Londres, marchándose su madre a residir en Holanda. Durante unas vacaciones en Arnham, visitando a su progenitora, las tropas alemanas ocuparon el país, pasando Audrey, como la mayoría de los holandeses, una serie de privaciones al tiempo que por el origen judío de la madre les fueron confiscadas todas sus pertenencias, causando en la futura actriz depresión y mala nutrición, de las cuales prácticamente no se pudo recuperar, aunado al hecho que siempre manifestó cierta inestabilidad emocional, derivada del sentimiento de abandono que le produjo la ausencia de su padre, reflejada en el hecho de que siempre buscó como parejas sentimentales a hombres mucho mayores que ella, en su búsqueda de un protector paternal, antes que un amante.

Al término de la ocupación de Holanda regresa a Londres, estudiando ballet y arte dramático en la Marie Rambert School y un poco más tarde, en 1946, comienza a trabajar como modelo recorriendo varios países en su tránsito por las pasarelas, al destacar por su natural elegancia y su apariencia jovial. En 1948 participa en un film en Holanda, titulado “Nederlands in 7 lessen” haciendo un pequeño “bit” como aeromoza, sin pronunciar palabra alguna. Al regresar a Inglaterra participa en algunas obras teatrales y en 1951 ingresa al cine inglés en pequeños papeles con breves parlamentos, hasta que llega su gran oportunidad al seleccionarla el director William Wyler para el papel de La princesa Ana, en la historia de Dalton Trumbo donde le da “otra vuelta de tuerca” al clásico cuento de “La Cenicienta”, en esa inolvidable comedia romántica “La princesa que quería vivir” (Roman Holiday, 1953), al lado de Gregory Peck, filmada en escenarios naturales de Roma, al grado de que desde el 2007 se ofrece, como uno de los atractivos turísticos de la “ciudad eterna”, un “tour” por los diversos sitios en que se filmó en 1953 la película, iniciando en Via Marguetta 51, cerca de la Plaza de España donde estaba el apartamento de Joe Bradley (Gregory Peck), incluyendo, claro está una visita a la Plaza de la Bocca de la Verità, corriendo por cuenta del turista la gracejada de que su mano quede atrapada, por decirle mentiras a su amada, tal y como cuenta la leyenda. El guionista Dalton Trumbo no marcaba en su guión que Peck hiciera la broma que perdía la mano a meterla en la boca, pero durante los ensayos el actor improvisó y a Wyler le gustó el efecto y la filmaron, quedando así como una de las escenas más recordadas de “Vacaciones en Roma”, que es el título como se conoce en España a este film. En los créditos de inicio se dice “Gregory Peck, and introducing Audrey Hepburn”, razón por la cual muchos cinéfilos han perdidos apuestas de trivia al afirmar que fue la primera cinta que realizó Audrey Hepburn, cuando en rigor participó en ocho previas, aunque si se hace la aclaración de su primer estelar, efectivamente “La princesa que quería vivir” fue la primera, por la cual obtuvo el Oscar de Mejor Actriz.

El director William Wyler y la Paramount habían seleccionado a Jean Simmons como primera opción para el rol de la princesa Ana; sin embargo la actriz estaba en medio de un litigo entre la Rank y Howard Hughes, sobre los derechos de su contrato de exclusividad, sin que ninguno de los dos pudiera “responsabilizarse” del préstamo de la Simmons, quedando por ello excluida del proyecto. Así que queda en los terrenos del “hubiera”, lo que habría pasado con Audrey Hepburn sin el papel que la catapultó a la fama mundial, en ese film mítico e inolvidable, sobre el cual en este mismo sitio de cineforever con el título de “La princesa que quería vivir

La reafirma en el estrellato su siguiente comedia romántica, sofisticada al estilo en boga en los años cincuenta, sobre la historia de la hija de un chofer de multimillonarios, enamorada platónicamente del menor de los hermanos, el playboy David Larrabee (William Holden) y termina en los brazos del mayor Linus (Humphrey Bogart) siempre absorto en aumentar la fortuna familiar sin darse tiempo para el amor, hasta que Sabrina (Audrey Hepburn) llega a su vida. La historia basada en la obra teatral de Samuel Taylor “Sabrina fair” no tiene nada de extraordinario, más bien es simple en su estructura, pero la dirección magistral de Billy Wilder supo envolver adecuadamente el paquete, ayudado, sobre todo, por las chispeantes actuaciones de Audrey y William Holden, pues siempre se ha considerado la actuación de Humphrey Bogart un tanto forzada, sin un buen ritmo para la comedia. Wilder ofreció el papel de Linus a Cary Grant, el cual lo rechazó argumentado que quería retirarse del cine, sin embargo Hitchcock si lo hizo reconsiderar su decisión al llevarlo en “Para atrapar al ladrón” (To catch a thief, 1955) al lado de Grace Kelly.

Durante el rodaje de “Sabrina” Humphrey Bogart se llevó muy mal con sus coprotagonistas y el director Wilder, en parte porque insistió en sacar del proyecto a Audrey, para meter en el mismo a su esposa Lauren Bacall. En tanto Holden y Hepburn, según los cotilleos de la época, mantuvieron una relación amorosa durante un breve tiempo.

Otro romance, aunque no sexual, que inició con “Sabrina”, por la cual recibió su segunda nominación al Oscar de Mejor Actriz, fue el de Audrey con el diseñador Hubert de Givenchy, pero dejemos que sea el redactor de la revista Fuscia quién nos lo cuente: “Era el verano de 1953 cuando Audrey terminó de filmar “Roman Holiday”, y se preparaba para el papel de actriz principal de su segunda gran película “Sabrina”. La película, que ha pasado a la historia como un clásico, exigía un vestuario muy sofisticado y los estudios decidieron enviarla a París para que ella lo escogiera”.

“Era su sueño hecho realidad. Ocho años antes, en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, cuando vivía en Holanda, su país natal, solamente podía vestirse con ropa hecha por su mamá. Ahora estaba a punto de conocer a Hubert de Givenchy, el aristócrata aprendiz de la casa Shiaparelli, y devoto admirador de Balenciaga, quien había inaugurado hacia poco su propio estudio. Audrey conocía muy bien su reputación, pues era una fanática seguidora de la moda. Este primer encuentro fue decepcionante para Givenchy, pues la primera impresión que tuvo fue la de estar viendo un animal desvalido. Pero rápidamente desarrollaron una amistad que duraría el resto de sus vidas. En él, Audrey no solo descubrió a alguien que amaba tanto la moda como ella además de los jardines que eran su segunda pasión, sino también a alguien que miraba el mundo de la misma manera que ella. Los dos tenían esa aristocracia innata que no depende de la cuna ni del dinero. A pesar de la química entre los dos, Audrey no logró que Givenchy se hiciera cargo de diseñar el vestuario de la película pues en ese momento él estaba preparando la colección para el siguiente invierno y ella tuvo que escoger algunas de las prendas que ya estaban en la tienda. Fueron tres piezas: un sastre gris de doble abotonadura y cuello redondo, el vestido strapless de baile blanco bordado y el vestido de coctel negro. Fue el inicio del romance entre Holywood y la moda”.

“Sabrina fue tal vez la primera película que introdujo el concepto de la moda francesa como tal en Hollywood. La colaboración entre Audrey y Givenchy tuvo un éxito rotundo inmediatamente. Todas las mujeres querían ser Audrey Hepburn, se vestían como ella y se peinaban como ella. Muy pronto copias de sus vestidos circulaban por todas las tiendas aun antes del estreno de la película”.

“Él es más que un costurero, es el creador de mi personalidad”, le dijo Audrey a los reporteros en una ocasión. Juntos desarrollaron el uso del lino, de los colores simples y del exquisito corte que caracterizó la ropa que usó la actriz durante toda su vida”.

“Ralph Lauren, otro de sus grandes amigos, es aun más enfático cuando se refiere al estilo y al glamour que lograron el costurero y la actriz. “Givenchy hizo miles de prendas bellísimas, pero las que uno realmente recuerda fueron las que hizo para la Hepburn”.

Serían ocho, incluyendo “Sabrina”, las ocasiones en que Hubert de Givenchy haría el diseño del vestuario que luciría Audrey en el cine, para el disfrute y deleite de las espectadoras, muchas de las cuales buscaron seguir el estilo impuesto por la Hepburn: “La cenicienta en París” (Funny Face, 1957), “Amor en la tarde” (Love in the Afternoon, 1957) “Muñequita de lujo” (Breakfast at Tiffany’s, 1961), “Charada” (Charade, 1963), “París, tu yo” ( Paris – When It Sizzles, 1964), “Como robar un millón” ( How to Steal a Million, 1966) y Love Among Thieves” película para televisión de 1987.

Gregory Peck, Mel Ferrer y Dorothy McGuire entre otros actores solían representar obras de teatro en Pasadena, con un grupo que habían formado para ello y fue, precisamente, Peck, según relata en sus memorias, quién invitó a Audrey Hepburn a participar con ellos, presentándole a Mel Ferrer, con el cual se casaría el 25 de septiembre de 1954 y se divorciaría el 5 de diciembre de 1968, después de múltiples pleitos y reconciliaciones, con etapas de agudas depresiones por parte de la actriz. Procrearon un hijo de nombre Sean Ferrer, que se dedica a la producción y ha sido asistente de dirección en varios filmes. Mel Ferrer nació el 25 de agosto de 1917, llevándole 12 años a Audrey. Y, por cirto, William Holden nació el 17 de abril de 1918, siendo únicamente mayor por 11 años de la Hepburn, en cuanto a lo que señalamos, líneas arriba, de la búsqueda de un sustituto de su figura paterna.

Siguió, en cuanto al cine, en la onda de las heroínas románticas, aunque ahora en un filme de época, un tanto subestimado en su momento, pero al cual el paso del tiempo le ha ayudado a subir en el aprecio de la crítica y el público como es el caso de la versión de la obra inmortal de Leon Tolstoi “La guerra y la paz” (War and peace, 1956) dirigida por King Vidor, con un reparto multiestelar encabezado por Audrey en el rol de Natascha Rostova, acompañada de Henry Fonda como Pedro, Mel Ferrer como el príncipe Andres Bolkonsky, Vittorio Gasman era Anatol Kuragin, Herbert Lom en el rol de Napoleon y Anita Ekberg como Elena Kuragina, entre otros actores. Por cierto que el papel de Pedro Bezukhov le fue ofrecido a Marlon Brando, quién se negó a aceptarlo, arguyendo que no le interesaba trabajar al lado de Audrey Hepburn.

Al no renovarle su contrato la MGM el director Stanley Donen se marchó a la Paramount, con su proyecto del musical “Funny face” cuyo título correspondía a una revista musical interpretada por Fred Astaire en los años veinte en Broadway, pero cuya trama se desarrollaba en el mundo de la moda, siguiendo los pasos de un fotógrafo, el cual busca a una chica ajena al medio, como fuente de inspiración para su nuevo catalogo, encontrándola en la dependiente de librería Jo Stockton (Audrey Hepburn) en Grenwich Village, con ribetes de intelectual, a la cual lleva a París para posar y después de varios desencuentros descubren estar enamorados uno del otro. En un principio Donen le ofreció el papel de Jo a Cyd Charisse, pero la MGM se negó a prestarla, al estimar que estando ya Fred y Stanley, agregar a Cyd sería hacer un musical con las características MGM… en otro estudio, fue por ello que el rol cayó en las manos de Audrey, quién si bien luce mona y elegante, no era precisamente una gran bailarina, pero mis amigos Víctor Martínez y José Luis Esparza, fanáticos a rabiar del musical y admiradores incondicionales de Audrey, no dudan ni un ápice en tener “La cenicienta en París”, que fue el título con que paso en México “Funny face”, 1957 y en España como “Una cara de ángel”, entre sus favoritas, algo en que concuerdan muchos espectadores del orbe.

Ariane es otro de sus personajes inolvidables y pertenece a la comedia romántica de Billy Wilder “Amor en la tarde” (Love in the afternoon, 1957) en la cual el playboy internacional Frank Flannagan (Gary Cooper) contrata al detective Claude Chavasse (Maurice Chevalier), especialista en seguir amantes para reunir pruebas para divorcios, ahora debe averiguar quién es la chica veinteañera que lo ha “seducido”. Claude es todo un especialista en la andanzas de Frank, el cual ha provocado una buena cantidad de divorcios entre sus clientes parisinos y se lleva una menuda sorpresa cuando identifica la misteriosa identidad de Ariane (Audrey Hepburn), quién resulta ser su hija. El ingenio de Billy Wilder y su coguionista I.A.L. Diamond y el uso de una pegajosa banda sonora lograron hacer de esta historia endeble, una de las comedia románticas más exitosas de los años cincuenta del siglo pasado, aunque el tiempo ha hecho un poco de mella en “Amor en la tarde”, un tanto, según mi parecer, por la presencia de Gary Cooper como el galán otoñal, que hace poco creíble el enamoramiento de Ariane por este Frank, pues en el momento de la filmación Cooper ya contaba con 56 años y Audrey 28, diferencia que se nota en demasía en la pantalla. Wilder quiso convencer, en un principio a Greegory Peck para el papel de Frank, pero el actor dijo no estar dispuesto a que Audrey lo opacara nuevamente en una película, como fue en “La princesa que quería vivir”, por la cual la Hepburn ganó el Oscar de Mejor Actriz. Su segunda opción fue Cary Grant quién tampoco quiso trabajar, en este caso con Wilder, pero creo que tanto en “Sabrina” como en “Amor en la tarde”, Grant era el protagonista adecuado por encima de Bogart y Cooper respectivamente.

“La flor que no murió” (Green mansions) filmada en Venezuela en 1958, bajo la dirección de su esposo Mel Ferrer y teniendo de coprotagonistas a Anthony Perkins y Lee J. Cobb, desde que vi los avances (trailer) en el cine no me intereso mayor cosa esta cinta de relación amorosa de un hombre blanco, que encuentra en las profundidades de la jungla a una chica que ha crecido en forma semisalvaje y por las críticas que he encontrado sobre ella, al parecer no me he perdido de mayor cosa.

En esa época rechazó participar en “Gigi” (Gigi, 1958), obra que había representado en Broadway en 1951, en una versión no musical. En la que dirigió para el cine Vincente Minnelli, fue Leslie Caron la encargada de suplirla.

Más interesante que “La flor que no murió” es “Historia de una monja” (The nun’s story, 1959) basada en la novela de Kathryn Hulme, la cual recreaba la vida de una monja de nombre Marie Louis Habets, aunque en la película se llama Hermana Luke o Gabrielle van der Mal, quién esta de misionera en labores de enfermera en un lugar de África, si no mal recuerdo en el Congo, la cual termina enamorándose del médico Dr. Fortunati (Peter Finch) debatiéndose la monja entre el cumplimiento de sus votos y su despertar sexual, aunque Fred Zinneman lo trata con una sutileza encomiable, lo cual nos lleva a estar ante una interesante historia de amor y renuncia. Audrey fue nominada por tercera ocasión al Oscar de Mejor Actriz y si el galardón por “La princesa que quería vivir” puede ser cuestionado en “Historia de una monja” encontramos una de sus mejores actuaciones. No se trata de un film pro o contra la religión católica, es simplemente una historia de sentimientos humanos.

En una sola ocasión incursionó en el western Audrey Hepburn en “Lo que no se perdona” (The unforgiven, 1960) filmada en Durango, México, por John Huson, con la participación de Burt Lancaster, Audie Murphy, Charles Birckford y Lilian Gish. Se trata de un film antirracista sobre una familia de pioneros que tienen que defender a Rachel Zachary (Audrey Hepburn) al descubrirse que en realidad no se trata de una chica blanca, sino de una joven kiawa, a la cual el padre de los Zachary rescató siendo niña de una masacre de un grupo de blancos, para llevársela a su esposa que siempre anheló tener una hija, después de procrear tres hombres. Los Zachary tienen que luchar contra sus vecinos blancos y los miembros de la tribu kiawa que reclaman el regreso de Rachel. Para disfrutar de este esplendido western les sugiero consigan una copia en DVD en su formato original en cinemascope, pues la fotografía es uno de los grandes aciertos de este western, al cual el paso del tiempo le ha beneficiado, dejando atrás las críticas de la época, motivadas más por el contexto histórico de la lucha de los derechos civiles de los negros en que se cuestionaba a Huston no ser claro en su postura al respecto y utilizar analogías y no realizar un filme directo sobre la discriminación racial.

A reserva de que alguien proponga un tercer personaje, entre los 21 que interpretó a partir de su debut en Hollywood, creo que los dos que de inmediato motivan el recuerdo de Audrey Hepburn entre sus miles de miles de admiradores al escuchar su nombre es como la princesa Ana en “La princesa que quería vivir” y su Holly de “Muñequita de lujo” (Breakfast at Tiffany’s, 1961) y que en España se conoce por el título de “Desayuno con diamantes” realizada por Blake Edwards, a partir de la novela de Truman Capote y de la cual, en el momento de su estreno Julián Marías hizo un comentario harto interesante sobre esta comedia romántica al señalar, entre otras cosas: “La historia es de las mejores de Truman Capote, y la figura de Holly es de un encanto alcanzado pocas veces en la literatura contemporánea. Caprichosa, absurda, acaso sin moral –o con una ‘muy recóndita’, como decía Maragall de la belleza de su mujer-, imposible de prever, arbitraria, llena de venillas de frescura, alegría e inocencia que manan entre el disparate general de su vida, el lector se queda para siempre con ella. No es poco decir”.

Y, ahora, ese formidable director que está resultando Blake Edwards se ha atrevido a poner a Holly Golightly delante de nuestros ojos. Lo probable sería que la hubiera despojado de su magia literaria, y no digo que no se le haya escapado algún primor; pero en cambio, nos la ha encarnado nada menos que en Audrey Hepburn; no cabe acierto mayor. Porque Audrey Hepburn es una realidad prodigiosa, una verdadera actriz ‘de cine’; es decir una criatura que tan pronto como aparece en la pantalla y empieza a moverse nos produce insustituible placer, nos da algo enteramente irreductible, que merece llamarse, sin el menor misticismo , ‘inefable’, porque es lo que literalmente no se puede decir, sino sólo ver; como un color, por ejemplo, que nadie nos puede contar, describir ni comentar, sino que hay que abrir los ojos y verlo”.

“La presencia y la figura de Audrey Hepburn son lo que supera en la película ‘Breakfast at Tiffany’s (Desayuno con diamantes). Cuando se le vuelve a leer ocurren dos cosas: una que no se puede ya imaginar a Holly de otro modo que siendo Audrey Hepburn; otra que la lectura resulta pálida, como un recuerdo, y pide –como dicen que ocurre a las almas separadas- el cuerpo frágil, esbeltísimo, armonioso en que ha estado encarnada, los ojos inmensos y elocuentes, los gestos entre felinos e infantiles. No sé pensará el autor, pero a su personaje le ha sobrevenido una peripecia de la que no puede recuperarse: Holly ‘es’ Audrey Hedpburn, quiera o no, le guste o no”.

La novela la leí varios años después de tener a “Muñequita de lujo” entre mis comedias románticas favoritas y sólo cabría agregar o puntualizar que conforme avanzaba en su lectura no tenía capacidad para imaginarme a Holly que no fuera a través de la sonrisa entre ingenua y maliciosa de Audrey Hepburn, quién merecidamente recibió su cuarta nominación al Oscar por esta cinta, cuyo famoso vestido negro de coctel, diseñado por Givenchy fue vendido en 2006, en una subasta para ayuda de niños pobres en la India, en 807,000 dólares, mayor precio alcanzado por una prenda en la historia del cine.

Entrando a la trivia Truman Capote decía que el personaje de Holly estaba inspirado en algunos rasgos de Marilyn Monroe e inclusive se llegó a especular sobre ofrecerle el film, bajo la dirección de John Frankenheimer, pero según chismes de la época Lee Strasberg, director del Actor’s studio y maestro de la Monroe le aconsejó que no le beneficiaba en nada a su carrera el hacer el papel de esa “buscona”. George Peppard no fue la primera selección para ser la pareja de Holly, pero entró debido a que por compromisos de trabajo en la televisión Steve McQueen no pudo aceptar el rol de Paul Varjak; pero quizás lo que más recuerdan los fans de Audrey es que ella no fue doblada para interpretar la canción tema “Moon river” escrita especialmente por Henry Mancini, quién la apoyó frente a los productores que querían “doblarla”, por no ser una cantante profesional. Mancini, Edwards y Audrey se impusieron y la versión de la actriz tuvo bastante éxito entre el público cinéfilo.

William Wyler llevó a la pantalla la pieza de Lilian Hellman “The children`s hour” en 1936 con el título de “These three” y que aquí pasó con el título de “Infamia” con Miriam Hopkins, Merle Oberon y Joel McCrea, no quedando satisfecho con el resultado, ya que la censura le obligó a evitar cualquier insinuación sobre una posible relación lésbica entre las protagonistas y al parecer todo se reducía a un conflicto de amor entre dos amigas maestras por el mismo hombre, las cuales eran acusadas de mantener relaciones al mismo tiempo por una de sus alumnas, desatando una injusta persecución contra las maestras que veían destruida su reputación, a causa de esa falacia. En 1961 Wyler volvió a filmar la historia ahora si utilizando el título original de la obra “The children’s hour”, lo cual, por cierto no se reconocía en la versión de 1936, llevando en los roles protagónicos a Audrey Hepburn, Shirley MacLaine y James Garner y a Miriam Hopkins, que estuvo en la primera en uno de los personajes secundarios, la cual por su ligereza al hablar sobre el afecto que se tienen las dos maestras y ser escuchada por la adolescente Mary Tilford (Karen Balkin) provoca que ella acuse a las catedráticas de mantener una relación lésbica. Aunque en rigor Wyler no utiliza la palabra, si resulta claro, en esta versión, de que el embuste fraguado por la caprichosa Mary va en ese sentido, desencadenando la destrucción de la reputación de las mentoras y llevando a la muerte a una de ellas, en este interesante drama que en México se estreno con el título de “La mentira infame”. En rigor quién luce es Shirley MacLaine al llevar el complejo rol de la maestra con problemas de opción sexual, como se dice ahora, en tanto Audrey sale airosa en su papel de la mujer normal, por así decirlo.

Los ingredientes de comedia romántica con thriller de suspenso al estilo de Alfred Hitchcock que mezcló, con gran ingenio Stanley Donen en su estupenda cinta “Charada”, juntando por única ocasión a Cary Grant y Audrey Hepburn, dieron por resultado otra de las imborrables cintas de Audrey Hepburn y de la cual pueden encontrar, en este mismo sitio de cineforever un amplio comentario con el título, precisamente de “Charada”.

Richard Quine es un director al cual algunos críticos han revalorizado y si bien sus tres películas con Kim Novak de protagonista: “Sortilegio de amor” (Bell, book and candle, 1958), “Vecinos y amantes” (Strangers when we meet, 1960) y “Mi bella acusada” (The notorious landlady, 1962) las tengo en buen aprecio, al igual que “Como asesinar a su esposa” con la siempre bella Virna Lisi; lo cierto es que sólo en una ocasión, cuando su estreno, vi “París, tu yo” (Paris – When It Sizzles, 1964) con William Holden y Audrey Hepburn, razón para tener un vago recuerdo de esta comedia que en España se conoce con el título de “Encuentro en París”, por lo cual no haré mayor comentario sobre ella.

Sé que voy a decir un sacrilegio, pues conozco a varios amigos y críticos que pueden aportar infinidad de argumentos para tratar de convencernos de que la Eliza Doolittle de “Mi bella dama” (My fair lady, 1964) es otro de los personajes inolvidables de Audrey Hepburn, la cual fue doblada por Marni Nixon en la interpretación de las canciones. No discuto que se trata de uno de los musicales más elegantes y sofisticados, dirigido por alguien que no era precisamente un especialista en el género: George Cukor y que son muchas sus virtudes, pero siempre me he quedado con la espinita de que Jack Warner cometió una injusticia al no poner a Julie Andrews en el rol de Eliza, pues ella lo había bordado durante varios años en Broadway. ¿Prejuicio? Seguramente sí, pero lo cierto es que prefiero otras interpretaciones de Audrey, por encima de la que tuvo en “Mi bella dama”, al lado de Rex Harrison.

En su momento “Como robar un millón de dólares” (How to Steal a Million, 1966) dirigida por William Wyler, con Audrey Hepburn y Peter O’Toole, me pareció deudora de la moda impuesta por “Charada” de Stanley Donen, considerándola un film menor, con ciertos toques de buena comedia en algunos momentos, pero simplemente la Hepburn y O’Toole no trasmiten mucha química como pareja, asi que simplemente estamos ante una prescindible y floja comedia.

Sobre la estupenda y amarga comedia “Un camino para dos” (Two for the road, 1967), travesía sobre los avatares de un matrimonio en diversas etapas de su relación, realizada con gran frescura por Stanley Donen e interpretada con mucha soltura por Audrey y Albert Finney, tendremos que remitirlos en este mismo sitio de cineforever a nuestro texto Un Camino Para Dos: o el paso del tiempo en un matrimonio, para un comentario más amplio sobre este recomendable film.

“Espera en la oscuridad” (Wait until dark, 1967) dirigida por Terence Young fue producida por su esposo Mel Ferrer y se trata de un film de suspenso, en el cual ella es una ciega, la cual debe defenderse en su apartamento del ataque de tres maleantes, quienes buscan recuperar una muñeca, introducida de contrabando a Estados Unidos, con un cargamento valioso de joyas, si no mal recuerdo. Por su actuación recibió la quinta y última nominación al Oscar. En plan de trivia es de notar que “Espera en la oscuridad” le permitió reunirse con Terence Young 23 años después de la batalla de Arnhem en Holanda, donde se conocieron cuando el director era el comandante de un tanque de las fuerzas armadas británicas y ella desempeñaba funciones de enfermera, en el país natal de su madre.

A finales de 1968 se divorció de su primer esposo Mel Ferrer, con el cual no habría ya de tener contacto, salvo en dos ocasiones: la graduación de su hijo Sean y en el primer matrimonio delk muchacho. Se casó con el psiquiatra Andrea Dotti, el 18 de enero de 1969, procreando un hijo (Luca Dotti) y divorciándose en 1982. A partir de su relación con Dotti inició un retiro del cine, rechazando varias ofertas hasta aceptar hacer el rol de una madura Lady Marian, en “Robin y Marion” (Robin and Marian), la cual cansada de esperar a Robin (Sean Connery) de que regrese de las cruzadas, ha decidido retirarse a un convento, a donde la va a buscar su esposo. Richard Lester ofreció una versión desmistificadora de la leyenda de Robin Hood que funciona bastante bien, como una reflexión desenfadada sobre estos héroes caballerscos.

“Lazos de sangre” (Bloodline, 1979) dirigida por Terence Young, con Ben Gazzara, James Mason, Romy Schneider, es otro de los filmes que desconozco de Audrey Hepburn, en la cual es la heredera de una industria farmacéutica quién, según las sinopsis que circulan, va descubriendo que algunos de los miembros de su familia están involucrados en un complot para eliminarla. Parece ser un rutinario thriller de suspenso sin mayor trascendencia.

“Todos rieron” (They all laughed, 1981) dirigida por Peter Bogdanovich es una comedia fallida de amores y engaños, entre parejas perseguidas por detectives que terminan enamorándose de algunas de sus clientes. Haría otras dos breves apariciones una en la película para televisión “Love Among Thieves” en 1987 y en “Por siempre” (Always) al lado de Richard Dreyfuss y Holly Hunter, dirigida por Steven Spielberg.

En 1988 aceptó desempeñarse como embajadora de buena voluntad para la UNICEF, auxiliando niños desamparados en Latinoamérica y en África, trabajo que desempeño casi hasta el final de su vida, pues aquejada de un cáncer incurable no quería disminuir sus actividades hasta que en diciembre de 1992se refugio en su casa de Suiza, donde moriría el 21 de enero de 1993, dejando para los cinéfilos un legado de personajes inolvidables con una imagen única en un tiempo que el prototipo de las estrellas en Hollywood era su voluptuosidad y cachondería, al tipo de Marilyn Monroe o Elizabeth Taylor, mientras ella trasmitía dulzura e ingenuidad con su sonrisa de eterna veinteañera.

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