Una de las funciones más importantes del cine ha sido mantener una imagen de la realidad actual, aún cuando la trate de forma tangencial mediante la ficción; esta imagen es su liga más directa con el público que logra identificar su realidad en las películas, aunque no sea en sus partes agradables; con “Amar a morir”, Fernando Lebrija nos entrega este tipo de imagen pero con un fuerte sentido romántico.
El principio de la película resulta chocante y poco atractivo, pero siguiendo la vieja escuela del cine mexicano establece un retrato de la clase dominante en el país, de las desavenencias familiares en lo que hemos dado en llamar conflicto generacional; hace un retrato de la impunidad y la decadencia de clase que utiliza el poder tan solo para mantener una situación de privilegio que se convierten fin por sí mismo y deshumaniza el resto de su existencia.
En su tratamiento de la conducta disipara e irresponsable de Alejandro (José María de Tavira) y sus amigos de clase detectamos la huella de un cine sobre adolescentes que formó la idea de una juventud estúpida y dependiente de modelos culturales ajenos al desarrollo real de los mexicanos; sin embargo Lebrija recupera en estas imágenes la realidad de una juventud desconectada de los intereses de su clase y de la conservación del orden, tan solo utiliza los privilegios sin conciencia alguna que le permita la continuidad de ellos, a cambio de esa disipación ha de confrontarse con los verdaderos sustentadores de la autoridad personificados en Raúl el “Tigre” Guzmán (Alfredo Estrella), en una infortunada coincidencia de nombre con uno de los grandes guionistas del cine mexicano.
Porque a través de éste cacique michoacano Lebrija nos entrega la definición diferencial entre autoritarismo y autoridad, porque el “Tigre” Guzmán gobierna sin duda el pueblo costero de Ocelotitlán y lo hace proporcionando a la comunidad las comodidades y beneficios que el gobierno establecido no es capaz de entregarles, aún más, su justicia es inmediata y expedita, no perdona siquiera los privilegios del ejército, cuya corrupción es su mejor arma, y a cambio solo pide olvido y obediencia.
Guzmán es la imagen actual del Médicis renacentista, el príncipe cuyo principado sustituye las funciones de un gobierno agobiado por sus propias contradicciones y separado violentamente de los gobernados para resolver su dicotomías de estado en el que los componentes actúan cada uno por su lado: los políticos en su construcción de una máscara pública que el “Tiburón” (útil, manteniendo la conservación del “hueso” como prioridad, los empresarios perpetuando a toda costa la ficción económica de las finanzas y las familias la de una unidad y utilitarismo de clase, motivo principal de la huida de Alejandro, safándose de una matrimonio por alianza que a él no le da nada, salvo una prostituta liberal proveniente del apellido Corcuera.
El director exhibe a la clase dirigente como perpetuadora del conservadurismo decadente de una derecha que no ha abandonado las formas y sustancias del siglo XIX, su racismo, la bondad hipócrita de su “conciencia” que solapan una promiscuidad suicida y también la ceguera egocéntrica que le impide toda crítica racional para entender salidas humanas ajenas a la conservación del status.
En contraste Alejandro encontrará en Rosa (Marina García) la sencillez del explotado que tolera las violencias del poder a cambio de la conservación de las cosas simples que perpetuán su humanidad, aunque no exista la conciencia más que como una potencialidad romántica que dará motivo al final semi trunco de la película, porque finalmente es una historia de amor siguiendo las líneas de “Romeo y Julieta”, pero en su actualidad situada en la sociedad carente de gobernabilidad institucional no guía hacia la visión de fascismo que Guillermo Cabrera Infante atribuye a los estadunidenses en “Carrera Contra el destino”.
Igual que el Kowalski en la cinta dirigida por Richard Sarafian, Alejandro y Rosa verán truncada su huída: al frente el “Tigre” con su gente, detrás el ejército comprado, como quien dice entre el gobierno y el narco, solo que el “Tigre” quiere recuperar a Rosa y prohíbe les disparen, y ella no ve más salida que embestir a su perseguidor, quien no podrá hacer nada para evitar que el “Tiburón” (Raúl Méndez) y sus secuaces la acribillen, así quedará la pareja romántica sin consumar el único acto de voluntad soberana y escapar, a cambio el “Tigre” solo puede asesinar al “Tiburón” y asumir de nuevo el control de su imperio sobre el pueblo y el narcotráfico.
Es una visión de la actualidad que el cine ha ido reforzando con el tiempo, una visión cíclica de la historia mexicana que en cada final-principio de siglo ha escalado el distanciamiento entre la población y el gobierno, que trata de explorar el ascenso de los caciques, de la aparición de los caudillos o la sombra de las necesidades populares que permanecen ajenas al trabajo en masa de los gobiernos, un ascenso que ha visto la relación entre la población y el narco desde las primeras versiones de este fenómeno en “Marichi” y “Desperado” de Robert Rodriguez, hasta la brillantez de estilo alcanzada por Cuarón en “Rudo y Cursi” o éste romance inveterado de “Amar a Morir”.