
Luis Buñuel
Hace algunas cuantas décadas –en los años setentas del siglo pasado- la Casa de la Cultura de Aguascalientes contaba con una suerte de oasis cinematográfico: un Cine Club donde era posible, si bien con cierto rezago, ver películas de lo que entonces se llamaba con toda justicia y sin asomo de petulancia cine de de arte. Gracias a esa suerte de milagro muchos jóvenes de entonces pudimos ver por vez primera un cine que apenas se parecía al que entonces predominaba en las carteleras regulares. Así pudimos ver con asombro e inquietud películas de Ingmar Bergman, Federico Fellini, Marco Ferreri, Jean-Luc Godard, Francois Truffat y Luís Buñuel, entre muchos otros. Para algunos de nosotros el ver estas películas significó una revelación: que el cine podría ser un arte mayor, que estaba a su alcance la extrema profundidad y sensibilidad que se asocia a la mejor literatura, música o pintura. Este proceso de iniciación se convirtió un hábito que pronto devino en adicción. Hoy, entre los pocos vicios que me permito y del que puedo hablar en voz alta esta el cine. Por supuesto, y pese a ser muy económica la entrada, el Cine Club nunca tuvo multitudes esperando con impaciencia el inicio de la películas ni hubo filas mayores para comprar los boletos. Más bien, como todo club que se respete, por ejemplo el club de admiradoras de Raphael o el club de filatelistas, el Cine Club tenía una membrecía muy reducida pero fiel. Pero eso no importaba: de hecho asistir a la Sala Leal y Romero lo entendíamos como un privilegio ganado por nuestra perseverancia, nuestra curiosidad y, para no pocos, por su esnobismo. Lo que pocos sabíamos entonces era que lo que hacía posible este privilegio era el entusiasmo y el amor por el cine, el buen cine, de Gerardo Meza o el Chango Meza para sus amigos más cercanos. Gerardo era quizás el principal animador y promotor del Cine Club. Sin mayores recursos, sin el beneficio de subsidios privados, universitarios o gubernamentales, sin la expectativa de ganancias (y antes bien con la esperanza de no perder demasiado) y sin reclamar reconocimiento alguno por ello, Gerardo iba y venía de Aguascalientes a la Ciudad de México con las latas de películas sin más ánimo de que se proyectarán en su ciudad. Hoy podemos apreciar el heroísmo y generosidad que esta empresa le supuso y agradecer que su empeño nunca mermara a pesar de las poco propicias condiciones para hacerla posible. Tiempo después, en los primeros años de los noventa, y habiendo trabajando con él por seis años, tuve la oportunidad de corroborar que ese empeño y generosidad no la reservaba para el cine sino que era parte de su forma de ser, de su forma de estar en el mundo y de su forma de relacionarse con sus semejantes.
Entre las películas que puede ver en el Cine Club de la Casa de la Cultura estuvo “El discreto encanto de la burguesía” (1972) una de las obras maestras de Luís Buñuel. Fue la primera película que vi de Buñuel y de hecho la iniciación a una obra que no termina nunca de asombrarme, inquietarme e interrogarme como aquella tarde en que me asomé por vez primera al interior del mundo de Buñuel. El mundo de Buñuel esta hecho del “material de los sueños” pero también de las arduas y crueles realidades y de los más profundos deseos que no por oscuros nos definen menos como seres humanos que nuestros aspiraciones más luminosas. De esta conjunción de contarios surge una obra, al decir de Octavio Paz, elaborada con ferocidad y lirismo, con sangre y onirismo, con un verdadero surrealismo crítico en su mejor sentido. No hay forma de ver una película de Buñuel – aún las menos afortunadas- sin estar expuesto a ser asaltados por ese impulso de subversión y rebelión que nos revela aquello que no queremos ver, aquello que no toleramos mirar y reconocer como parte de nuestra condición humana. Por ello nuestra mirada requiere ser rasgada, en cierto modo limpiada y descontaminada: liberada. Y esto es justo lo que Buñuel hizo todo el tiempo: liberar nuestra mirada. Desde la escena con la abre su primera película “El perro andaluz” (1929) –escena que es en sí misma toda una declaración de fe poética en los poderes subversivos de la mirada – hasta aquella última escena en que una mano fina, de mujer delicada zurce un desgarrón en un encaje ensangrentado con que concluye su última película “Ese oscuro objeto del deseo” (1977), esta presente ese ánimo de liberación y revuelta que nos permite vislumbrar el momento en que la libertad pierde su condición fantasmal al que la Nueva Edad Media la tiene condenada. Así, la obra de Buñuel se resuelve no sólo en una profunda indagación de aquellos poderes, terrenales y celestiales, políticos y eclesiásticos, culturales y militares, que nos impiden conquistar la libertad y con ello conquistar nuestra verdadera dimensión humana. Comentando “La Vía láctea”, “El discreto encanto de la burguesía” y “El fantasma de la libertad”, Buñuel dijo: “Hablan de la búsqueda de la verdad, que es preciso huir en cuanto cree uno haberla encontrado, del implacable ritual social. Hablan de la búsqueda indispensable, de la moral personal, del misterio que es necesario respetar” Creo que ello define muy bien toda su obra.
Buñuel falleció hace 25 años a los 83 años. Ya fuese en su natal España, en Francia o en México, lugares donde radicó la mayor parte de su vida, Buñuel supo vivir de acuerdo a sus muy personales convicciones y gustos y sus no menos personales contrastes. Ateo gracias a Dios, contestatario que gustaba de la buena comida y bebida; subversivo con un matrimonio del todo convencional según se aprecia en las memorias de su esposa por 52 años, Jeanne Rucar de Buñuel (“Memorias de una mujer sin piano”, 1990) en fin, creador con una imaginación desbordada pero con los pies en la tierra, hoy Buñuel, en uno más de sus contrastes, es, desde hace 25 años, un fantasma que, lejos de descansar en paz, no se cansa de enseñarnos los caminos terrenales de la libertad.
En el párrafo con que concluye sus memorias, “Mi último suspiro” (1982), Buñuel confiesa su último deseo: el poder regresar a nuestro mundo cada diez años, adquirir los periódicos, “leer los desastres del mundo” y después volver a dormir plácidamente. Ignoro si ha podido cumplir su deseo. Lo que si puedo imaginar es que ahora Gerardo Meza puede reunirse con Luís Buñuel y tomando un dry-martini, obviamente preparado por el mismo Buñuel- y con la agudeza y sentido del humor que lo caracterizaba pusiese a Buñuel al tanto de lo acontecido en su ausencia en los últimos 25 años. Es seguro que lo haría mejor que cualquiera de los diarios de este mundo y del otro. Más importante es que, también con toda certeza, ambos ganarían una amistad perdurable. No imagino mejor Paraíso para Gerardo que el que, como aquí, entre nosotros, pueda cultivar con sus dones de amistad y generosidad.
(Nota del editor: texto publicado originalmente en El Heraldo de Aguascalientes en julio de 2008)
Luis Buñuel y Los Hijos de Los Olvidados