Todos Somos Héroes: El Buck Howard de John Malcovich

Escrito por Gilberto Calderón Romo on may 4th, 2009 y archivado en Actores y Actrices, Comedia. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

México, D. F. Mayo de 2009. En estos días de susto por la epidemia de Influenza, opté por ver una comedia que me aligerara el ánimo y me topé con “El Gran Momento de Howard” (The Great Buck Howard, 2008) dirigida por Sean McGinly.

La historia en sí, carece de mayor relieve: Un joven estudiante de derecho abandona la carrera y buscando oportunidades, entra como asistente de viajes de un ilusionista en declive, que actúa en pequeños teatros por diversas partes del territorio norteamericano.

El laureado Tom Hanks (1956) tiene un par de fugaces e intrascendentes apariciones, que se explican por el simple hecho de que el coprotagonista es Collin Hanks (1977), su hijo en la vida real, un muchacho desangelado e insípido que tiene esta oportunidad, es de suponerse, por las evidentes conexiones de su famoso padre en la industria hollywoodense. Hace bien Tom en apoyar a su hijo, al que por desgracia, no pudo heredarle sus talentos histriónicos.

La chica Emily Blunt (1983), tampoco aporta nada sobresaliente al desempeño de su mediano papel.

Hay dos factores que salvan a la película de convertirse en una del montón. Primero, la dirección de McGinly que impide que un asunto tan trivial se le caiga de las manos, y es capaz de mantener la tensión a lo largo de la casi hora y media que dura la proyección.

El otro y tal vez el más importante elemento de flotación, es que el rol de Howard le fue confiado nada menos que a John Malcovich (1953), uno de los actores de verdad que es capaz de interpretar a la Barbie y hacer que le creamos. Este artista tiene una sólida formación teatral y sin haber egresado del Actor’s Studio de New York, domina las técnicas de interpretación a las que dedica concienzudos preparativos.

Buck Howard es un ilusionista de edad más que madura que, como suele suceder, recuerda y hace saber a quien le escucha, sus glorias pasadas que consistieron en aparecer 61 veces en el show de Johnny Carson (1925-2005), un presentador de TV célebre en los años 60 del siglo pasado.

El trabajo conjunto de McGinly y Malcovich nos sirve un personaje de hondas fibras humanas, alguien que cree en sus propias potencialidades y hace oídos sordos al hecho de que el tren de la vida ha pasado de largo. En contraste con las cintas que se deleitan en presentarnos hasta la minucia, historias de los grandes héroes, la actual hace visible a uno de los personajes que nunca llegan al estrellato, jamás se encumbran a la cúspide.

Iluminar las zonas intermedias de la sociedad, la de las personas que no alcanzan la cima y que como en este caso, sirven a públicos marginales como pueden ser los de la tercera edad y no los jóvenes roqueros, es de por sí un ejemplo atípico y hasta anticlimático, pero no desencaminado del mercado, porque ¿qué otra cosa es una sociedad si no un conjunto de minorías invisibles y silenciosas? ¿Quiénes si no esas minorías son las que constituyen las amplias capas de consumidores, por más que los medios de comunicación y los políticos no reparen en su existencia?

Para quien quiera asumirlo, el filme más que una comedia, es un drama aunque no se presenta como tal de manera explícita. No es propiamente una biografía porque nunca se esclarecen los antecedentes del personaje principal y aún más, queda flotando en el aire la duda sobre sus preferencias sexuales, algo que inquieta a los chismosos del ambiente.

Una y otra vez, los personajes se preguntan sobre el secreto de los trucos de Howard, pero la película insiste en que no hay tales, sino que son los atributos personales del ilusionista los que producen sus asombrosos resultados.

Ambos, el director y el actor, consiguen trasladarnos con honestidad y franqueza, el profundo impasse del artista que se esfuerza por remontar las incomprensiones del entorno sin lograrlo, sea que la fatalidad se lo impida, o él mismo que de una manera repentina se da cuenta que lo suyo está en itinerar por los teatros de provincia, con pianos deslustrados y no ofrecer su arte en los grandes escenarios de Las Vegas.

En cuanto a la vocación y utilidad del Howard, su ethos vital, nos da la clave Troy Gable (Collin Hanks) cuando reflexiona: “Yo quería creer que Buck siempre estaría ahí, en alguna pequeña ciudad, enseñándole a la gente que lo imposible es posible, que hay magia en este mundo.”

Y sí, el público del mago está compuesto por personas de la tercera edad que asisten al teatro en busca de un poco de ilusión, del mismo modo que las matronas solitarias acuden a los bingos o a los casinos, a jugarse su pensión para comprar una brizna de emociones que la vida de por sí, ya no les ofrece.

Cabría pensar que a cosa parecida vamos al cine, a consumir algo de magia que en la existencia del día a día no tenemos, y que el cine nos prueba según el pensamiento de Gable-Hanks, que, en efecto, hay magia en este mundo. Al ver esta película desfrutamos de la del ilusionista y también la del cinematógrafo que nos da la soberbia actuación de John Malcovich.

La lucha tenaz de Howard por mantenerse en activo – como en la bicicleta, tiene que pedalear para no caerse- nos lleva a la certidumbre de que todos somos héroes, así nunca aparezcamos en los medios de comunicación, ni seamos los líderes de nuestra comunidad. El campo de guerra que tenemos enfrente nos debe convencer que la batalla que damos todos los días, es plena de heroísmo y es también una epopeya, sólo que no recibe la publicidad que se reserva a los grandes nombres.

El Buck Howard que Malcovich nos da, es entrañable y llega a clavarse en nuestra sensibilidad, nos identificamos con su pugna porque es la de nosotros, nos parece tremendamente humano con todo y sus desplantes de mal humor, de soberbia y egoísmo.

Buck Howard es un paladín oscuro sin seguidores porque no encabeza una secta, sino que forma parte de ella, de una banda anónima en la que figuran millones de seres, que cotidianamente luchan sin reposo, pero ellos no lo saben porque, simplemente, pocas veces salen en un filme.

Esta es una de esas raras veces.

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