Desierto adentro, el tiempo de las deudas

Escrito por Héctor Enrique Espinosa Rangel on abr 30th, 2009 y archivado en Cine Mexicano. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

Escena de "Desierto Adentro"

El cine y la historia oficial tienen una deuda con los mexicanos: el virtual robo de un largo periodo de cambios y conflictos que modelaron la mayor parte del carácter de los que hoy habitan este país, de esto y cosas más profundas trata “Desierto Adentro”, de Rodrigo Pla.

En el fondo más cercano de la historia familiar de Elías (Mario Zaragoza) gravita la del conflicto de la fe que desgarra medio millar de años de historia como pueblo, una fe que jamás abandonó el nicho de los ídolos ni se radicó en las piedras arcaicas de los dioses viejos.

La deuda que busca liquidación a través de este relato es la de la guerra cristera como parte de nuestro desarrollo, de la ruptura brutal del mundo que fue (y sigue siendo) despojado de la luz oscura de la religión y escala lentamente la racionalidad de una modernidad cuyo laicismo le condena a no cerrar su círculo significativo, a dejar de lado la parte profunda de la cultura representada por la re-elección de una explicación personal y general sobre nuestro origen como humanos.

Mas el problema de Elías es que su re-elección no es tal, según las enseñanzas del catolicismo romano, aún modificado por la Reforma, que define la religión como un re-ligar, religarse o mejor re-leer, re entender el mundo y las sagradas señales, pero tal relectura depende por completo de la infalibilidad autoritaria de la cabeza de la iglesia y de ella misma como edificio fundacional, tanto que al final del conflicto armado de 1910 exigió participar de los cambios del estado conservando su estatus como mediador y mediatizadora entre pueblo y gobierno, de ese mismo que se suponía entonces nutrido ahora por el mismo pueblo al darle el acceso a los procesos democráticos.

Esa es la iglesia que se adueña de la voluntad de las mujeres y a través de ellas como madres y portadoras de la cultura, manipula a los campesinos más humildes para hacerlos carne de cañón contra el nuevo ejército federal, contra la primera institución empeñada en cambiar renunciando a sus privilegios ancestrales para dar fin al régimen pre-liberal que sangró al país por más de medio siglo, el mismo que dio crisis al autoritarismo porfirista; pero en Elías, sus ocho hijos, su esposa y su suegra, no hay ninguna referencia a todo esto: solamente saben que sin el sacramento de la iglesia el matrimonio y el nacimiento están perdidos para ellos que habitan ese filo del mundo que son las tierras chichimecas, el terreno semiárido del Bajío y sus aledaños, por eso todos, hasta el descreído Elías, sufren la orden de cierre de las iglesias y la persecución consecuente con curas y creyentes.

De la “cristiada” Pla nos evoca la angustia familiar de quedar divididos entre la impotencia y el cambio mental, de ver al mundo viejo irse al diablo sin otra cosa que palabras prometedoras de mejoría, palabras de un gobierno que no puede hacer llover, que no salva a los niños en el parto ni arranca los enfermos a la Parca; desde luego están las armas y el ardor de los adolescentes, esos que harán que el joven primer Aureliano (Alan Chávez) arriesgue y pierda la vida en aras de su fe en la iglesia, mientras la vieja madre Elvira (Angelina Peláez) promueve la rebelión, quizá para conservar la poca seguridad que le presta el culto mariano para sobrevivir en la sociedad machista, y por ello maldice a Elías y a los suyos so pretexto de carecer de una fe sustentadora.
Y es al llamado de esa madre que Elías buscará al Padre Eterno, que pretenderá una alianza en medio del diluvio de la soledad y dirigirá la barca de su familia al océano del chamizal para construir el templo prometido, para hacer su propia Jerusalén y alcanzar el perdón por no avocarse L lucha estéril en contra del gobierno, por no cerrar los ojos ante al realidad y aceptar la palabra de la iglesia; a cambio tendrá la irrealidad de su propia palabra que le seduce y sirve para sembrar en sus hijos, especialmente en el pequeño Aureliano, a quien inculcará el nuevo mundo y lo recreará en y a través de las manos de pintor del hijo, solo que el arte libera, no encadena, y Aureliano será menos amanuense (¿O amanteca?) y más testigo de todas las realidades en que se involucra, pasará de la fe a la confianza y al escepticismo en rápida sucesión y finalmente alcanzará el dolor de la conciencia mediado por el erotismo incestuoso de su familia.

Pla nos lleva hacia el desierto interior, a la ausencia de dios fruto de la inconsistencia histórica de una iglesia en decadencia: el gobierno que apenas asume su propio cambio cegado totalmente hacia quienes gobierna y se complementa con una iglesia ahíta de sí e incapaz de crecer o hacer caso de su propio origen, las instancias que van dejando el vacío fundamental en lo profundo del humano mientras pugna con las superficies explotables de los individuos.

Con cierto minimalismo reflexivo la apunta no solo a estos despojados (material y espiritualmente) del Bajío, sino a la historias entera del país, a un desgarre profundo que bloquea todo paso hacia una conciencia de sí y de los demás, que hunde en la angustia individual e impide cualquier aspiración democrática o de racionalidad imponiendo la fragmentación en uno mismo ante el hecho de los muchos, la historia, que pervive trunca y en silencio ante las pulsiones de lo inmediato, lo superficial.
Fitografía:

Desierto adentro. D. Rodrigo Pla. Con: Mario Zaragoza, Guillermo Dorantes, Alan Chávez, Angelina Peláez. Guión: R. Pla y laura Santullo. MÉX. 2008.

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