Indiana Jones y el eterno retorno de Narciso.

Escrito por Claudio H. Vargas on Abr 21st, 2009 y archivado en Aventuras. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

Cuando a principios de la década de los ochenta del siglo pasado se inició el ciclo de películas de Indiana Jones, un asombrado G. Cain, alías Guillermo Cabrera Infante, escribió: “Esta de ahora es la aventura inmortal, la aventura que no muere: el rollo que no cesa.” Y, fascinado sin fin, celebró lo que llamó el eterno retorno del cine: “la tarde de estreno se ha hecho nietzcheana”. Como queriendo rendir cumplido homenaje a esta profecía de Caín, este año, después de 19 años de su última aventura, Indiana Jones vuelve a la pantalla con la convicción de que al hacerlo esta cumpliendo su destino como héroe…héroe cinematográfico, sin duda, pero que, acaso, ¿no es ésta una de las pocas posibilidad de las que disponemos hoy día para el heroísmo?

“Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal” es, por supuesto, puro entretenimiento y cumple bien con cada una de las reglas de un género que, más que seguir, Steven Spiellberg y George Lucas se propusieron renovar y actualizar para los espectadores de los ochenta y hoy para los hijos de esos espectadores: el género de aventuras, un género que es, ante todo, acción y acertijo, ímpetu y adivinanza, frenesí y búsqueda y que, a semejanza de una montaña rusa, crea una suerte de adicción un tanto perturbadora ya que, en efecto, no termina uno de saciarse nunca. En esta ocasión Jones (Harrison Ford) ingresa de lleno a la Guerra Fría y en pleno macartismo -del que, por cierto, Jones podría haber sido una victima más como lo fueron no pocos profesores liberales y no pocos guionistas, directores y artistas del Hollywood de la época- se enfrenta junto con su amante Marion (Karen Allen), el hijo de ambos Mutt (Shia LaBeouf) a los soviéticos quiénes encabezados por la fría y antipática Spalko (Cate Blanchett) están buscando con desesperación no a Susana sino a la Calavera de Cristal de Akator. Calavera que, según la leyenda, es portadora de poderes sobrenaturales que bien podrían estar al servicio de quien tenga la fortuna de encontrarla en el más apartado y salvaje rincón de Perú. La similitud con la historia de “En búsqueda del arca pérdida”, primera película de la serie que se estrenó en 1981 y las otras dos que le siguieron (“Indiana Jones en el templo de la perdición” de 1984 e Indiana Jones y la última cruzada de 1989) es enteramente deliberada en el argumento, la visión maniquea que las anima (buenos chicos contra chicos malos) y la forma en que Jones asume su protagonismo, valga decir su heroísmo: con valentía y audacia, con humor y, de vez en vez, con una sonrisa maliciosa y cautivante que su sombrero no hace sino acentuar con discreción. Hay también una intención de ir más allá de hacer de esta similitud y de atar cabos sueltos que permitan otorgarle una continuidad natural a la trayectoria de Jones: la reaparición de Marion, por ejemplo, permite reciclar la historia de amor, que todos pensábamos nunca consumada, de la primera cinta a la vez que suscita el encuentro de Jones con el hijo que ignoraba que tenía (La paternidad y la orfandad son, por cierto, dos de los temas más recurrentes en las películas de Spielberg).

Esta similitud y esta continuidad es lo que todos esperaban – o mejor dicho casi todos- y eso lo sabían los propios Spielberg y Lucas quienes no sólo aguardaron por años un guión que precisamente acentuara esos atributos sino que, además, se rehusaron a utilizar la última generación de efectos especiales ya que calcularon que de haber recurrido a estos se hubiesen abierto una brecha, más que tecnológica, generacional entre los espectadores sino es que también entre los propios personajes. Así, la apuesta mayor estuvo en hacer que esta cuarta secuela fuese lo más fiel posible a sus orígenes, casi, se diría, a su denominación de origen, a su ADN.

Sin embargo, y que me disculpen los críticos profesionales y los incondicionales a Spielberg o a Indiana Jones, hay aquí algo que no termina de cristalizar del todo y no es precisamente la calavera de Akator. Y esto es el hecho de que lo que en las primeras películas – en especial la primera y tercera- era creatividad pura e innovación genuina que rendía gozoso y deliberado tributo a una tradición de héroes y películas de aventuras deviene ahora, en esta entrega, en mera autoreferencia, en una contemplación al espejo del todo narcisista que parece resolverse en una suerte de homenaje que se rinden a si mismos, satisfechos y sonrientes, los creadores de Jones, Spielberg y Lucas. Dicho de otro modo: el espíritu de aventura que impulsó a Spieberg y Lucas a reinventar el cine de aventuras parece hoy gastado, un tanto fatigado sino es que ya extraviado. Y no es que la película carezca de vigor, fuerza, emoción o incluso de cierta gracia, pero si es notorio que carece de lo que quizás fue la principal cualidad de las primeras películas de la serie: el sentido de aventura, el sentido de estar en una empresa que bebe de las fuentes originales de una legendaria tradición para reinventarla y con ella recorrer el camino de la auténtica invención.

Este sentido de pérdida es muy notorio en los últimos minutos del film y no me refiero, claro, a las nupcias de Jones y Marion. Me refiero al, en todos los sentidos, descabellado y torpe final que tiene que ver más con un alguna necesidad (o necedad) de tipo narcisista de parte de los autores de “Encuentros cercanos del tercer tipo” (1977), “E.T” (1982), “Inteligencia Artificia”l (2001), “La guerra de los mundos” (2005) y el six-pack de la “Guerra de las galaxias”, que con la búsqueda de una resolución acaso menos fantasiosa pero también más consistente con el impulso de un género que ellos ayudaron tanto a renovar. (Mariana, mi hija de once años, le dio un nueve de calificación a la película al salir del cine, pero, después de pensarlo un poco, le bajo a ocho por ese final que le pareció un tanto extravagante, o, en sus palabra, jalado de los pelos). Pero, insisto, esta sensación de pérdida, de que algo en el camino se ha abandonado recorre toda la película y no sólo al final. Espero, por mi amor al cine y mi constate admiración por el talento narrativo de Spielberg, que la suerte de Indiana Jones no sea la de su autor y que, en el futuro inmediato nos siga obsequiando tantos momentos memorables y emocionantes como los que en las últimas tres décadas nos ha dado sin exigirnos más que lo acompañemos en sus aventuras con una bolsa de palomitas y un refresco de cola.

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1 comentario en “Indiana Jones y el eterno retorno de Narciso.”

  1. Jorge Rodríguez dice:

    Una excelente revisión del héroe posmoderno que no es vaquero, ni pirata o nerd, pero es un poco de esos fenotipos a la vez. Es cierto que se desgastó el juego de aventuras que sirvió como fórmula perfecta para atraer masas a las salas de cine y salvar a la industria de una crisis terrible.
    Cintas como The Goonies, Willow, Stargate, El Joven Sherlock Holmes, La Momia, El Tesoro Perdido, Tomb Raider, Capitán Sky y el Mundo del Mañana y Piratas del Caribe repitieron hasta el cansancio los recursos narrativo visuales expuestos en esta saga y dejaron un tremendo desgaste para la cuarta entrega. Ni el guión religiosamente apegado al original de Kasdan y Kauffman, obra de David Koepp pudieron recuperar la magia de Indiana ochentero.
    Sin embargo, La Calavera de Cristal es adorable y, como lo he dicho en otros escritos sobre Spielberg, es un director de secuencias y no de obras completas, siempre le falla algo en la trama y se pierde al resolver el nudo, salvo en ocasiones que le han merecido clásicos como Cazadores del Arca Perdida, El Imperio del Sol, La Lista de Schindler y recientemente Munich.
    Por ahí se menciona que probablemente se haga una entrega más y la de Indiana Jones sea una pentalogía que haga tributo a otro misterio histórico sin resolver como el arca de Noé o la espada del rey Arturo.
    Sin esperar la superación de las anteriores; seguramente iremos a verla con la víspera de divertirnos una vez con el irónico y erudito aventurero.

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