Temporada de Patos y Lake Tahoe

Escrito por Gilberto Calderón Romo on Abr 13th, 2009 y archivado en Cine Mexicano. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

México, D. F: Abril de 2009. En torno a Fernando Eimbecke (México, 1970) hay muchos misterios, algunos relacionados con su facilidad para obtener premios en los festivales cinematográficos en los que participa, y oros relativos a los asuntos que inventa y aborda en sus obras.

En el año 2004 realizó “Temporada de Patos”, una cinta intimista que se escenifica en un pequeño departamento en la unidad habitacional Nonoalco-Tlatelolco de la capital azteca.

Son las 11 de la mañana de un domingo y Moko y Flama, dos adolescentes de 14 años, se quedan solos en el departamento de éste y disponen de una consola Xbox para entretenerse. A ellos se une una vecina –Rita, 16 años- obsesionada en hornear un pastel, y un repartidor de pizzas – Ulises- de poco más de 20 años.

El blanco y negro de la cinta y los planos fijos que se reiteran una y otra vez, privilegian a los actores sobre el escenario, y la riqueza de los diálogos y la originalidad de los asuntos que tratan aportan elementos ce calidad teatral en el desarrollo de la trama.

El uso de la cámara fija interrumpida por disolvencias una y otra vez, recuerda los experimentos anteriores llevados a cabo por Jaime Humberto Hermosillo (Aguascalientes, 1942) en “Intimidades de un cuarto de baño” (1989) y “La Tarea” (1991), si bien en “Temporada…”, se utiliza desde planos múltiples lo que impide el acartonamiento.

El guión está construido a base de hábiles elipsis lo que da verosimilitud a las anécdotas. Los personajes hablan como si todos conocieran el contexto y no requieren entre ellos, explicaciones adjetivas. Es el público el que tiene que ir completando las vivencias que apenas se apuntan en pantalla: El divorcio de los padres de Flama, la chica precoz que procura aliviar el olvido de su cumpleaños por parte de su familia, los avatares del repartidor de pizzas, etc.

El clímax de la acción se presenta cuando todos prueban las brownies preparadas por la cocinera, y advierten que han sido elaborados accidentalmente con mariguana. El resultado es que todos entran en un estadio de euforia que los lleva a fraternizar en un divertido éxtasis.

Las aproximaciones eróticas entre Rita y Moko son dulces y creíbles a la vez que la versión de éste, deviene en un machismo ingenuo que es igualmente verosímil. Como todo en la película, la confusión hormonal de Moko con Flama, es presentada con brevedad y apenas insinuada.

Hay destellos estéticos como cuando Ulises ilustra con las manos el comportamiento de las bandadas de patos, y sonoros que rescatan algunos de los sonidos propios del departamento y el apunte gracioso de homenajear la portada de uno de los discos de los Beatles.

El filme no tiene conclusiones, porque al tratarse de ‘un día en la vida’ que termina las 20 horas de ese mismo domingo, no tiene porque tenerlas. Generalmente, lo que ocurre en ese lapso, casi nunca es para ponerse a pensar en moralejas y mensajes que no vienen al caso. Es una especie de instantánea de la existencia de un grupo de muchachos, que es perfectamente lograda y rica en su contenido argumental y en su desarrollo.

Llama la atención el bajísimo presupuesto y el notable desempeño del director, los actores y el fotógrafo, valores que fueron reconocidos en su momento y les llenaron de honores, tales como el Gran Premio del Jurado del Festival Fílmico de los Ángeles (2005) y los Arieles de Plata para el Mejor Director, Mejor Guión y Mejor Ópera Prima (2005).

Con estos alentadores antecedentes, Eimbcke se lanzó a filmar en el 2008 “Lake Tahoe” que también, fue premiada con el galardón al Mejor Director en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara (2009) y los Arieles a Mejor Director y Mejor Película (2009).

Estos premios me resultan algo sorprendentes y de ahí el misterio que rodea al director, porque “Lake Tahoe” no es más que una mala copia de “Temporada de Patos”.

La historia o las minihistorias que componen la película, tienen lugar en el pequeño puerto yucateco de Yucalpetén. Ahora es en color, pero se repiten las tomas con cámara fija que en este caso, a cielo abierto, desperdician la magnificencia del paisaje y no logran dar el toque de intimidad que aseguraron en el departamento donde se escenificó su antecesora. Más bien, este recurso, es una limitante. Termina siendo retorcido hacer pasar a los actores frente al emplazamiento de la cámara, en vez de que sea ésta la que se dedique a perseguirlos.

La anécdota es bastante inocua. Un chico (Juan) choca su auto contra un poste y va a conseguir ayuda. Así conoce a un viejo mecánico que tiene un perro, una madre soltera empleada de una refaccionaria que quiere ir a la discoteca y no tiene quien le cuide a su bebé y otro mecánico, éste un joven admirador del karateca Bruce Lee.

En la primera parte, el director parece ir construyendo una atmósfera buñuelesca porque cada vez que el muchacho acude a uno de sus coprotagonistas en busca de ayuda, éstos consiguen enredarlo en sus propios asuntos y la solución del caso de prolonga sin salida. El asunto recuerda a “El Ángel Exterminador” (1962) de Luis Buñuel (Aragón, 1900), en la que los asistentes a una fiesta en una mansión, no pueden salir de ella porque una fuerza misteriosa se los impide. Pero de repente, este nudo argumental se rompe al terminar el carro reparado y salir del eje de la trama.

Joaquín, hermano de Juan, se la pasa en una tienda de campaña instalada en el patio de arena de la casa, pero su identidad es difícil de precisar ya que su melena lo hace aparecer como una niña.

Otra vez, las elipsis son el medio dominante de comunicación, pero esta vez resultan insuficientes para sostener el nervio de la historia. Salvo el hecho de que Don Heber al ir en su busca, ve jugando a su perro con unos niños y opta por dejarlo ahí, donde hemos de presumir que concluye que ese es el mejor destino para el can, salvo éste remate, las demás anécdotas, las de la joven madre y las del mecánico karateca, carecen de trascendencia y sustancia dramática.

Al final, los hermanos Juan y Joaquín desprenden de la parte posterior del auto, una calcomanía de Lake Tahoe que les trajo una tía de un viaje, y eso es lo que da título a la película.

La cinta dura 65 minutos, los mínimos para ser considerada un largo metraje, pero se queda uno pensando si no le hizo falta más para poder entender de qué se trató todo esto.

Lo dicho, Los misterios que rodean al director Fernando Eimbeke tienen que ver con sus guiones y también con la razón de que le otorguen tantos premios, especialmente a esta película que es una simple repetición técnica de su ópera prima.

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